jueves, 28 de diciembre de 2006

Polvo soy

Tengo un control absoluto sobre mi cuerpo y mi mente. No me refiero a ilusos maestros zen, arrogantes psicólogos o patéticas disciplinas orientales, no. Cuando digo absoluto quiero decir precisamente eso, absoluto. Mi control sobre todos y cada unos de mis miembros, órganos vitales, fluidos, células y átomos es total. Puedo dejar mi mente en blanco hasta que me den por muerto. Puedo hacer que mi pelo deje de crecer con solo proponérmelo. Intentad dejar de parpadear durante un minuto ¿no podéis verdad? Porque vosotros estáis encerrados en vuestro miserable cuerpo, sois sus esclavos. Mientras que yo soy el dueño del mío, me pertenece y puedo hacer con él cuanto me plazca, pues no lo necesito.

Puedo dejar de parpadear, sí. Dejar los párpados abiertos hasta que se seque la piel y caiga como un viejo y arrugado pergamino. Hasta que los globos oculares acaben como una pasa y quede colgando un pellejo inerte en mis órbitas. Puedo bajar mi temperatura corporal hasta que mis dedos de cristal helado se rompan al chasquearlos. Puedo disminuir mi ritmo cardíaco hasta detener mi corazón. La sangre dejará de fluir por mis venas, estancándose en un espeso coágulo canalizado por todo mi cuerpo, hasta que fragüe formando una costra. Puedo dejar mi cuerpo tendido al sol hasta secarlo y descomponerlo en pequeños fragmentos, que a su vez se desintegrarán dejando solamente polvo que se lleve el viento.

No será la primera vez que lo hago. Cuando me harto de todo, dejo que me lleve el viento. Pueden pasar días, semanas, meses o quizás años, cientos si es necesario. Hasta que llega el día que el viento empieza a soplar a favor mío y ese día, todas y cada una de la motas de polvo en que me convertí recuerdan, se agrupan, hidratan y vuelven a formar ese cuerpo que ocuparé hasta que vuelva a hartarme de él.

Así ha sido durante miles de años y así seguirá siendo.

sábado, 23 de diciembre de 2006

Feliz Navidad

En Navidad me siento triste por contraste. No es que yo esté más triste, es que toda la gente está más alegre. Y los que no lo están, que son mayoría, se comportan como auténticos hipócritas.


Tom Waits tocando Christmas Card From A Hooker In Minneapolis

lunes, 11 de diciembre de 2006

Responsabilidad

“Si las personas sólo fueran responsables de lo que hacen conscientemente, los idiotas estarían libres de cualquier culpa. Lo que pasa, querido Flajsman, es que las personas tienen la obligación de saber. Las personas son responsables de su ignorancia. La ignorancia es culpable. Y por eso no hay nada que le libre a usted de sus culpas…”

Eso lo dice Kundera, no yo, aunque en parte estoy de acuerdo con su argumentación. Estoy conforme con la responsabilidad consciente, sin embargo no acabo de ver clara mi responsabilidad inconsciente. Quizás estaría más conforme con él si dijera consecuentes, porque de vez en cuando ser un poco egoísta es bueno, incluso sano. Tener que ser responsable de todos y cada uno de nuestros actos podría llegar a ser enfermizo. Vaya, que parece que no estoy tan de acuerdo como he dicho. Me explico.

Si yo frecuento un grupo de gente y mi elocuencia –que no es el caso- causa admiración hasta el punto de enamorar a una mujer casada, no es responsabilidad mía. Aún siendo consciente de este hecho, ¿debo cambiar mi manera de comportarme? ¿Debo dejar de frecuentar al grupo? Ahora bien, si valiéndome de mi elocuencia, deliberadamente pretendo fascinar a esa mujer, entonces sí debo responsabilizarme de mis acciones. También por estar valiéndome de un engaño. Por estar interpretando un papel, ese papel que yo sé que de mí se espera.

Sin duda, también, soy responsable de mis opiniones, aunque no siempre de sus efectos. Si tengo un encendido debate sobre, por ejemplo, política y digo algo que sienta mal a mi interlocutor, no soy responsable pues se trata de un debate abierto. Él –el interlocutor- ha accedido a saber mi opinión igual que yo he accedido a conocer la suya. Si le pica que se rasque. Ahora bien, si no ha habido acuerdo previo, aunque sea tácito, entonces sí es mi deber saber qué y qué no puede hacer daño de cuanto yo diga o haga.

Muchas veces hacemos daño –y nos lo hacen- por un desajuste en las expectativas. Yo espero de ti esto y si no me lo das me decepcionas, me siento traicionado y dolido. Y viceversa. Pero demasiado a menudo las expectativas son muy personales, y pese a que las exteriorizamos –o creemos que lo hacemos- no siempre encuentran el receptor esperado.

Todo esto ha venido al caso de una serie de circunstancias que –valga la redundancia- no vienen al caso. He recordado a Kundera sencillamente porque me impactó esa afirmación. Y después he recordado a Bob Dylan.

(esto me va a quedar largo)

La década de los 60 fue una época de encendidos ideales que, para bien o para mal, ha influido a toda la generación que nos gobierna. Ahora mismo me vienen a la mente estúpidas trifulcas según las cuales si te gustaban los Beatles no te gustaban los Stones, por ejemplo. O si eras un fan de la música folk, no podía gustarte el rock. O las míticas broncas entre rockers y mods. En fin, aunque lo haya dibujado de un modo muy superficial, fue una época de contrastes.

El caso de Dylan fue paradigma de todo esto. Sus comienzos estuvieron fundamentalmente inspirados en el folclore norteamericano, sobretodo en su admirado Woody Guthrie, y sus primeros discos lo convirtieron en un icono de la música folk, imitado y copiado hasta la saciedad por Joan Baez, Donovan y otros parásitos. Y obviamente se aprovechó de ello. Su condición de icono le granjeó fama mundial y la posibilidad de hacer lo que le viniera en gana. Y ahí fue cuando provocó el cisma.

Llegó 1965 y decidió enchufar la guitarra. Es decir, abandonó el folk y se pasó al rock, sencillamente porque era lo que le pedía el cuerpo. El punto de inflexión fue su celebrado e imprescindible Highway 61 Revisited, que arrancaba con un clásico entre los clásicos, Like a Rolling Stone. Un disco que en su época causó admiración, pero también estupefacción e ira. Había traicionado al folk, a la música verdadera, según sus defensores acérrimos. Quizás sea mucho exagerar, pero en mi modesta opinión este disco sentó las bases de lo que serían en el futuro las bandas de rock. En él están todos los tópicos actuales: rebeldía e inconformismo; estridentes guitarras eléctricas con algún solo entre la segunda y tercera estrofa; una batería que va marcando un ritmo potente acompañada de un bajo… Si cogemos, por ejemplo, los dos recopilatorios de los Beatles, en el rojo –del 62 al 66- escuchamos un pop amable y limpio, mucho ye-ye-ye. Pero el azul –del 67 al 70- es, a parte de psicodélico, estridente y sucio como Highway 61 Revisited. O por ejemplo la música de Clapton en los Yardbirds o la que hizo más tarde en Cream. O los propios Yardbirds cuando Jimmy Page substituyó a Clapton. O el mismísimo Jimi Hendrix, rendido admirador de Dylan. ¿Casualidad? No lo creo.

Sin embargo, en su momento supuso una fractura. En 1966 Dylan inició una gira por el Reino Unido. Esos conciertos los estructuró en dos partes: una acústica siguiendo su estilo más conocido hasta ese momento y otra totalmente eléctrica y rock. De esos conciertos se grabaron cuatro, todos ellos en mayo: el de Sheffield, el de Manchester y dos en el Albert Hall de Londres. La Historia concentró todos los hechos de esa gira en un nombre: The Royal Albert Hall Concert, aunque el que finalmente se publicó fue el de Manchester, por ser el mejor tanto en cuanto a música como sonido.

Cuando apareció en escena, en la segunda parte del concierto, enfundado en pantalones de piel y con gafas oscuras, con toda una banda detrás de él, una sensible parte del público reaccionó de manera hostil. No fue la mayoría, pero fueron ruidosos. Sin embargo él siguió con lo que mejor sabe hacer y nos deleitó con un concierto que todavía hoy pone la piel de gallina. Poco antes del final, en el espacio entre la penúltima y la última canción, alguien del público empieza a increparle y grita “Judas!”. Dylan replica “I don’t believe you!” y continua “You’re a liar!”. Entonces se gira hacia la banda y grita “Play fucking loud!” arrancando con una de las versiones de Like a Rolling Stone más estremecedoras jamás interpretadas. En la batería, Mickey Jones parecía que quisiera destrozar los parches mientras que Dylan, encarándose al público y haciéndose altavoz con la manos gritaba un desgarrador “How does it feeeeeeeel!!”.



Y yo me pregunto ¿era Dylan responsable de defraudar unas expectativas que él había creado en un grupo de gente?

Años más tarde, Mick Jagger dijo que la mejor canción de los Rolling Stones era de Dylan. Siguen tocándola en todos sus conciertos.

viernes, 8 de diciembre de 2006

Imagina

Esa noche regresaba a casa contento y satisfecho. Era una fría noche de principios de diciembre. Las luces navideñas iluminaban las calles, casi desiertas a esa hora, y se reflejaban ondulantes en los charcos. Unas manzanas más allá se levantaba una columna de vapor desde alguna canalización defectuosa, acentuando más si cabe la sensación de frío. Esta noche helará, pensó.

Andaba con los hombros encogidos bajo su abrigo, el cuello levantado y las manos hundidas en el fondo de los bolsillos. Su mujer, colgada de su brazo derecho, se pegaba a su cuerpo en busca de calor humano. Andaba deprisa, haciendo tintinear las llaves con la mano izquierda, mientras tarareaba una melodía que le había estado rondando la cabeza durante toda la tarde. Su mujer le miró y sonrió. Habían estado todo el día en el estudio, grabando algunas maquetas para el próximo disco. De hecho, de ahí venían. Había sido una tarde provechosa. Pero John no paraba nunca, siempre estaba grabando mentalmente maquetas. Y la excelente acogida de su esperado último disco le había animado a grabar otro cuanto antes.

Iban andando por la acera opuesta a su casa. Les gustaba andar por la acera junto al parque para sentir el olor de la tierra húmeda, sobretodo cuando había llovido.

Cruzaron la calle al llegar frente al portal de su casa, el Edificio Dakota. Estaba sacando las manos de sus bolsillos cuando se acercó un chico. Lo recordó de inmediato. Esa misma mañana, al salir de casa, se había tropezado con él. El chico le había pedido por favor un autógrafo y él se lo había firmado en una vieja fotografía suya. Aparecía vestido con un traje negro y una estrecha corbata que ahora le pareció ridícula, justo de cuando los Beatles empezaban a tener éxito. Qué tío pesado –pensó-, se ha pasado todo el día aquí esperando mi regreso. Se inclinó hacia el chico, un poco molesto por su irritante insistencia, dispuesto a firmar otro autógrafo.

– ¿El señor Lennon? –preguntó el chico.

BANG
........BANG
................BANG
........................BANG
................................BANG
........................................BANG

Dos balas se incrustaron en la pared del fondo. Las otras cuatro las detuvo John con su cuerpo, que se fue desplomando lentamente a la vez que se desplomaba en el suelo uno de los más grandes mitos del S.XX.

John Lennon icon


Imagina que no murió. Imagina que todavía vive. Es fácil si lo intentas.


He encontrado este vídeo de su última actuación, que os dejo de propina. Atención a la letra, sobretodo a los que os gusta Lennon. En la estrofa donde menciona "religion" lo cambia por "immigration". Imagina que no hay inmigración. Es decir, imagina que la inmigración no fuera una necesidad. Estamos a principios de los 80 en los Estados Unidos. Lennon mete con calzador la palabra, que rompe ligeramente el ritmo de la melodía, así que intuyo que no es un simple capricho. Es curioso que veintiseis años después, esto mismo se comprenda desde la óptica de este país. Pero bueno, este tema es lo bastante jugoso como para escribir uno o varios post enteros.

miércoles, 8 de noviembre de 2006

Surrealismo y psicodelia

Antonioni es a la psicodelia de los sesenta lo que Buñuel al surrealismo de los años veinte. Y ahí debería añadir un “he dicho”. Quizás peque de categórico con esta afirmación, pero valga como excusa que soy un mero aficionado al cine, en absoluto experto, y esta no es más que una apreciación personal. También quiero dejar claro que no es mi intención poner al mismo nivel a ambos realizadores. Al italiano –por cierto nacido en Ferrara, preciosa población italiana de la que hablaré en otra ocasión- le reconozco alguna buena película y una obra maestra: Blow Up. Mientras que el gran Buñuel cuenta en su haber una buena ristra de obras maestras de culto. Así pues, para descategorizar un poco mis palabras, matizaré. El Antonioni de Blow Up o Zabriskie Point es a la psicodelia de los sesenta lo que el Buñuel de Un Chien Andalou al surrealismo de la década de los veinte. He dicho.

Y para poner un poco de luz y movimiento a mis palabras, aquí os dejo con un par de regalitos. El primero es la totalidad de la obra maestra del surrealismo, concebida en 1928 por dos genios: el mismo Buñuel y el excéntrico Salvador Dalí. Valga como anécdota escabrosa que el protagonista de este corto, Pierre Batcheff, así como su compañera de reparto Simone Mareuil se suicidaron.


En cuanto al segundo vídeo, os diré que es un fragmento Zabriskie Point de Michelangelo Antonioni, del año 1970 y probablemente fruto del abuso de los psicotrópicos. Esta escena en cuestión está acompañada de la música de Pink Floyd, con el tema Come In #51, Your Time Is Up, una recreación de Careful With That Axe, Eugene, publicada en formato single en 1968 y posteriormente incluida en el álbum Ummagumma en su versión en directo.

Cada vez que la veo me entran unas ganas insalvables de tomar drogas.

viernes, 3 de noviembre de 2006

El espíritu

A esa hora de la mañana, cuando el único nexo de unión con la realidad es la taza de café a la que me agarro con cierta angustia, temeroso de caer en una espiral hacia un sueño profundo del que apenas acabo de salir. A esa hora –digo-, las conversaciones en la barra del bar son lejanas letanías y las voces llegan en sordina a mi cabeza, que lenta y trabajosamente las procesa. La vida es una cortina sonora en la que se mezcla el vapor de la cafetera, el repiqueteo de los platillos contra las tazas, las cucharillas removiendo el azúcar en los cafés, las sillas arrastradas por el suelo, saludos más o menos efusivos, teléfonos móviles sonando… Y en el fondo de esa banda sonora matutina el televisor atronando noticias, de las que voy captando sólo algunos jirones.

Es en este momento cuando mi mano se crispa y deja caer la cucharilla sobre el platillo. Oigo –me parece oír- que la Fiscalía Anticorrupción y el mismísimo juez Garzón –sí, el que solicitó la extradición de Pinochet- están investigando al Espíritu Santo, al que le han bloqueado cuentas por valor de 1500 millones de euros. Y ahí mi imaginación empieza a volar a ritmo frenético. Cojoño –pienso-, los tiene bien puestos el Garzón este. Con la iglesia hemos topao, aunque… yo creía que los únicos intereses del Espíritu Santo eran las almas, pero ya veo que no. Me hubiera podido esperar que lo investigaran por estafa o fraude, aunque no fiscal. De todos modos ¿en calidad de qué lo están investigando? Porque persona física o jurídica no es. ¿Acaso como ente espiritual? ¿Tiene algún responsable civil subsidiario? Vaya, que investigarlo a él por fraude fiscal me suena como investigar a los tres Reyes Magos por proclamar la república. Y a todo esto ¿se ha pronunciado la Conferencia Episcopal? Porque deben estar echando chispas y maquinando una reedición del coco ese del contubernio judeo-masónico. Como poco habrán excomulgado al juez. Por no mencionar a B-XVI, que ya estará maquinando recuperar de las tinieblas a la Santa Inquisición, de la que fue prefecto aunque bajo el eufemismo de Congregación de la Doctrina de la Fe. En fin, que me he quedado petrificado con la noticia. Pero sólo hasta que han dicho –ya me extrañaba a mí- que eso del Espíritu Santo es un banco portugués.

Total, que me he repuesto de la impresión, he terminado mi café y he salido a la fría mañana.

... papel y tijera

Aquí os dejo con una muestra de la obra en papel del arquitecto danés Peter Callesen. Su interés por pasar del plano al volumen lo llevó a trabajar con un simple papel A4 y unas tijeras, creando estas maravillosas obras.


Looking back, 2006 de Peter Callesen


sábado, 21 de octubre de 2006

Paradero desconocido

Esta pequeña obra maestra –escrita por la periodista y profesora universitaria Kressmann Taylor- se publicó en 1938, en plena efervescencia del fascismo en Europa, y particularmente del nazismo en Alemania. Un año más tarde, una reseña del suplemento literario del New York Times citaba “Esta hitoria es la perfección misma. Es la denuncia más rotunda del nazismo que haya aparecido jamás”.

Intentemos ponernos en situación. La Segunda Guerra Mundial estalló en 1939, y la intervención estadounidense en Europa fue posterior. Sin embargo, la novela fue publicada en los EEUU un año antes del inicio del conflicto. Con esto quiero hacer patente que, si bien se sabía del nazismo, en esa época no se conocían en absoluto las atroces consecuencias que produjo, y que de todos son conocidas hoy en día. Este pequeño detalle le da a esta obra un plus de clarividencia que no tienen, en modo alguno, obras posteriores. Estamos ante un relato en el que el autor sabía lo que estaba pasando. Y no sólo lo condenaba, sinó que le asustaba. Y pese a esta condena y denuncia del nazismo, tristemente sabemos todos lo que luego sucedió.

La obra en sí está estructurada en modo de misivas entre dos amigos y socios en el mercado de obras de arte. Por un lado tenemos a Max Eisenstein, un judío estadounidense. Por el otro a Martin Schulse, un alemán, ambos afincados en California hasta que, en 1932, Martin decide regresar a Alemania. Es a partir de este momento cuando empieza el intercambio de cartas, y en él se empiezan a descubrir, primero en forma de pequeños detalles, más tarde con terribles evidencias, los profundos cambios que está experimentando la sociedad alemana. La locura colectiva de todo un pueblo se refleja en estas cartas, hasta el punto en que Martin llega a renegar de su amigo por su condición de judío.

Bien. Este pequeño librito aterrizó en mis manos hace unos cinco años, coincidiendo con una reedición de la obra. La engullí en apenas una tarde y me dejó en un penoso estado de abatimiento. Es brillante, sí, pero también dura y triste. Y esta misma tarde he visto que su texto ha sido adaptado –en catalán- para el teatro y que las representaciones, aquí en Barcelona, empezaron hace escasos días. En fin, que he comprado mi entrada para esta noche. Seguro que será una agradable y triste velada.

jueves, 19 de octubre de 2006

Melancolía

Cada estado de ánimo tiene su música, como en una banda sonora vital, que suele ser distinta en cada persona. En mi caso, cuando la melancolía o tristeza me embarga, recurro siempre a Bill Evans. Me refiero, obviamente, al Bill Evan pianista.

Este músico, de una sofisticación armónica sobrecogedora, arrebatadoramente lírico e inconfundible desde las primeras notas arrancadas a su piano, empezó su carrera a finales de los 50. Fue precisamente en el 59 cuando participó junto al grandioso Miles Davis en Kind of Blue, indiscutiblemente el disco de jazz más influyente de todos los tiempos. Y en mi modesta opinión el mejor, todavía no superado.

Pero tras esta experiencia decidió formar su propio grupo, un trío. ¡Qué digo un trío! El trío. El mejor trío de jazz que jamás haya pisado un escenario. Él al piano y a su vera Scott Lafaro subliminando el bajo y Paul Motian marcando un precioso ritmo a la batería.

Con estos mimbres sin duda había que hacer algo grande. Y vaya si lo hizo. El 25 de junio de 1961 se juntaron los tres en las sesiones del Village Vanguard. De esa noche quedó una grabación asombrosa, brillante, única. Abrió el camino a las pequeñas formaciones de jazz, y lo hizo a lo grande. Es un disco melancólico, sí, pero hace sonreír por su virtuosismo y belleza. Y también puede provocar alguna lágrima o profundo suspiro. Lo que no provoca es indiferencia.

Y como mi actual estado de ánimo casa con esta música, aquí os la dejo para vuestro deleite. Bill Evans tocando Waltz for Debby en el Village Vanguard.





Algunas anécdotas al respecto.

De esta actuación se publicó Sunday at the Village Vanguard. Años más tarde, y debido a la aureola mítica adquirida, se publicaron el resto de temas en otro disco: Waltz for Debby.

El Village Vanguard era un local al que se iba a escuchar música mientras se tomaba una copa sentado en un mesilla redonda. En la grabación se oye el tintineo del hielo en esas copas.

El bajista Scott LaFaro murió en un accidente de coche, tan solo diez días después de la grabación. Bill Evans tardó un poco más, pero las drogas se lo llevaron a los 51 años.

Oxímoron

(Del gr. ὀξύμωρον).
1. m. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.

¿Arrebato último?

Nunca concebí este espacio como un substituto de mi libreta y bolígrafo, pese a que durante un breve periodo de tiempo llegó a serlo. Ignoro si fue porque decidí abrir mis entrañas al mundo o porque de todo cuanto yo era nada tenía que ocultarme. La cuestión es que las circunstancias cambian, la gente sabe y llega un momento en que uno se siente condicionado. Ya no me siento libre en este lugar. Me siento observado y juzgado.

Hace tiempo que arrebatos dejó de hacer honor a su nombre. Quizás abra un nuevo blog, esta vez anónimo. Quizás me limite a escribir como antaño, en mi libreta, todo eso que duele. Lo que está claro es que aquí me siento incómodo, y no me gusta. No descarto añadir alguna que otra ficción, o alguna anécdota, pero no volveré a desnudarme.

Parece que esté matando a arrebatos, pero nada más lejos de la realidad. La realidad es que arrebatos murió hace ya algún tiempo.


Os dejo con Miles Davis. No se me ocurre mejor forma de acabar con esto.

miércoles, 11 de octubre de 2006

Arrebatos foráneos: Jeff Buckley


Lover, you should've come over
Jeff Buckley

martes, 10 de octubre de 2006

Arrebatos foráneos

Bravo, permíteme aplaudir
por tu forma de herir mis sentimientos.
Bravo, te vuelvo a repetir,
por tus falsos e infames juramentos.
Todo aquello que te di
en nuestra intimidad, tan bello,
quien me iba a decir
que lo habrías de volcar en sufrimiento?

Te odio tanto,
que yo mismo me espanto
de mi forma de odiar.
Deseo
que después de que mueras,
no haya para ti un lugar.
El infierno es un cielo
comparado con tu alma,
y que Dios me perdone,
por desear que ni muerta tengas calma.

Te odio tanto,
que yo mismo me espanto
de mi forma de odiar.
Deseo
que después de que mueras,
no haya para ti un lugar.
El infierno es un cielo
comparado con tu alma,
y que Dios me perdone,
por desear que ni muerta
ni muerta tengas calma.

Bravo, permíteme aplaudir
por tu forma de herir
mis sentimientos.


Luis Demetrio


Esta es la letra de Bravo, canción que, cantada por Nacho Vegas, aparece en El tiempo de las cerezas, disco publicado conjuntamente con Enrique Bunbury.

martes, 26 de septiembre de 2006

Olvido

La verdad, todo esto me resulta muy embarazoso. No sé cómo ha podido ocurrir una cosa así. Qué digo cómo ha podido ocurrir, no. Lo correcto es cómo ha podido ocurrirme. Porque si existe un culpable ese, sin duda, soy yo.

De antemano sé que excusarme –escudarme- en mi mala memoria es muy fácil. Pero ¡cojoño*! Es cierto. Ni siquiera pensé en ello. No me estoy refiriendo a un simple olvido, no. Es que no pensé en ello. En mi propio descargo puedo esgrimir que es la primera vez –y la última, espero- que me ocurre esto. Ciertamente es así, pues jamás me había pasado por alto. Pese a que suele aparecer con sigilo, sin apenas dejar percibir su presencia en el ambiente. A pesar de su tendencia a hacerse notorio más avanzada la estación, nunca hasta ahora había olvidado la entrada del otoño.

Llegó este viernes pasado, lo supe ayer. Quizás fue la resaca o, tal vez, que debo estar envejeciendo a pasos agigantados…




*Cojoño: (de cojones y coño) Interjección políticamente correcta para expresar diversos estados de ánimo, especialmente extrañeza o enfado.

viernes, 22 de septiembre de 2006

La habitación de hotel

Introdujo la llave en la cerradura, la giró y empujó la puerta hacia adentro. Una vez en el interior, la cerró de un manotazo sin ni siquiera darse la vuelta. La tenue luz que entraba a través de la ventana le facilitó la tarea de encontrar el interruptor. Pulsó uno y se encendió la luz del baño, junto a la entrada. Pulsó el otro y se iluminó la habitación.

Una rápida ojeada le permitió familiarizarse con el espacio y le confirmó la decadencia del lugar. Sin duda había sido un hotel elegante, pero eso había sido hace más de cinco décadas y todo apuntaba a que el tiempo se había detenido ahí, a la par que el interés de los dueños por tapar con pintura las manchas de la pared y cambiar los muebles desvencijados y la moqueta raída. Dejó la maleta en el suelo, se acercó a la ventana de doble hoja cruzando la habitación y la abrió de par en par para fumarse un cigarrillo sentado en el alféizar.

Mientras se aflojaba el nudo de la corbata pensó en la estupenda mujer con la que había compartido ascensor hasta la tercera planta, en la que ambos se habían bajado. La ondulante melena castaña que lucía no le había impedido observar unos hermosos ojos de color miel. Todavía no tendría los treinta años, pensó. No se habían cruzado una sola palabra durante el breve trayecto y sólo, cuando ella se quedó frente a la 303 y él pasó por detrás suyo hasta la 305, que era la habitación contigua, había murmurado un buenas noches que no había tenido eco en la hermosa desconocida. Recordar el movimiento de sus nalgas bajo la tensa tela de la falda le produjo un hormigueo entre las piernas que se tradujo en leve erección. Llevo demasiado tiempo de perversión onanista, pensó. Luego apagó el cigarrillo en el alféizar y lo lanzó hacia la calle desierta.

De regreso de sus ensoñaciones libidinosas, echó un nuevo vistazo a la habitación, ahora más detallado y desde el otro extremo. En primer plano la cama, hundida la parte central, ocupaba una cuarta parte de la estancia. Más allá, pegado a la pared del baño, un armario de espejo. Y entre este y la cama, una puerta que le había pasado inadvertida al entrar.

Sintió tensarse todos los músculos. Esa puerta comunicaba directamente su habitación con la de la mujer. Esta certeza aceleró su imaginación. Se descubrió a si mismo pensando en qué estaría haciendo ahora ella. Quizás se estaría desnudando para meterse en la cama. No –descartó- seguro que primero ha deshecho la maleta y lo ha colocado todo ordenadamente en el armario. Contuvo la respiración para captar cualquier sonido que llegara desde la habitación contigua y delatara su actividad. Un roce de tela. Un zapato que cae al suelo. Pero no pudo oír más el rumor de los coches que atravesaban la calle en ambos sentidos. Cerró la ventana, se descalzó y se acercó sigilosamente a la puerta. Estuvo ahí un minuto quizás, aunque le pareció una eternidad. Pero no supo identificar ningún sonido.

Se le ocurrió probar si estaba cerrada con llave, aunque lo descartó al instante. ¿Cómo iba a hacer eso? Es decir, ¿cómo mover la manija de la puerta sin que la vecina se diera cuenta? Y si no estaba cerrada con llave ¿qué? ¿Abriría la puerta de par en par quizás? La sola idea ya lo excitó. Se vio a si mismo abriendo la puerta de golpe para encontrase a una mujer semidesnuda. Entonces ella gritaría y se intentaría cubrir primero con las manos, para agarrar después un extremo de la sábana y tirar fuertemente… No. La realidad sería muy distinta. Había visto tantas películas de Bogart que ya se imaginaba a si mismo con gabardina y el cigarrillo colgando de los labios. Lo más probable es que abriera la puerta y se quedara con cara de imbécil sin saber que decir ni hacer. Entonces volvería a cerrar la puerta y, como mucho, sería capaz de balbucear cualquier disculpa. O sencillamente la puerta estaría cerrada y ella, alertada por su tentativa, avisaría a la recepción, que mandaría a un vigilante de seguridad para invitarle a abandonar el hotel.

Fue entonces cuando vio que la puerta tenía una de esas viejas cerraduras con un orificio del tamaño de la uña del dedo meñique. Ese descubrimiento despertó al voyeur que siempre llevó dentro. Se imaginó a la mujer desnudándose frente a la puerta, completamente ajena al ojo que la observaba. Inmediatamente se reprendió a si mismo. Ya no por esa enferma violación de la intimidad de una mujer, sino también por su estúpido conformismo. Por una parte, su educación estrictamente católica había calado muy hondo en su ética y, si bien no la cumplía demasiado a rajatabla, sí que tenía frecuentes cargos de conciencia. Por otra parte, lamentaba no haber sido capaz de entablar una amable conversación con ella en el ascensor. Iba a pasarse tres días en ese hotel. Si ella no estaba de paso podría haber conseguido algo más que eso, que contentarse con verla a hurtadillas.

Apagó la luz de su habitación y vio que, a través del ojo de la cerradura, entraba la luz de la otra habitación. Sigue despierta, pensó. Se acercaba a la puerta cuando se apagó la luz en la otra habitación. Masculló una maldición y fue a encenderse otro cigarrillo. El primero que sacó de la cajetilla se le cayó. Le temblaban las manos. Apenas pudo acertar a encender el segundo. Dio un par de rápidas caladas y vio que volvía a entrar luz a través de la cerradura. Dio unas caladas más, aplastó el cigarrillo en el cenicero y se acercó de nuevo a la puerta. Dudaba. Sentía escalofríos y un estremecimiento le recorrió la espalda como si una pluma le hubiera rozado el espinazo. Se quedó parado junto a la pared. La luz en la otra habitación volvía a estar apagada. Se arrodilló y avanzó así hasta la puerta, procurando no hacer el más leve ruido. Procurando respirar lo menos posible. Ahora tenía el ojo de la cerradura a la altura de los suyos. Sólo faltaba ponerse frente a la puerta y mirar.

Se giró rápidamente, ajustó su ojo a la cerradura, miró y vio justo como, al otro lado, un hermoso ojo de color miel se separaba bruscamente de la puerta.

martes, 19 de septiembre de 2006

Ladrillos

La primera vez había sido un grave error. Ese imbécil realmente le había hecho creer que la quería. Pero todo se torció cuando se quedó embarazada y él se largó. Así que no había tenido otra opción que esa. Sin embargo, esta vez había sido un descuido. Imperdonable, eso sí, pero un descuido al fin y al cabo. No podía culpar a nadie más que a ella misma. Las circunstancias que la habían conducido a esto eran distintas, pero la solución al problema, tanto ayer como ahora, la tenía que afrontar ella sola. Estas cosas no cambian, reflexionó mientras descendía por la empinada escalera del sótano, apoyándose en la barandilla y entre espasmos de dolor por las ya cada vez más frecuentes contracciones.

Durante las últimas semanas lo había preparado todo. La cama seguía ahí desde la última vez. Disponía de toallas limpias, agua caliente, tijeras, gasas, etc. Así como de ladrillos macizos, cemento de secado rápido, arena y agua para la mezcla, una paleta y una plomada.

Quizás a algún vecino le pareció oír el sonido, amortiguado por las muchas paredes y puertas cerradas, del llanto de un bebé. Pero fue tan débil y tan breve que a los pocos segundos pensó que se habría confundido. Horas después lo había borrado por completo de su mente.

Era una mujer fuerte que siempre había tenido las cosas muy claras. Un tercer hijo me complicaría demasiado la vida –se convenció a sí misma mientras colocaba un ladrillo sobre otro, añadía otra capa de cemento y colocaba un nuevo ladrillo sobre el cada vez más alto tabique junto a la pared. Esa otra pared que, inspirada en un cuento de Edgar Alan Poe, había levantado dos años antes y del mismo modo que ahora, a escasos veinte centímetros de la pared principal. Lo justo para ocultar de las miradas entrometidas un pequeño cuerpo al que se le había aplicado un aborto post parto.


Y es que en algunas -muy pocas- ocasiones, la ficción supera a la realidad.

viernes, 8 de septiembre de 2006

Tumbando mitos

A lo largo y ancho de la historia, los poderosos se han valido de mil y un ingenios para mantenerse en el poder. Hay y ha habido desde chaqueteros hasta ajustes en la historia, como esas célebres fotografías soviéticas, en plena guerra fría, de las que iban desapareciendo los distintos personajes que, por un motivo u otro, caían en desgracia.

Algo que hoy en día nos tomamos con cierta sorna, e incluso sentimos vergüenza ajena por ello, es la facilidad con que los estadounidenses se sacan héroes de la manga. Pero no olvidemos que es un país joven y que no están haciendo nada que otros países no hayamos hecho antes.

Toda esta tradición viene ya de la Grecia y Roma clásicas. ¿Qué hicieron los dioses sino eso? Primero fueron chaqueteros, pues de llamarse Zeus, Deméter, Dionisios o Eros en la época de esplendor griego, pasaron a llamarse Júpiter, Ceres, Baco o Cupido para los romanos. Y todo por mantenerse en el poder. Y cómo no, también se inventaron mitos y leyendas para ocultar la triste, y en ocasiones vulgar, realidad. Al fin y al cabo, por muy dioses que fueran, se comportaban como unos viciosos y depravados, tan corruptos como cualquier cacique de tres al cuarto que ostente el poder absoluto.

Uno de estos mitos fue el de Proserpina (que en su época griega se llamó Perséfone), hija de Júpiter y de Ceres, que se inventó un secuestro a manos de Plutón. Pero en realidad no fue así.

Proserpina era una chica de virtud laxa y muy alocada, para tormento de sus padres que ya no sabían que hacer con ella, pues en esa época todavía no había internados en Suiza. Para colmo era amiga íntima de Venus, que como buena diosa del amor que era, se pasaba el día liando entuertos entre este y aquél, dejando a su paso un desolador rastro de promiscuidad. Y pasó lo que tenía que pasar. Un día apareció por ahí Plutón, que era un morenazo de pelo largo, musculoso y muy ardiente (no en vano era el dios de los infiernos). Una especie de latin lover, vaya. Y ella se rindió a sus encantos. Pero tanto se rindió que se pasaron eones fornicando, hasta que ella se quedó embarazada. Como un casamiento con Plutón no estaba bien visto por su padre, pero mucho menos por su madre Ceres, que era la diosa de la primavera, planearon escaparse. Hoy en día esto de simular un secuestro por amor es algo que ya tenemos muy oído, pero en realidad nos hallamos ante unos pioneros en la materia.

Del disgusto morrocotudo que se llevó su madre surgió el invierno, es decir que les debemos a Proserpina y Plutón el poder ir a esquiar. Sin embargo su padre Júpiter, que de tonto no tenía un pelo, se enteró de la intriga y en un arrebato de furia los convirtió en estatua de mármol.

Actualmente ambos están expuestos en la Galleria Borghese, para mayor escarnio público, y son popular y erróneamente atribuidos al genial escultor, pintor y arquitecto Bernini. Pero es obvio que tanta perfección y belleza no puede haber nacido de la mano de un mortal.

Detalle de 'El Rapto de Proserpina' de Bernini


martes, 5 de septiembre de 2006

Cronos

Una fría noche de enero, caminando de vuelta a casa, me tropecé con un viejo caído en el suelo. Yacía con los miembros doblegados de manera anómala, en una extraña postura a todas luces incómoda. Me acerqué y le dije algo, no recuerdo qué, pero no obtuve respuesta. Le tomé una mano que de tan gélida casi me quemó la mía. Más que frío, parecía que me estaba quitando a mí el calor. No le encontré el pulso. Sin embargo me fijé en que llevaba un hermoso reloj de oro, así que se lo quité de su muñeca, pensando que ya no lo iba a necesitar más. Vi que estaba detenido a las siete –de la tarde, pensé- y le di cuerda. Fue entonces cuando el viejo se levantó y, con lágrimas en los ojos y un torrente de palabras entrecortadas por la emoción me dio las gracias por mi gesto. Le di su reloj y se lo ajustó en su muñeca mientras musitaba algo acerca de su mala memoria, que cómo podía haberse olvidado de darle cuerda.

Es desde esa noche que no llevo nunca reloj.

viernes, 1 de septiembre de 2006

Deseo

!


– ¿Cuanto hace que no te pones la mini tejana?
– Mmmm…
– Tengo ganas de arrinconarte en cualquier portal, alguna noche volviendo a casa, y hacer desaparecer mis manos bajo tu falda, los dedos entre tu piel y tus bragas y dejarlos vagar por ahí hasta sentirlos mojados por tu deseo.
– Pffffff… Voy a buscarla.

miércoles, 23 de agosto de 2006

Puntualidad relativa

Paul Auster nos cuenta, con la voz de Auggie y en forma de cuento de Navidad, como éste consiguió, por fruto del azar y de manera un tanto ilícita, una cámara fotográfica –de las buenas, nos aclara él- y el uso que ha hecho de ella desde ese momento: cada día, laborable o festivo, a las ocho en punto de la mañana, ya haga sol, llueva o nieve, Augustus Wren planta la cámara en la esquina frente a su tienda de tabacos y saca una foto. Cada día. A esa hora en punto.

Cada día, invariablemente y con una puntualidad británica, me despierto a una hora distinta y todavía más distinta es la hora a la que me levanto. Cada día, sin excepción, voy a la ducha antes que nada, mientras que ella se queda durmiendo –un ratito más, por favor- en la cama. O desayuno antes y es ella la que se ducha primero. O desayuno y ella se queda en la cama –un ratito más, por favor- durmiendo. O desayuno después de ducharme, mientras es ella la que se ducha. O no desayuno. Incluso en alguna ocasión ha sido ella la primera en levantarse para ir a la ducha, mientras que yo –un ratito más, por favor- me quedaba durmiendo en la cama. Porque cada noche, invariablemente y con la exactitud de un reloj suizo, nos acostamos a una hora distinta. Siempre, eso sí, mañana. Y eso teniendo en cuenta que nuestra hora de la cena no cambia nunca. Es a las nueve y media, o a las doce, o a las once menos cuarto, o a las diez y veinte, o… Eso sí, siempre cenamos a la hora de la cena.

El resultado de esto es mi ancestral puntualidad al trabajo. Siempre, invariablemente, sin distinción de días soleados, nublados o lluviosos, llego tarde. Como está claro que llegar puntual al trabajo no me motiva lo suficiente como para cambiar mis ordenados hábitos de conducta, he pensado que quizás podría hacer como Auggie y empezar a tomar fotografías, una a las ocho, otra a las nueve y media, otra a las siete (antes de acostarme), otra a las once, otra…