martes 17 de noviembre de 2009

Como antes


Tiene unos días apenas, aunque la fotografía parezca sacada de algún viejo álbum familiar olvidado bajo el polvo en el fondo del armario, o de un fotograma de una de esas películas de filmoteca. Quizás sea porque está hecha con una vieja cámara que todavía recuerda cómo se hacían antes las fotos.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Una sonrisa, por favor

Hay músicos que no tienen suficiente con hacerte feliz con sus canciones. Hay músicos que, además, lo pasan tan bien en sus conciertos que te contagian, que una semana antes de la cita ya te alegran los días sólo de pensar en lo que van a ofrecerte. Uno de esos músicos es Kevin Johansen, que desde la primera vez que lo vi en directo, hará ya unos cinco años, me quedé así, con los ojos como platos y una sonrisa que me duró toda la noche. Y si encima viene acompañado del macanudo Liniers a los pinceles, como anoche, ya ni te cuento.


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Kevin Johansen canta Hotel Patagonia acompañado de Liniers a los pinceles

viernes 6 de noviembre de 2009

Lunes

Todos los lunes que me quedan hasta jubilarme, así uno tras otro como eslabones de una deprimente cadena, suman más de tres años y medio. Tres años y medio de lunes, uno tras otro, sin festivos ni fines de semana, tan solo lunes grises que cierran un domingo e inician una nueva semana. ¿No es deprimente? Suerte que hoy es viernes.


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El gran (en todos los sentidos) Fats Domino canta Blue Monday

lunes 2 de noviembre de 2009

Un señor con bigote

Uno de los primeros recuerdos que guardo de mi infancia ante el televisor es el de un señor con bigote francamente angustiado en el interior de una cabina telefónica. Es una de esas imágenes indelebles, indisociables de otros elementos –las americanas de pana de mi padre, los rizos imposibles de mi madre, el papel pintado con estridentes círculos de color en la habitación de mis padres, mis juguetes guardados en un tambor de dixan o las películas del viernes por la noche en “La clave”, tras el “Un, dos, tres”– que acaban por configurar una época de la que apenas ni quedan las cabinas telefónicas.

Ese señor del bigote, así como la cabina telefónica en la que se quedaba encerrado, en mi recuerdo eran naturalmente en blanco y negro, como Kiko Ledgard o Balbín. La sorpresa ha sido mía cuando, hoy mismo, al buscar ese corto de Jose Luís López Vázquez –el señor de la cabina–, he visto que era en color. Lo que me hace suponer que también debían serlo Balbín, Kiko Ledgard y hasta las azafatas del “Un, dos, tres”, qué cosas.
Después he pensado que no podía ser, que a buen seguro que ya lo sabía, porque lo he visto posteriormente, pero en mis recuerdos sigue guardado en blanco y negro.

“La escopeta nacional” no, que esa ya era en color. Tan en color que López Vázquez salía sin bigote en el papel de un aristócrata onanista que raptaba a una actriz sadomasoquista, algo impensable si se piensa en blanco y negro. Las que sí que fueron en blanco y negro, pero que yo vi en un televisor en color, fueron "Atraco a las tres" de Forqué, "La prima Angélica" de Saura, “Plácido” y “El verdugo” –quizás la película más tierna y divertida del cine español–, que como
“La escopeta nacional” también firmaron el genial dúo formado por Luís García Berlanga y Rafael Azcona, el uno dirigiendo y el otro escribiendo el guión, dos nombres que su sola mención ya sabe a cine con mayúsculas, así que ni te cuento juntos. También era él ese señor de aspecto ridículo y algo patético –el españolito medio, ya se sabe– que perseguía a suecas y alemanas por las playas y piscinas de todo el litoral español, con tan mala fortuna que se hacía querer –de haber tenido éxito no caería tan simpático, que la envidia–.

Estuvo en todas esas y en muchas más –trabajó hasta con George Cukor–, el señor del bigote, el gran José Luís López Vázquez, un actor de esos que forman parte de la historia del cine español, de toda la historia de nuestro cine, como Fernando Fernán Gómez, como Francisco Rabal, Amparo Soler Leal, Alfredo Landa o Chus Lampreave. Rostros que han estado en las películas de todas las épocas y que algunos ya se han quedado allí para siempre.


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Técnicas de ligue en la playa con José Luís López Vázquez

martes 27 de octubre de 2009

Tapando mierda

Lo sospechábamos porque no cuadraban las cifras; era un secreto a voces. Ahora ya empezamos a saber de qué forma se financia la partidocracia en este país, aunque jamás se sabrá de la misa la mitad, está demasiado enraizado. La corrupción se ha institucionalizado y es un cáncer con metástasis que afecta a todos los niveles. La desconfianza en la élite política, financiera y empresarial es tal que ya no se puede extirpar separando el grano de la paja: hay que sacrificar.

Salta a los titulares un nuevo caso de corrupción y los unos se tiran sobre los otros como buitres al olor de la carroña, con el cinismo de quien se sabe podrido mientras señala la podredumbre ajena. Y en estas, el ex president de la Generalitat Jordi Pujol –aquí la entrevista, en catalán, a partir de los 17:35 minutos-, al respecto de la cuestión amenaza: "si entramos aquí nos haremos mucho daño, porque yo tendré una respuesta fácil. Yo también le podría decir estos dieron tanto a tanto", para añadir que "todos haríamos algo de hedor". Concluye con la puntilla de que "si hay que entrar, entraremos, aunque yo creo que no debo. Pero si tengo que entrar, personalmente, voy a entrar". Señor Pujol, por dignidad, por ética, por conciencia cívica y democrática, entre. Pero no en una conferencia de prensa, no. Vaya a los juzgados y denuncie a quien tenga que denunciar aportando las pruebas que usted conozca. No denunciar le convierte en cómplice.

Pero claro, no denunciará porque sabe que después vendrán los otros y le denunciarán a él por lo mismo. Porque cuando Maragall –de quien Pujol decía que no era de fiar- largó esa vergonzosamente célebre “el problema de CiU se llama tres por ciento”, sólo hubo ruido de fondo y entre todos echaron tierra sobre el asunto. Olía demasiado mal y había que taparlo. En esa época, en marzo de 2005, yo trabajaba para la empresa que gestiona las obras públicas de la Generalitat. Y durante esos días todo fueron comentarios jocosos. “¿El tres por ciento dice? ¿Sólo?” y se reían a carcajadas. Y a mí me daba un asco inmenso estar trabajando para ellos, incluso cuando me encargaron que registrara cambios anómalos en los importes de algunas bases de datos. ¡Eso significaba que hasta ese momento no había habido ningún control! Así que señor juez, llame a declarar al señor Pujol, porque él sabe dónde huele mal y lo calla. Teme tirar de la manta y que la mierda nos ahogue a todos, pero no tema señor juez, que ya estamos con la mierda al cuello.

lunes 26 de octubre de 2009

El ocaso de la masculinidad

Me comentaban no hace mucho que la –permítaseme el palabro- efebización del ideal de belleza masculina que se ha experimentado en estas últimas décadas, encarnado en la mayoría de los casos en actores, cantantes y deportistas de élite, se debe al uso masivo por parte de las féminas de la píldora anticonceptiva. Parece ser que cuando una mujer ovula es más sensible a los, digamos, encantos típicamente masculinos. Vaya, que huele a un macho a leguas. Mientras que bajo los efectos de la píldora, su actitud es más maternal, con lo que tiende a enternecerse con púberes barbilampiños. Y así les va a las nuevas generaciones, que para echarse un triste revolcón deben pasar por el peaje obligado de –¡ay!- la depilación. Esta ha sido una de las últimas derrotas que ha sufrido estoicamente la masculinidad.

Pero todavía conservábamos en exclusiva la producción, almacenaje, transporte y distribución de esperma. No, dirán algunas, que para eso existen los bancos de ídem. Sí, responderé yo, pero no se te olvide que al fin y al cabo somos nosotros los que hacemos los ingresos, con lo que no dejan de ser una mera sucursal o franquicia. Pero… Sí, efectivamente he usado el pretérito conservábamos, porque esa exclusividad de la que hacíamos bandera ha dejado de pertenecer a nuestras gónadas para siempre jamás. Porque, ya me diréis qué mujer no preferirá, en lugar de al macho que le suministra puntualmente esperma pero que además le ronca por las noches y le llena de pelos la ducha. Digo, qué mujer no preferirá por el módico precio de nueve euros, en lugar de ese sin vivir de macho, este práctico porta esperma de aluminio que, además, seguro que va a juego con la bandeja, también de aluminio, que cuesta menos de treinta euros.


Compañeros, hoy más unidos que nunca en este dolor ante el ocaso de la masculinidad, sólo resta admitir nuestra última y definitiva derrota, para emprender el amargo camino de la retirada con la poca dignidad que nos quede.

jueves 22 de octubre de 2009

Foto con niebla al fondo

Esta mañana ha sido de esas que amanecen a hurtadillas, sin terminar de desperezarse. Al subir la persiana de la terraza, la luz tamizada entre neblinas y fina lluvia apenas si ha bastado para dibujar los contornos de los muebles. A mi sombra no se la ha visto hasta mediodía. Y pese a todo, y quizás precisamente por eso, la vista que me ofrecía este nuevo día a través de los cristales era hermosa; lánguida, melancólica y hermosa. De repente he recordado que ya se había instalado la castañera junto a la boca de metro, al lado del quiosco. Y que el tiempo acompañaba, no como los últimos años. Porque queda realmente muy poco serio ver a una castañera sudorosa vistiendo una bata sin mangas.

Mientras preparaba el café, como si de la neblina se tratara, se han ido filtrando en mi cabeza fotografías de Willy Ronis –recientemente desaparecido y de quien compré un librito en la librería del Pompidou- y antes de añadirle el azúcar ya tenía decidido que hoy saldría de casa más temprano de lo habitual. Precisamente hoy, que es de esos días en los que apetece quedarse en pijama por casa con una taza de chocolate caliente, o asando unas castañas, o leyendo un libro en el sofá arrebujado en una manta mientras del otro lado la lluvia cae con desgana disuelta entre jirones de niebla; precisamente hoy decido salir temprano por culpa de la niebla y de unas fotografías de Willy Ronis. Pero la mañana era tan hermosa y triste que no he podido evitar armarme de paraguas y cámara, mi cámara bonita con carrete en blanco y negro, y salir a la lluvia a trepar por las grises y relucientes callejuelas del Guinardó en busca de toldos abiertos, gente con paraguas, escaleras mojadas y paisajes difusos al fondo. Y es que he recuperado un placer por la fotografía que ni siquiera era consciente de haber perdido.

Willy Ronis. Carrefour Sévres-Babylone, 1948

Willy Ronis. Carrefour Sévres-Babylone, 1948

Willy Ronis. Rue Muller à Montmartre, Paris, 1934

Willy Ronis. Rue Muller à Montmartre, Paris, 1934

Willy Ronis. Place Vendome, Paris, 1947

Willy Ronis. Place Vendome, Paris, 1947