miércoles, 8 de junio de 2011

Federico Sánchez se despide de ustedes

"Están desapareciendo los testigos del exterminio. Bueno, cada generación tiene un crepúsculo de esas características. Los testigos desaparecen. Pero ahora me está tocando vivirlo a mí. Aún hay más viejos que yo que han pasado por la experiencia de los campos. Pero no todos son escritores, claro. En el crepúsculo la memoria se hace más tensa, pero también está más sujeta a las deformaciones. Luego hay algo... ¿Sabe usted qué es lo más importante de haber pasado por un campo? ¿Sabe usted qué es exactamente? ¿Sabe usted que eso, que es lo más importante y lo más terrible, es lo único que no se puede explicar? El olor a carne quemada. ¿Qué haces con el recuerdo del olor a carne quemada? Para esas circunstancias está, precisamente, la literatura. ¿Pero cómo hablas de eso? ¿Comparas? ¿La obscenidad de la comparación? ¿Dices, por ejemplo, que huele como a pollo quemado? ¿O intentas una reconstrucción minuciosa de las circunstancias generales del recuerdo, dando vueltas en torno al olor, vueltas y más vueltas, sin encararlo? Yo tengo dentro de mi cabeza, vivo, el olor más importante de un campo de concentración. Y no puedo explicarlo. Y ese olor se va a ir conmigo como ya se ha ido con otros."


Jorge Semprún (Madrid, 10 de diciembre de 1923 - París, 7 de junio de 2011)

lunes, 2 de mayo de 2011

De poca fe

¿Vosotros os lo habéis creído? Yo no; no del todo. Será que soy hombre de poca fe y ya no me creo ni lo que veo. Y cuando ni siquiera lo veo...

lunes, 18 de abril de 2011

de viaje

Ya tenemos entradas para el concierto del domingo en la filarmónica; una excelente selección de los maestros rusos Glinka, Tchaikovsky, Borodin y Mussorgsky. De hecho las compramos hace más de dos meses. Creo que fue lo primero que miré, antes incluso de decidir los días que iríamos, y al final organizamos el regreso a Barcelona en función del concierto. Lástima que no vamos en mayo, con recitales conducidos por Claudio Abbado. También tenemos una buena guía actualizada (con esta ciudad no valen las de hace diez años) y media docena de carretes para traernos de vuelta a casa un pedazo de Berlín.

Nos vamos mañana y todavía no he empezado a hacer la maleta, como siempre todo a última hora. Aunque si no fuera así ya no sería yo.

viernes, 8 de abril de 2011

In Excelsis Deo/Gloria

Al final pudo más la prudencia y contención económica que la pasión desaforada y me abstuve de ir a la feria del disco de Barcelona, este pasado fin de semana. Me conozco bien y me temo: no tengo mesura con mis adicciones -soy un adicto a las adicciones, de las que colecciono unas cuantas- y en concreto la de comprar discos la sobrellevo mal y especialmente descontrolada, con el agravante de que el espacio en la ciudad está muy caro y en mi casa es escaso. Supongo que fue por eso que ayer, a fin de calmar el mono que me recorría las venas, me acerqué por la calle Tallers, que es donde se concentra buena parte de esta droga, en busca de una dosis que aplacara mis temblores. Cayeron cinco vinilos no especialmente caros, todo un logro. Y de los cinco, sólo uno era anterior al año en que nací, lo cual es bastante infrecuente.

Ahora mismo, mientras escribo esto, gira en el plato uno de ellos a un volumen notable.


(sugerencia de consumo)
Gloria
en la versión de Patti Smith





Al salir de la tienda con mi botín, a última hora de la tarde, la luz se desparramaba generosa sobre la calle Tallers, alargando las sombras de los paseantes y encendiendo el pelo de las chicas que se dejaban bañar por el último sol. No pude resistir la tentación de echar unas fotos.


calle Tallers

miércoles, 6 de abril de 2011

¿Dónde estabas tú en el 94?

Ese día, el nueve de abril del 94 yo estaba en el camping, tenía veintipocos años y era sábado por la mañana. Estaba leyendo la prensa mientras desayunaba; no sería muy temprano. En la página 43, sección espectáculos, bajo una foto del Papa, aparecía una pequeña nota con este título: "Se suicida Kurt Cobain, el cantante de Nirvana". Escalofrío y cierta sensación de incredulidad. No se contaban entre mis grupos preferidos, que yo por esa época navegaba por los sesenta y los setenta con algún regreso a los noventa de la mano de Black Crowes, Pearl Jam, Soundgarden, Smashing Pumpkins o Red Hot Chili Peppers. Pero pese a todo... ¡coño, era Nirvana! Era ese "Smells like teen spirit" con el que había gritado en los bares, era ese tipo casi autista que pese a desafinar y equivocarse con frecuencia con su guitarra en directo, conseguía cautivar. Eran los abanderados de toda una generación que había devuelto a la música esa deseable austera pureza que los ochenta, con toda su laca, su lycra y su almíbar, habían convertido -salvo excepciones y heavy metal aparte- en un merengue indigerible. La noticia -en esos años las cosas no iban tan deprisa como ahora- informaba de la muerte de Kurt Cobain el pasado cinco de abril.

Ayer hizo diecisiete años. ¿Dónde estabas tú hace diecisiete años? Yo estaba desayunando en el camping y tenía poco más de veinte años.


(sugerencia de consumo)
About A Girl (versión Unplugged) de Nirvana


miércoles, 16 de marzo de 2011

Señorío y servidumbre

Llega un pequeño grupo de hombres y mujeres de aspecto distinguido al restaurante, un restaurante caro y conocido por su excelente cocina y mejor servicio, y solicitan al camarero que sale a su encuentro la mejor mesa del local. Éste los acomoda muy amablemente en una mesa apartada junto a los ventanales, desde donde se divisa una magnífica panorámica de la ciudad. Echan una rápida y desganada mirada a través de los cristales y acto seguido sacan sus flamantes iPhones y empiezan a toquetear la pantallita.

Tras un tiempo prudencial, regresa el camarero y les pregunta si ya han decidido lo que tomarán. Entonces ellos levantan la mirada y visiblemente contrariados por la interrupción, cogen la carta y eligen al azar, probablemente lo más caro. En todo el rato que llevan sentados a la mesa no se han dirigido la palabra.

Casi de inmediato aparece el sumiller con una excelente botella, sin duda la más cara. Escancia el vino y les solicita su aprobación. Vuelven a levantar de soslayo la mirada y, uno tras otro, vacían de un trago las copas, que vuelven a dejar con amanerada indiferencia sobre el mantel. Al poco rato aparecen dos camareros llevando una sopera en un carrito. Preparan la mesa con platos, cuencos y cubiertos y les sirven una humeante y deliciosa crema. Durante todo el solemne ritual el distinguido grupo no ha levantado ni un momento la mirada, que sigue fija en sus pantallitas mientras deslizan los dedos sobre ella. Los camareros se retiran con el mismo sigilo con que han aparecido.

Tras un buen rato, quizás quince o veinte minutos después de haber sido servidos, uno de ellos levanta la mirada, deja su aparato sobre la mesa, coge la cuchara y prueba la crema. Le comenta algo a su compañero de la derecha, que también deja el aparato y la prueba. Contrariado, suelta bruscamente la cuchara contra el plato y grita al camarero, que acude raudo a atenderles. La crema está fría. Esa es la grosera queja. El camarero, incrédulo pero manteniendo la compostura, trata de justificar el motivo por el que se ha enfriado, lo que parece irritar todavía más al distinguido grupo, que con altiva arrogancia y haciendo gala de todo su desprecio, se levanta de la mesa y se larga sin comer la crema y sin pagar la cuenta.

Imaginad por un momento la desagradable sensación de frustración, rabia contenida, impotencia y estafa que sentirán el camarero, el sumiller y el cocinero del restaurante. Bien, pues así es como se siente uno cuando trabaja para la administración pública en este país.

martes, 15 de marzo de 2011

De color sepia

Extraña luz (II)

Extraña luz (I)

Esta mañana Barcelona se ha teñido de color sepia, como si la vida transcurriera a través de los viejos fotogramas de una película de los Lumière, pero con sonido. Sonaba la lluvia sobre los cristales del autobús, sobre los coches que hacían sonar con insistencia su claxon como si eso consiguiera detener el tiempo o acelerar el tráfico; sonaba el borboteo del agua corriendo hacia las alcantarillas. Como una película muda con banda sonora pero manteniendo esa ridícula manera acelerada de moverse tan característica de ese cine primigenio y de estos días en la gran ciudad. Una mañana de asfalto y aceras barridas por la lluvia con la ciudad reflejada hacia sus profundidades; de zapatos mojados y calcetines calados, de distancias acolchadas por la bruma. Y todo bañado por esa extraña e insólita luz ocre.

Cómo he deseado que fuera festivo para coger mis cámaras y pasarme todo el día en la calle enmarcando instantes.

Las pesadillas de Kurosawa

Pesadilla segunda: "Mount Fuji In Red"

viernes, 11 de marzo de 2011

El mar de Japón

Mount Fuji seen below a wave at Kanagawa

El Monte Fuji visto bajo una ola en Kanagawa, de Katsushika Hokusai

miércoles, 2 de marzo de 2011

Juegos de niños

Cambian los formatos y las épocas, pero el paisaje, los juegos y los personajes son los mismos, aunque los separen más de setenta años. Niños jugando a ser mayores entre escombros de mayores que se comportan como niños. Parecidos razonables, sin duda.


Juego de niños
"Juego de niños" de Agustí Centelles (1936)


"Niños jugando con bombas", Afganistán (2011)

viernes, 11 de febrero de 2011

Publicidad

Pacific Southwest Airlines (PSA)
Pacific Southwest Airlines

Qué maravilloso era el mundo cuando la publicidad podía ser abiertamente sexista. Y qué pena el tiempo que nos ha tocado vivir, donde la estupidez de los necios vestida de corrección ha reducido nuestro sexo a género, como los pronombres o los artículos. De ahí a que nos apostrofen media tan solo un paso.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Duele

Me duele la muela en la que me hicieron un empaste hace un par de meses. Parece ser que algo no fue bien del todo. Es un dolor continuo, lineal y sin fisuras. Una presencia constante de la que es imposible abstraerse, como si tuviera un clavo oxidado incrustado en la encía desde abajo hacia arriba hasta llegar al pómulo. Por poner un ejemplo, claro, que afortunadamente nunca he estado en esa situación. Esa presencia constante y monótona se intensifica periódicamente, como si alguien cogiera el clavo y empezara a hurgar con él en la herida, y entonces el dolor monótono y constante se convierte en una punzada larga y agónica, en un grito ahogado y en un deseo de coger unas tenazas para arrancarme la muela. Y por si eso no fuera suficiente, los White Stripes van y deciden precisamente ahora anunciar oficialmente su disolución. Que sí, que era algo que todos sospechábamos desde hace tiempo, pero la confirmación duele. Y la muela también; mucho más de hecho.


(sugerencia de consumo)
Catch Hell Blues de The White Stripes en directo

martes, 1 de febrero de 2011

Aire fresco

Hace unos meses un grupo de antiguos compañeros del instituto me localizaron para proponerme una cena de reencuentro. Tras veinte años sin saber nada de ellos me encontré con un grupo de perfectos desconocidos totalmente ajenos a mi vida. No negaré que con alguno reedité cierta afinidad, pero lo cierto es que la sensación general fue de absoluto e inexorable distanciamiento. Durante veinte años no había pensado en ellos ni me había apetecido volver a verlos y es bastante probable que en los próximos veinte años mi interés por esta gente siga igual.

Hace un mes recibí una propuesta para reunirme con los viejos amigos de primaria. Estamos hablando de hace veinticinco años, más de media vida. Todavía no he dado una respuesta al ofrecimiento. Tengo claro que diré que no cuenten conmigo, pero sigo pensando en la forma de hacerlo. Supongo que la amistad es un valor efímero, muy volátil. Se diluye cuando los caminos se bifurcan y los intereses cambian. A menudo ni siquiera es necesaria la distancia física; la distancia entre dos personas puede ser un abismo incluso cuando viven juntas.

Charlando hace unos días con un amigo de nuevo cuño, me comentó que él, periódicamente, quizás cada año, hacía un examen mental de la gente que le rodeaba, de los que consideraba amigos y conocidos, y los reubicaba sin ningún rubor según su percepción. Tomaba conciencia de los que habían dejado de ser amigos y, a la vez, de los que pensaba que debía empezar a considerar como tales, para actuar en consecuencia, para saber en quién podía confiar y en quién no, para no llevarse a engaño y evitar desilusiones posteriores.

Supongo que es algo que he estado haciendo durante años sin ser consciente de que lo hacía, sin esa reflexión previa que me habría evitado según que desengaños. Y en eso ando ahora, reflexionando y abriendo puertas y ventanas para ventilar la casa.

viernes, 21 de enero de 2011

Miles Davis meets Kenny G

Un oxímoron es, según el diccionario de la RAE, la combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido. Ponen como ejemplo “un silencio atronador”. Bien, pues en una fotografía acabo de hallar una variante del oxímoron que he bautizado como sinoxímoron fusionando ésta con "sinsentido", que según el diccionario de la RAE es una cosa absurda y que no tiene explicación. Así pues, tenemos que un sinoxímoron es la combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan una cosa absurda y que no tiene explicación.

La forma visual de un sinoxímoron es la fotografía que acabo de encontrar en “A Blog Supreme”: Kenny G con Miles Davis. Algo así como Hombres G -¿Qué tendrá la G?- con los Stones, Michael Bolton con Leonard Cohen o Céline Dion con Ella Fitzgerald.

Miles Davis meets Kenny G
No sé vosotros, pero a mí me da la impresión que Miles lo mira con cara de “¿le parto el pescuezo antes de que perpetre más aberraciones?”. Una verdadera lástima para la humanidad que no se decidiera a hacerlo.

lunes, 10 de enero de 2011

Ahora

Ahora que los olivos comienzan a desnudarse de la aceituna; ahora que los dedos, ateridos en las heladas del día recién descorchado, apenas sujetan la vara y se atemperan junto a la hoguera donde asamos tocino. Ahora que brotan las coles, se prepara la tierra para sembrar ajos y empiezan a asomar las yemas en los almendros. Ahora que el garaje de la casa huele al especiado producto de la matanza y que los intensos y copiosos pucheros nos conducen con paso lento junto a la lumbre a descabezar un sueñecito. Ahora que los pastos desbordan de verde y los caminos de ocres como se desborda el ramblón del agua de las lluvias y la sierra nos achica los ojos con su deslumbrante atuendo invernal. Ahora que recurro al calor de la lana para salir a un monte cubierto de pinaza mojada, setas y musgo; ahora que respiro aire puro y bebo agua fresca, que duermo bajo media docena de mantas y me despiertan el gallo y la luz que se cuela a través de las persianas. Ahora que tengo la calma para escuchar mi respiración y el fluir de mi sangre; ahora que puedo caminar sin prisa y detenerme a observar el cambiante paso de las nubes y el ondulante recorrido de las sombras de los árboles en los surcos de los campos dormidos. Ahora que comienzo a andar por este nuevo año sabiendo que aquello es lo más cercano a la felicidad que conozco, un día se quiebra la quimera y un avión me trae de vuelta a la ciudad gris y mugrienta, a la desolación del despertador, al agobio de la multitud, a las prisas y el ruido irritante de las calles, al hastío de una realidad en la que año tras año me siento más ajeno. Y ahora que todo ha vuelto a la grosera normalidad, todo este año entero que acabo de comenzar, con todos sus días y sus semanas y sus meses llenos de horas, minutos y segundos me parece una losa demasiado grande y pesada de cargar.

Sierra Nevada

viernes, 31 de diciembre de 2010

Buenos deseos para el año nuevo


En concreto doce buenos deseos para el año que viene, uno para cada mes. Sí, ya sé que en la foto sólo hay once, pero es que me he adelantado y ya he cogido el de enero.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Cigarra y hormiga

¿Cómo se mide una vida, con qué parámetros? ¿Hay que medirla en longitud o en intensidad, amplitud? ¿Larga o ancha? ¿Hormiga o cigarra? Yo la estoy viviendo como cigarra, pese a todo el cuento que me inculcaron en mi tierna infancia. Supongo que al final me pesará no haberla vivido como hormiga, pero ya será tarde. De igual forma que la hormiga, en su larga y acomodada vejez, lamentará no haber sido más cigarra. Pero ya será tarde.


(sugerencia de consumo)
Calamaro canta "Los ejes de mi carreta"

domingo, 26 de diciembre de 2010

Tradición

Una tradición es un rito costumbrista que no concibe objeción, de ejecución periódica, que se esfuma y desaparece sepultado en el olvido con igual indiferencia que estima despertó en la época de su cumplimiento.


Xavier Miserachs (1962)
Fotografía de Xavier Miserachs (1962)

lunes, 13 de diciembre de 2010

A las cinco de la tarde (llanto por Enrique Morente)

Una repentina ráfaga de viento ha agitado las pocas hojas que todavía engalanan las ramas casi desnudas de los árboles; algunas han caído trazando lentas espirales livianas como volutas de humo; las otras aguardan el último embate del otoño, temblorosas y estremecidas como si fueran conscientes de esta efímera tregua a su sino. La calle está casi vacía, muchos comercios cerrados. Se escucha el llanto de un niño que llora en algún lugar. Bajo a la calle con un manojo de tristezas anudado en el pecho. Morente ha muerto. A las cinco de la tarde. La llama más intensa del cante flamenco se ha apagado para siempre y de nada me sirve el triste consuelo de saber que su música se ha quedado entre nosotros. El aire frío en la cara no consigue reconfortarme. De repente este otoño se me ha vuelto más triste; la melancolía ha sido barrida por la tragedia.

Quizás fuera por su arte, por el lamento de su voz prodigiosa, por su humildad o su pasión por los poetas desde Lorca a Leonard Cohen, no lo sé, pero de alguna forma he llegado a sentir a Enrique Morente como alguien muy cercano, casi de la familia. Recuerdo mi alegría cuando hace un par de semanas leí que preparaba un nuevo disco, un nuevo homenaje a Picasso. He revivido otra vez su concierto en Barcelona con motivo del aniversario de Omega, el cosquilleo en la nuca y la piel de gallina. Pero estos últimos días la alegría se ha ido mudando en inquietud primero, después en angustia, hasta hoy. A las cinco de la tarde, como en el llanto de Lorca por Ignacio Sánchez Mejías, ha muerto Enrique Morente. ¿Quién cantará ahora a los poetas? ¿Con quién conquistaremos Manhattan? Las campanas del Albaicín tañen su último pequeño vals vienés. Su familia no llora sola. Con él se me ha ido un pedazo muy grande.


(sugerencia de consumo)
Tendrá que haber un camino de Los Planetas con Enrique Morente

jueves, 9 de diciembre de 2010

Sobre lo privado

En condiciones normales, si uno se pone a reflexionar sobre el espacio privado, sobre la importancia y el significado de ese perímetro físico y mental que delimita lo que llamamos hogar, esa reflexión le llevará ineluctablemente -incluso sin saberlo- a los textos de Hannah Arendt, de Heidegger y de otros tantos que ignoro -hasta llegar a Grecia- que le hablarán largo y tendido de su lógica y necesaria configuración ante el espacio público, de la particularidad del umbral como un no lugar, por no ser ni público ni privado sino todo lo contrario, de la propia etimología de las palabras que definen esos espacios como origen de su función y necesidad y demás requiebros filosóficos.

Eso en condiciones normales. Pero si uno tiene la casa en obras... ¡Cómo cambia la perspectiva! Porque de repente se toma plena conciencia de que ese espacio es algo más que la mera privacidad: ahí habita lo íntimo, el perímetro no se limita a encerrar y ocultar nuestra mundana trivialidad de miradas extrañas sino que es un espacio acogedor, confortable y apacible. Un espacio donde descansar y estar tranquilo ante cualquier amenaza exterior, aunque sólo sea una artificiosa sensación de seguridad; un pequeño rincón donde todo se rige según un orden deliberado, donde cada cosa tiene su sitio y cada sitio mantiene un equilibrio con el entorno. Todo este espacio privado nos permite una predecible rutina sobre nuestro futuro inmediato, sin contratiempos ni sobresaltos: dónde me siento a leer, qué cenaré, dónde dormiré, dónde y cuando voy a darme una ducha o la libertad de pasearme desnudo desde esa ducha hasta el tendedero a coger una toalla. En resumidas cuentas, ese espacio, más que un lugar, es el individuo y es su propio estado de ánimo. Es el individuo mismo no por lo que delimita sino por cómo se habita.

Pero toda esa cúpula que nos aísla de lo público se resquebraja y desmorona cuando uno tiene la casa en obras. De repente el espacio deja de ser íntimo y privado porque personas extrañas empiezan a recorrerlo y a establecerse durante prolongados periodos de tiempo. De repente deja de ser apacible y acogedor cuando se llena de ruidos, polvo, sacos de mortero, montones de runa y cajas de herramientas. De repente deja de ser confortable cuando esos espacios van siendo destruidos y los objetos cotidianos cambian de sitio o se extravían y se amontonan formando efímeros y grotescos bodegones. De repente ese espacio privado deja de ser habitable, que es su razón última y única y uno debe largarse para convertirse en un pasajero en tránsito, en un viajante de paso alojado en cualquier hotel. Ya no es un individuo celoso de su intimidad: es un habitante del umbral. Y eso, créanme, es agobiante y sobre todo agotador.