miércoles, 8 de noviembre de 2006

Surrealismo y psicodelia

Antonioni es a la psicodelia de los sesenta lo que Buñuel al surrealismo de los años veinte. Y ahí debería añadir un “he dicho”. Quizás peque de categórico con esta afirmación, pero valga como excusa que soy un mero aficionado al cine, en absoluto experto, y esta no es más que una apreciación personal. También quiero dejar claro que no es mi intención poner al mismo nivel a ambos realizadores. Al italiano –por cierto nacido en Ferrara, preciosa población italiana de la que hablaré en otra ocasión- le reconozco alguna buena película y una obra maestra: Blow Up. Mientras que el gran Buñuel cuenta en su haber una buena ristra de obras maestras de culto. Así pues, para descategorizar un poco mis palabras, matizaré. El Antonioni de Blow Up o Zabriskie Point es a la psicodelia de los sesenta lo que el Buñuel de Un Chien Andalou al surrealismo de la década de los veinte. He dicho.

Y para poner un poco de luz y movimiento a mis palabras, aquí os dejo con un par de regalitos. El primero es la totalidad de la obra maestra del surrealismo, concebida en 1928 por dos genios: el mismo Buñuel y el excéntrico Salvador Dalí. Valga como anécdota escabrosa que el protagonista de este corto, Pierre Batcheff, así como su compañera de reparto Simone Mareuil se suicidaron.


En cuanto al segundo vídeo, os diré que es un fragmento Zabriskie Point de Michelangelo Antonioni, del año 1970 y probablemente fruto del abuso de los psicotrópicos. Esta escena en cuestión está acompañada de la música de Pink Floyd, con el tema Come In #51, Your Time Is Up, una recreación de Careful With That Axe, Eugene, publicada en formato single en 1968 y posteriormente incluida en el álbum Ummagumma en su versión en directo.

Cada vez que la veo me entran unas ganas insalvables de tomar drogas.

viernes, 3 de noviembre de 2006

El espíritu

A esa hora de la mañana, cuando el único nexo de unión con la realidad es la taza de café a la que me agarro con cierta angustia, temeroso de caer en una espiral hacia un sueño profundo del que apenas acabo de salir. A esa hora –digo-, las conversaciones en la barra del bar son lejanas letanías y las voces llegan en sordina a mi cabeza, que lenta y trabajosamente las procesa. La vida es una cortina sonora en la que se mezcla el vapor de la cafetera, el repiqueteo de los platillos contra las tazas, las cucharillas removiendo el azúcar en los cafés, las sillas arrastradas por el suelo, saludos más o menos efusivos, teléfonos móviles sonando… Y en el fondo de esa banda sonora matutina el televisor atronando noticias, de las que voy captando sólo algunos jirones.

Es en este momento cuando mi mano se crispa y deja caer la cucharilla sobre el platillo. Oigo –me parece oír- que la Fiscalía Anticorrupción y el mismísimo juez Garzón –sí, el que solicitó la extradición de Pinochet- están investigando al Espíritu Santo, al que le han bloqueado cuentas por valor de 1500 millones de euros. Y ahí mi imaginación empieza a volar a ritmo frenético. Cojoño –pienso-, los tiene bien puestos el Garzón este. Con la iglesia hemos topao, aunque… yo creía que los únicos intereses del Espíritu Santo eran las almas, pero ya veo que no. Me hubiera podido esperar que lo investigaran por estafa o fraude, aunque no fiscal. De todos modos ¿en calidad de qué lo están investigando? Porque persona física o jurídica no es. ¿Acaso como ente espiritual? ¿Tiene algún responsable civil subsidiario? Vaya, que investigarlo a él por fraude fiscal me suena como investigar a los tres Reyes Magos por proclamar la república. Y a todo esto ¿se ha pronunciado la Conferencia Episcopal? Porque deben estar echando chispas y maquinando una reedición del coco ese del contubernio judeo-masónico. Como poco habrán excomulgado al juez. Por no mencionar a B-XVI, que ya estará maquinando recuperar de las tinieblas a la Santa Inquisición, de la que fue prefecto aunque bajo el eufemismo de Congregación de la Doctrina de la Fe. En fin, que me he quedado petrificado con la noticia. Pero sólo hasta que han dicho –ya me extrañaba a mí- que eso del Espíritu Santo es un banco portugués.

Total, que me he repuesto de la impresión, he terminado mi café y he salido a la fría mañana.

... papel y tijera

Aquí os dejo con una muestra de la obra en papel del arquitecto danés Peter Callesen. Su interés por pasar del plano al volumen lo llevó a trabajar con un simple papel A4 y unas tijeras, creando estas maravillosas obras.


Looking back, 2006 de Peter Callesen


sábado, 21 de octubre de 2006

Paradero desconocido

Esta pequeña obra maestra –escrita por la periodista y profesora universitaria Kressmann Taylor- se publicó en 1938, en plena efervescencia del fascismo en Europa, y particularmente del nazismo en Alemania. Un año más tarde, una reseña del suplemento literario del New York Times citaba “Esta hitoria es la perfección misma. Es la denuncia más rotunda del nazismo que haya aparecido jamás”.

Intentemos ponernos en situación. La Segunda Guerra Mundial estalló en 1939, y la intervención estadounidense en Europa fue posterior. Sin embargo, la novela fue publicada en los EEUU un año antes del inicio del conflicto. Con esto quiero hacer patente que, si bien se sabía del nazismo, en esa época no se conocían en absoluto las atroces consecuencias que produjo, y que de todos son conocidas hoy en día. Este pequeño detalle le da a esta obra un plus de clarividencia que no tienen, en modo alguno, obras posteriores. Estamos ante un relato en el que el autor sabía lo que estaba pasando. Y no sólo lo condenaba, sinó que le asustaba. Y pese a esta condena y denuncia del nazismo, tristemente sabemos todos lo que luego sucedió.

La obra en sí está estructurada en modo de misivas entre dos amigos y socios en el mercado de obras de arte. Por un lado tenemos a Max Eisenstein, un judío estadounidense. Por el otro a Martin Schulse, un alemán, ambos afincados en California hasta que, en 1932, Martin decide regresar a Alemania. Es a partir de este momento cuando empieza el intercambio de cartas, y en él se empiezan a descubrir, primero en forma de pequeños detalles, más tarde con terribles evidencias, los profundos cambios que está experimentando la sociedad alemana. La locura colectiva de todo un pueblo se refleja en estas cartas, hasta el punto en que Martin llega a renegar de su amigo por su condición de judío.

Bien. Este pequeño librito aterrizó en mis manos hace unos cinco años, coincidiendo con una reedición de la obra. La engullí en apenas una tarde y me dejó en un penoso estado de abatimiento. Es brillante, sí, pero también dura y triste. Y esta misma tarde he visto que su texto ha sido adaptado –en catalán- para el teatro y que las representaciones, aquí en Barcelona, empezaron hace escasos días. En fin, que he comprado mi entrada para esta noche. Seguro que será una agradable y triste velada.

jueves, 19 de octubre de 2006

Melancolía

Cada estado de ánimo tiene su música, como en una banda sonora vital, que suele ser distinta en cada persona. En mi caso, cuando la melancolía o tristeza me embarga, recurro siempre a Bill Evans. Me refiero, obviamente, al Bill Evan pianista.

Este músico, de una sofisticación armónica sobrecogedora, arrebatadoramente lírico e inconfundible desde las primeras notas arrancadas a su piano, empezó su carrera a finales de los 50. Fue precisamente en el 59 cuando participó junto al grandioso Miles Davis en Kind of Blue, indiscutiblemente el disco de jazz más influyente de todos los tiempos. Y en mi modesta opinión el mejor, todavía no superado.

Pero tras esta experiencia decidió formar su propio grupo, un trío. ¡Qué digo un trío! El trío. El mejor trío de jazz que jamás haya pisado un escenario. Él al piano y a su vera Scott Lafaro subliminando el bajo y Paul Motian marcando un precioso ritmo a la batería.

Con estos mimbres sin duda había que hacer algo grande. Y vaya si lo hizo. El 25 de junio de 1961 se juntaron los tres en las sesiones del Village Vanguard. De esa noche quedó una grabación asombrosa, brillante, única. Abrió el camino a las pequeñas formaciones de jazz, y lo hizo a lo grande. Es un disco melancólico, sí, pero hace sonreír por su virtuosismo y belleza. Y también puede provocar alguna lágrima o profundo suspiro. Lo que no provoca es indiferencia.

Y como mi actual estado de ánimo casa con esta música, aquí os la dejo para vuestro deleite. Bill Evans tocando Waltz for Debby en el Village Vanguard.





Algunas anécdotas al respecto.

De esta actuación se publicó Sunday at the Village Vanguard. Años más tarde, y debido a la aureola mítica adquirida, se publicaron el resto de temas en otro disco: Waltz for Debby.

El Village Vanguard era un local al que se iba a escuchar música mientras se tomaba una copa sentado en un mesilla redonda. En la grabación se oye el tintineo del hielo en esas copas.

El bajista Scott LaFaro murió en un accidente de coche, tan solo diez días después de la grabación. Bill Evans tardó un poco más, pero las drogas se lo llevaron a los 51 años.

Oxímoron

(Del gr. ὀξύμωρον).
1. m. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.

¿Arrebato último?

Nunca concebí este espacio como un substituto de mi libreta y bolígrafo, pese a que durante un breve periodo de tiempo llegó a serlo. Ignoro si fue porque decidí abrir mis entrañas al mundo o porque de todo cuanto yo era nada tenía que ocultarme. La cuestión es que las circunstancias cambian, la gente sabe y llega un momento en que uno se siente condicionado. Ya no me siento libre en este lugar. Me siento observado y juzgado.

Hace tiempo que arrebatos dejó de hacer honor a su nombre. Quizás abra un nuevo blog, esta vez anónimo. Quizás me limite a escribir como antaño, en mi libreta, todo eso que duele. Lo que está claro es que aquí me siento incómodo, y no me gusta. No descarto añadir alguna que otra ficción, o alguna anécdota, pero no volveré a desnudarme.

Parece que esté matando a arrebatos, pero nada más lejos de la realidad. La realidad es que arrebatos murió hace ya algún tiempo.


Os dejo con Miles Davis. No se me ocurre mejor forma de acabar con esto.

miércoles, 11 de octubre de 2006

Arrebatos foráneos: Jeff Buckley


Lover, you should've come over
Jeff Buckley

martes, 10 de octubre de 2006

Arrebatos foráneos

Bravo, permíteme aplaudir
por tu forma de herir mis sentimientos.
Bravo, te vuelvo a repetir,
por tus falsos e infames juramentos.
Todo aquello que te di
en nuestra intimidad, tan bello,
quien me iba a decir
que lo habrías de volcar en sufrimiento?

Te odio tanto,
que yo mismo me espanto
de mi forma de odiar.
Deseo
que después de que mueras,
no haya para ti un lugar.
El infierno es un cielo
comparado con tu alma,
y que Dios me perdone,
por desear que ni muerta tengas calma.

Te odio tanto,
que yo mismo me espanto
de mi forma de odiar.
Deseo
que después de que mueras,
no haya para ti un lugar.
El infierno es un cielo
comparado con tu alma,
y que Dios me perdone,
por desear que ni muerta
ni muerta tengas calma.

Bravo, permíteme aplaudir
por tu forma de herir
mis sentimientos.


Luis Demetrio


Esta es la letra de Bravo, canción que, cantada por Nacho Vegas, aparece en El tiempo de las cerezas, disco publicado conjuntamente con Enrique Bunbury.

martes, 26 de septiembre de 2006

Olvido

La verdad, todo esto me resulta muy embarazoso. No sé cómo ha podido ocurrir una cosa así. Qué digo cómo ha podido ocurrir, no. Lo correcto es cómo ha podido ocurrirme. Porque si existe un culpable ese, sin duda, soy yo.

De antemano sé que excusarme –escudarme- en mi mala memoria es muy fácil. Pero ¡cojoño*! Es cierto. Ni siquiera pensé en ello. No me estoy refiriendo a un simple olvido, no. Es que no pensé en ello. En mi propio descargo puedo esgrimir que es la primera vez –y la última, espero- que me ocurre esto. Ciertamente es así, pues jamás me había pasado por alto. Pese a que suele aparecer con sigilo, sin apenas dejar percibir su presencia en el ambiente. A pesar de su tendencia a hacerse notorio más avanzada la estación, nunca hasta ahora había olvidado la entrada del otoño.

Llegó este viernes pasado, lo supe ayer. Quizás fue la resaca o, tal vez, que debo estar envejeciendo a pasos agigantados…




*Cojoño: (de cojones y coño) Interjección políticamente correcta para expresar diversos estados de ánimo, especialmente extrañeza o enfado.

viernes, 22 de septiembre de 2006

La habitación de hotel

Introdujo la llave en la cerradura, la giró y empujó la puerta hacia adentro. Una vez en el interior, la cerró de un manotazo sin ni siquiera darse la vuelta. La tenue luz que entraba a través de la ventana le facilitó la tarea de encontrar el interruptor. Pulsó uno y se encendió la luz del baño, junto a la entrada. Pulsó el otro y se iluminó la habitación.

Una rápida ojeada le permitió familiarizarse con el espacio y le confirmó la decadencia del lugar. Sin duda había sido un hotel elegante, pero eso había sido hace más de cinco décadas y todo apuntaba a que el tiempo se había detenido ahí, a la par que el interés de los dueños por tapar con pintura las manchas de la pared y cambiar los muebles desvencijados y la moqueta raída. Dejó la maleta en el suelo, se acercó a la ventana de doble hoja cruzando la habitación y la abrió de par en par para fumarse un cigarrillo sentado en el alféizar.

Mientras se aflojaba el nudo de la corbata pensó en la estupenda mujer con la que había compartido ascensor hasta la tercera planta, en la que ambos se habían bajado. La ondulante melena castaña que lucía no le había impedido observar unos hermosos ojos de color miel. Todavía no tendría los treinta años, pensó. No se habían cruzado una sola palabra durante el breve trayecto y sólo, cuando ella se quedó frente a la 303 y él pasó por detrás suyo hasta la 305, que era la habitación contigua, había murmurado un buenas noches que no había tenido eco en la hermosa desconocida. Recordar el movimiento de sus nalgas bajo la tensa tela de la falda le produjo un hormigueo entre las piernas que se tradujo en leve erección. Llevo demasiado tiempo de perversión onanista, pensó. Luego apagó el cigarrillo en el alféizar y lo lanzó hacia la calle desierta.

De regreso de sus ensoñaciones libidinosas, echó un nuevo vistazo a la habitación, ahora más detallado y desde el otro extremo. En primer plano la cama, hundida la parte central, ocupaba una cuarta parte de la estancia. Más allá, pegado a la pared del baño, un armario de espejo. Y entre este y la cama, una puerta que le había pasado inadvertida al entrar.

Sintió tensarse todos los músculos. Esa puerta comunicaba directamente su habitación con la de la mujer. Esta certeza aceleró su imaginación. Se descubrió a si mismo pensando en qué estaría haciendo ahora ella. Quizás se estaría desnudando para meterse en la cama. No –descartó- seguro que primero ha deshecho la maleta y lo ha colocado todo ordenadamente en el armario. Contuvo la respiración para captar cualquier sonido que llegara desde la habitación contigua y delatara su actividad. Un roce de tela. Un zapato que cae al suelo. Pero no pudo oír más el rumor de los coches que atravesaban la calle en ambos sentidos. Cerró la ventana, se descalzó y se acercó sigilosamente a la puerta. Estuvo ahí un minuto quizás, aunque le pareció una eternidad. Pero no supo identificar ningún sonido.

Se le ocurrió probar si estaba cerrada con llave, aunque lo descartó al instante. ¿Cómo iba a hacer eso? Es decir, ¿cómo mover la manija de la puerta sin que la vecina se diera cuenta? Y si no estaba cerrada con llave ¿qué? ¿Abriría la puerta de par en par quizás? La sola idea ya lo excitó. Se vio a si mismo abriendo la puerta de golpe para encontrase a una mujer semidesnuda. Entonces ella gritaría y se intentaría cubrir primero con las manos, para agarrar después un extremo de la sábana y tirar fuertemente… No. La realidad sería muy distinta. Había visto tantas películas de Bogart que ya se imaginaba a si mismo con gabardina y el cigarrillo colgando de los labios. Lo más probable es que abriera la puerta y se quedara con cara de imbécil sin saber que decir ni hacer. Entonces volvería a cerrar la puerta y, como mucho, sería capaz de balbucear cualquier disculpa. O sencillamente la puerta estaría cerrada y ella, alertada por su tentativa, avisaría a la recepción, que mandaría a un vigilante de seguridad para invitarle a abandonar el hotel.

Fue entonces cuando vio que la puerta tenía una de esas viejas cerraduras con un orificio del tamaño de la uña del dedo meñique. Ese descubrimiento despertó al voyeur que siempre llevó dentro. Se imaginó a la mujer desnudándose frente a la puerta, completamente ajena al ojo que la observaba. Inmediatamente se reprendió a si mismo. Ya no por esa enferma violación de la intimidad de una mujer, sino también por su estúpido conformismo. Por una parte, su educación estrictamente católica había calado muy hondo en su ética y, si bien no la cumplía demasiado a rajatabla, sí que tenía frecuentes cargos de conciencia. Por otra parte, lamentaba no haber sido capaz de entablar una amable conversación con ella en el ascensor. Iba a pasarse tres días en ese hotel. Si ella no estaba de paso podría haber conseguido algo más que eso, que contentarse con verla a hurtadillas.

Apagó la luz de su habitación y vio que, a través del ojo de la cerradura, entraba la luz de la otra habitación. Sigue despierta, pensó. Se acercaba a la puerta cuando se apagó la luz en la otra habitación. Masculló una maldición y fue a encenderse otro cigarrillo. El primero que sacó de la cajetilla se le cayó. Le temblaban las manos. Apenas pudo acertar a encender el segundo. Dio un par de rápidas caladas y vio que volvía a entrar luz a través de la cerradura. Dio unas caladas más, aplastó el cigarrillo en el cenicero y se acercó de nuevo a la puerta. Dudaba. Sentía escalofríos y un estremecimiento le recorrió la espalda como si una pluma le hubiera rozado el espinazo. Se quedó parado junto a la pared. La luz en la otra habitación volvía a estar apagada. Se arrodilló y avanzó así hasta la puerta, procurando no hacer el más leve ruido. Procurando respirar lo menos posible. Ahora tenía el ojo de la cerradura a la altura de los suyos. Sólo faltaba ponerse frente a la puerta y mirar.

Se giró rápidamente, ajustó su ojo a la cerradura, miró y vio justo como, al otro lado, un hermoso ojo de color miel se separaba bruscamente de la puerta.

martes, 19 de septiembre de 2006

Ladrillos

La primera vez había sido un grave error. Ese imbécil realmente le había hecho creer que la quería. Pero todo se torció cuando se quedó embarazada y él se largó. Así que no había tenido otra opción que esa. Sin embargo, esta vez había sido un descuido. Imperdonable, eso sí, pero un descuido al fin y al cabo. No podía culpar a nadie más que a ella misma. Las circunstancias que la habían conducido a esto eran distintas, pero la solución al problema, tanto ayer como ahora, la tenía que afrontar ella sola. Estas cosas no cambian, reflexionó mientras descendía por la empinada escalera del sótano, apoyándose en la barandilla y entre espasmos de dolor por las ya cada vez más frecuentes contracciones.

Durante las últimas semanas lo había preparado todo. La cama seguía ahí desde la última vez. Disponía de toallas limpias, agua caliente, tijeras, gasas, etc. Así como de ladrillos macizos, cemento de secado rápido, arena y agua para la mezcla, una paleta y una plomada.

Quizás a algún vecino le pareció oír el sonido, amortiguado por las muchas paredes y puertas cerradas, del llanto de un bebé. Pero fue tan débil y tan breve que a los pocos segundos pensó que se habría confundido. Horas después lo había borrado por completo de su mente.

Era una mujer fuerte que siempre había tenido las cosas muy claras. Un tercer hijo me complicaría demasiado la vida –se convenció a sí misma mientras colocaba un ladrillo sobre otro, añadía otra capa de cemento y colocaba un nuevo ladrillo sobre el cada vez más alto tabique junto a la pared. Esa otra pared que, inspirada en un cuento de Edgar Alan Poe, había levantado dos años antes y del mismo modo que ahora, a escasos veinte centímetros de la pared principal. Lo justo para ocultar de las miradas entrometidas un pequeño cuerpo al que se le había aplicado un aborto post parto.


Y es que en algunas -muy pocas- ocasiones, la ficción supera a la realidad.

viernes, 8 de septiembre de 2006

Tumbando mitos

A lo largo y ancho de la historia, los poderosos se han valido de mil y un ingenios para mantenerse en el poder. Hay y ha habido desde chaqueteros hasta ajustes en la historia, como esas célebres fotografías soviéticas, en plena guerra fría, de las que iban desapareciendo los distintos personajes que, por un motivo u otro, caían en desgracia.

Algo que hoy en día nos tomamos con cierta sorna, e incluso sentimos vergüenza ajena por ello, es la facilidad con que los estadounidenses se sacan héroes de la manga. Pero no olvidemos que es un país joven y que no están haciendo nada que otros países no hayamos hecho antes.

Toda esta tradición viene ya de la Grecia y Roma clásicas. ¿Qué hicieron los dioses sino eso? Primero fueron chaqueteros, pues de llamarse Zeus, Deméter, Dionisios o Eros en la época de esplendor griego, pasaron a llamarse Júpiter, Ceres, Baco o Cupido para los romanos. Y todo por mantenerse en el poder. Y cómo no, también se inventaron mitos y leyendas para ocultar la triste, y en ocasiones vulgar, realidad. Al fin y al cabo, por muy dioses que fueran, se comportaban como unos viciosos y depravados, tan corruptos como cualquier cacique de tres al cuarto que ostente el poder absoluto.

Uno de estos mitos fue el de Proserpina (que en su época griega se llamó Perséfone), hija de Júpiter y de Ceres, que se inventó un secuestro a manos de Plutón. Pero en realidad no fue así.

Proserpina era una chica de virtud laxa y muy alocada, para tormento de sus padres que ya no sabían que hacer con ella, pues en esa época todavía no había internados en Suiza. Para colmo era amiga íntima de Venus, que como buena diosa del amor que era, se pasaba el día liando entuertos entre este y aquél, dejando a su paso un desolador rastro de promiscuidad. Y pasó lo que tenía que pasar. Un día apareció por ahí Plutón, que era un morenazo de pelo largo, musculoso y muy ardiente (no en vano era el dios de los infiernos). Una especie de latin lover, vaya. Y ella se rindió a sus encantos. Pero tanto se rindió que se pasaron eones fornicando, hasta que ella se quedó embarazada. Como un casamiento con Plutón no estaba bien visto por su padre, pero mucho menos por su madre Ceres, que era la diosa de la primavera, planearon escaparse. Hoy en día esto de simular un secuestro por amor es algo que ya tenemos muy oído, pero en realidad nos hallamos ante unos pioneros en la materia.

Del disgusto morrocotudo que se llevó su madre surgió el invierno, es decir que les debemos a Proserpina y Plutón el poder ir a esquiar. Sin embargo su padre Júpiter, que de tonto no tenía un pelo, se enteró de la intriga y en un arrebato de furia los convirtió en estatua de mármol.

Actualmente ambos están expuestos en la Galleria Borghese, para mayor escarnio público, y son popular y erróneamente atribuidos al genial escultor, pintor y arquitecto Bernini. Pero es obvio que tanta perfección y belleza no puede haber nacido de la mano de un mortal.

Detalle de 'El Rapto de Proserpina' de Bernini


martes, 5 de septiembre de 2006

Cronos

Una fría noche de enero, caminando de vuelta a casa, me tropecé con un viejo caído en el suelo. Yacía con los miembros doblegados de manera anómala, en una extraña postura a todas luces incómoda. Me acerqué y le dije algo, no recuerdo qué, pero no obtuve respuesta. Le tomé una mano que de tan gélida casi me quemó la mía. Más que frío, parecía que me estaba quitando a mí el calor. No le encontré el pulso. Sin embargo me fijé en que llevaba un hermoso reloj de oro, así que se lo quité de su muñeca, pensando que ya no lo iba a necesitar más. Vi que estaba detenido a las siete –de la tarde, pensé- y le di cuerda. Fue entonces cuando el viejo se levantó y, con lágrimas en los ojos y un torrente de palabras entrecortadas por la emoción me dio las gracias por mi gesto. Le di su reloj y se lo ajustó en su muñeca mientras musitaba algo acerca de su mala memoria, que cómo podía haberse olvidado de darle cuerda.

Es desde esa noche que no llevo nunca reloj.

viernes, 1 de septiembre de 2006

Deseo

!


– ¿Cuanto hace que no te pones la mini tejana?
– Mmmm…
– Tengo ganas de arrinconarte en cualquier portal, alguna noche volviendo a casa, y hacer desaparecer mis manos bajo tu falda, los dedos entre tu piel y tus bragas y dejarlos vagar por ahí hasta sentirlos mojados por tu deseo.
– Pffffff… Voy a buscarla.

miércoles, 23 de agosto de 2006

Puntualidad relativa

Paul Auster nos cuenta, con la voz de Auggie y en forma de cuento de Navidad, como éste consiguió, por fruto del azar y de manera un tanto ilícita, una cámara fotográfica –de las buenas, nos aclara él- y el uso que ha hecho de ella desde ese momento: cada día, laborable o festivo, a las ocho en punto de la mañana, ya haga sol, llueva o nieve, Augustus Wren planta la cámara en la esquina frente a su tienda de tabacos y saca una foto. Cada día. A esa hora en punto.

Cada día, invariablemente y con una puntualidad británica, me despierto a una hora distinta y todavía más distinta es la hora a la que me levanto. Cada día, sin excepción, voy a la ducha antes que nada, mientras que ella se queda durmiendo –un ratito más, por favor- en la cama. O desayuno antes y es ella la que se ducha primero. O desayuno y ella se queda en la cama –un ratito más, por favor- durmiendo. O desayuno después de ducharme, mientras es ella la que se ducha. O no desayuno. Incluso en alguna ocasión ha sido ella la primera en levantarse para ir a la ducha, mientras que yo –un ratito más, por favor- me quedaba durmiendo en la cama. Porque cada noche, invariablemente y con la exactitud de un reloj suizo, nos acostamos a una hora distinta. Siempre, eso sí, mañana. Y eso teniendo en cuenta que nuestra hora de la cena no cambia nunca. Es a las nueve y media, o a las doce, o a las once menos cuarto, o a las diez y veinte, o… Eso sí, siempre cenamos a la hora de la cena.

El resultado de esto es mi ancestral puntualidad al trabajo. Siempre, invariablemente, sin distinción de días soleados, nublados o lluviosos, llego tarde. Como está claro que llegar puntual al trabajo no me motiva lo suficiente como para cambiar mis ordenados hábitos de conducta, he pensado que quizás podría hacer como Auggie y empezar a tomar fotografías, una a las ocho, otra a las nueve y media, otra a las siete (antes de acostarme), otra a las once, otra…

lunes, 31 de julio de 2006

David o el nuevo Goliat

Mientras haya un palestino vivo, el
holocausto continúa.

José Saramago

martes, 18 de julio de 2006

Círculos

No sé cómo he llegado hasta aquí. He ido callejeando siguiendo las sombras que los árboles y edificios proyectan sobre la calle, tratando de huir de este sol y este calor agobiante del verano en la ciudad. En una de estas calles he visto una sala de arte en la que se exponía una interesante selección de fotografías. Se titulaba París a través de la lente o algo así. La cuestión es que he entrado, quizás atraído por el aire acondicionado que se adivinaba en el interior, quizás por el sugerente cartel que apoyado sobre un caballete flanqueaba la entrada. He sido consciente de mi feliz decisión apenas he franqueado la puerta acristalada, pues había allí obras de Doisneau, Kertész y otros muchos desconocidos por mí, pero igualmente grandes. La mayoría de las fotografías expuestas eran en blanco y negro, dejando tan solo una escasa décima parte al color. Curioso –he pensado- que la ciudad de la luz siempre se fotografíe en blanco y negro.

Paseando distraídamente por las salas, una fotografía me ha llamado poderosamente la atención. Pese a ser también en blanco y negro, era relativamente reciente. Era un instante transplantado desde la orilla del Sena a Barcelona, y por la luz oblicua y la ropa de los paseantes se adivinaba una tarde de verano. Aunque yo sabía que era una tarde de verano. Un par de barcazas al fondo, desenfocadas, de deslizaban suavemente río abajo junto a los contrafuertes y el ábside de Notre Dame. Ligeramente desplazada a la izquierda, pero enfocada, una chica sentada en el muelle del río, con la espalda completamente erguida, lee un libro y se convierte en el eje de la composición.

Es increíble –pienso-, asombroso, pero yo he estado ahí. Yo recuerdo esa imagen, a esa chica leyendo a la orilla del Sena con la espalda completamente recta. Fue hace unos años, cuatro o cinco quizás. Instintivamente me busco en la imagen, pero no me encuentro. Es casi como si yo hubiera sido el fotógrafo. Me siento tan conmovido que apenas me doy cuenta que alguien más está observando fijamente la imagen. Ignoro el tiempo que yo mismo llevo mirándola, pero justo a mi derecha, un paso por detrás, hay una chica con los ojos fijos en la chica de la fotografía. Es joven y esbelta, con la melena lisa y oscura cortada sobre los hombros. Con unos ojos enormes me mira y me dice, casi balbuceando, soy yo. La chica de la fotografía soy yo.

jueves, 13 de julio de 2006

Arte

Dijo un artista que todos somos artistas, pero que sólo unos pocos son capaces de dedicar su vida al arte.

Otro dijo que todos los artistas deben ser unos inadaptados.

Quizás sea una mezcla de ambas circunstancias, aunque ignoro en que proporción. Es decir, no sé si será por exceso o por defecto. O que quizás una cosa lleve a la otra. No sé si el artista lo es porque crear es su vida y sin eso no podría realizarse o, sencillamente, se dedicó a eso porque no había nada más que le motivara. ¿Es como una balanza? Todos somos artistas pero no todos somos artistas. Entonces ¿qué decanta la balanza?

No he tenido ningún trabajo que me haya motivado. Sólo me colma escribir, leer, hacer fotos... ¿Acaso eso me convierte en un artista?

Sin duda he creado pero… dudo mucho que mis creaciones se puedan considerar arte. Por lo menos según la concepción que yo tengo del arte. Creativo es una palabra que no me gusta. Me suena a eufemismo de publicitario. Aunque, al fin y al cabo ¿qué es el arte? Etimológicamente hablando es la habilidad para hacer algo. Sobretodo si ese algo se hace bien. ¿Es un contable un artista? ¿O un informático? Aquí creo que la etimología nos confunde o, por lo menos, no se acerca a la entidad que le damos al arte. Sin embargo, sin unimos en una las tres primeras definiciones del DRAE, resulta que arte es una manifestación personal bien hecha mediante recursos plásticos, sonoros o lingüísticos. Será eso… Y bien hechos significa que esa manifestación personal llegue a más gente, aunque no sea en el tiempo en que se manifiesta.

Resumiendo. Si buscáis arte, aquí no lo encontrareis. Esto es una simple manifestación personal, hecha todo lo bien que sé, mediante recursos lingüísticos y, de vez en cuando, visuales.

Y toda esta disertación ha venido a cuento de una película que acabo de ver. Por enésima vez. ¿Es el cine arte? Igual que los libros, digo yo. Es un contenedor. Al igual que la guía telefónica, aunque libro, no es literatura, hay películas que deberían poner a quienes la engendraron a picar piedra. Pero yo acabo de ver El ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica. Y eso, no me cabe duda, sí que es arte.
Creo que sólo Blancanieves y esta son las películas que me han hecho derramar alguna lágrima.

El ladrón de bicicletas

martes, 4 de julio de 2006

Asmoideo

La historia es suficientemente larga y jugosa como para omitirla aquí. No me apetece añadir más palabras a un tema que tiene en su haber millones de páginas escritas. Sólo apuntaré algunos detalles básicos.
Es la iglesia de un pueblo perdido en lo alto de una colina en el sur de Francia. Su historia se remonta a la época romana. El diablo (asmoideo según la tradición cátara) sostiene la pila de agua bendita. Unos bajorelieves describen la pasión de cristo, con la particularidad que esa descripción se realiza en sentido inverso al resto de las iglesias católicas. En uno de esos bajorelieves, Jesucristo sangra al ser bajado de la cruz, lo que significa que está vivo. En el altar, una representación de la Virgen María, a la derecha, sostiene a un niño. A la izquierda, una representación de Jesucristo sostiene a otro niño...

Asmoideo en Rennes-le-Chateaux


No es de extrañar que desde Roma organizaran una cruzada contra los cátaros.