lunes, 9 de abril de 2007

Bolaño y el arte de escribir cuentos

1. Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

2. Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.

3. Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.

4. Hay que leer a Quiroga, a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

5. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

6. Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

7. Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautíer, ni de Nerval!

8. Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

9. La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

10. Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.

11. Libros y autores altamente recomendables: De lo Sublime del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares de Vila Matas.

12. Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.

Roberto Bolaño


He recordado esta lista mientras mastico La colmena, de don Camilo, con temor a ser contagiado por su tediosa narrativa.

domingo, 8 de abril de 2007

Una tarde soleada

Ayer estuve despierto hasta muy tarde –o muy temprano, según se mire- y el día de hoy, para mí, ha empezado pasado el mediodía. Iba a desayunar, pero como la nevera tenía eco he bajado a comprar algunas cosas. Después de comer a punto he estado de echarme una siesta, pero me ha dado vergüenza, así que he decidido hacer algo de provecho.

Hacía un buen día. A esa hora algunas nubes deshilachadas cruzaban el cielo, que salvo esas interferencias era de un azul limpísimo. Tras cuatro días seguidos lloviendo sobre Barcelona, hoy el aire estaba limpio y transparente. Era un buen día para echar unas fotos, así que he cogido la chaqueta, la cámara y me he lanzado escaleras abajo hacia la calle.

Ya de camino al metro he decidido que era un buen día para visitar el cementerio.

He ido al Cementerio del Este, también llamado del Poblenou, en Barcelona. Salvo la mujer que vigilaba la entrada, una mexicana muy amable, no había ni un alma. Bueno, quizás almas sí había, y gatos, pero personas consumiendo oxígeno sólo estaba yo. Es curioso lo de los gatos y los cementerios. Está claro que se sienten más cómodos entre personas muertas. Los había por todas partes. Sobre las lápidas, encaramados a una cruz, en los nichos… eso sí, siempre en el lado que daba el sol, dormitando. A mi paso levantaban de forma cansina la cabeza, entreabrían los ojos y me seguían con la mirada con semblante indiferente. Después seguían dormitando. Mientras caminaba por las avenidas abigarradas de nichos, me he sorprendido leyendo con curiosidad morbosa los nombres de las lápidas, a ver si daba con alguien conocido. Me ha producido una sensación extraña, no sabría cómo explicarlo. La monotonía de lápidas no logra darte una idea concreta de la muerte. Piensas que sí, que es algo que a la gente le pasa. Encontrarte de bruces con unas coronas de flores frescas es muy distinto. Te recuerda que pasa contínuamente. Que ahí acaba de pasar.

Este cementerio –construido en el S.XVIII- es un museo escultórico al aire libre. Pese a que iba con una idea fija, no recordaba con precisión dónde se encontraba la escultura que quería fotografiar, así que he estado paseando entre tumbas durante una hora. La distribución del cementerio es un tanto laberíntica, con pasillos y avenidas de altas paredes y patios interiores de un único acceso a través de un pórtico. Ha sido una verdadera delicia. Incluso he localizado la tumba de un personaje conocido por estas tierras, un cómico que se hacía llamar Cassen.

Pero vaya, que tras unas cuantas vueltas de más, al final he dado con ella. Tras una escalinata coronada por una monumental cruz céltica, me ha sobrecogido la imagen de El beso de la muerte, obra del escultor Jaume Barba. De esta habré hecho unas veinte fotos y de camino hacia la salida otras tantas. En total unas sesenta o setenta alegres y dicharacheras fotos del cementerio.

El beso de la Muerte


Cuando he llegado a la puerta me la he encontrado cerrada a cal y canto. En ese momento se me han ocurrido un montón de lugares más acogedores que ese para pasar la noche. Por fortuna ni siquiera he llegado a desesperarme, pues al momento he escuchado la voz de la simpática mexicana que me estaba buscando entre las tumbas. Siempre hago una ronda antes de cerrar, me ha dicho mientras me acompañaba hacia una salida lateral. Menos mal, le he respondido yo.

Después he ido a la Barceloneta a quitarme el susto con una caña y una tapa de anchoas.

viernes, 6 de abril de 2007

Ceci n'est pas une pipe

Ceci n'est pas une pipe

miércoles, 4 de abril de 2007

Sombras

La luz de los semáforos va cambiando de color con precisa monotonía, dejando paso alternativo a los escasos coches que circulan por la calle a esa hora de la noche. Las farolas, tamizadas por la fina llovizna, derraman reflejos en círculos sobre la acera mojada. Un hombre con las manos hundidas en los bolsillos de su gabardina, mira las novedades editoriales a través del cristal del escaparate iluminado de una librería. Después se aleja con la cabeza hundida entre los hombros, el mentón pegado a su pecho para que el frío no se cuele por el cuello abierto de la camisa. Los mechones de pelo mojado se adhieren a su frente. El agua se acumula en sus cejas hasta que una gota se desprende, recorre su nariz helada hasta la punta y salta a un vacío que detiene su gabardina calada.

Camina apresurado. Para mojarme más deprisa, piensa. Con su cuerpo encogido va atravesando la bruma que se cierra a su paso, sin dejar ninguna estela tras de si. Siente el dolor de los pies fríos y mojados a cada paso, a cada movimiento que articula con un crujido. No piensa más que en llegar a casa y sumergirlos en agua caliente. Las farolas hacen surgir de sus pies múltiples sombras que van creciendo y encogiéndose, hinchándose sin volumen para soltar después el aire, respirando, adaptándose al terreno. Frente a él una sombra crece diluyéndose, deformándose desde el patrón de su perfil, mientras a su lado otra se empieza a formar en la pared, doblándose por las rodillas hacia el suelo hasta alcanzar sus pies, que empiezan a absorberla, a atraerla, arrastrándose por la pared hasta desaparecer para volver a crecer delante suyo hasta diluirse.

Sube la escalera de una calle empinada y las sombras se hinchan y encogen, saltando por los escalones, doblándose en acordeón. O en bandoneón. Sonríe su ocurrencia volver con la frente marchita, la frente empapada. Intenta silbar pero tiene los labios amoratados y sólo saltan gotitas de agua. Tararea mientras gira a la derecha por el callejón oscuro, al fondo otra vez las farolas. Ahora no tiene sombras. Todo es sombra y escucha el chapotear de sus pies en los charcos y el borboteo de los ríos sin nombre saltando hacia las alcantarillas.

Sale otra vez a la calle iluminada, un paso y después otro hacia la luz y se detiene. De sus pies no sale ninguna sombra. Mira hacia atrás a la calle oscura y hacia delante al portal de su casa. Vuelve a agachar la cabeza y de sus pies no sale ninguna sombra. Maldice volver, con la frente marchita, y hacia la calle oscura desanda sus pasos. No los desando, los vuelvo a andar, piensa mientras crujen las articulaciones entumecidas. Se sumerge de nuevo en la sombra, caminando despacio esta vez. Se detiene, mete la mano bajo la gabardina y tantea con dedos insensibles en el bolsillo del pantalón. Le duelen las uñas. Saca un mechero, lo enciende y lo acerca a sus pies, agachado. Unos segundos de incertidumbre dónde estará hasta que vuelve a aparecer su sombra, angustiada y lastimera, agarrándose con fuerza a las suelas de sus zapatos para no perderse de nuevo. Regresa despacio hacia la calle iluminada, se asegura de que sigue ahí, y continúa un paso y después otro con sus múltiples sombras que van creciendo y encogiéndose a sus pies, hinchándose sin volumen para soltar después el aire, respirando, adaptándose al terreno.

lunes, 2 de abril de 2007

Insomnio

(Del lat. insomnĭum).

1. m. Vigilia, falta de sueño a la hora de dormir.

'La persistencia de la memoria' de Dalí

domingo, 1 de abril de 2007

Las cabeceras

Todo bloguero que se precie tiene algo de narcisista. Para muestra este post que me he sacado de la manga, recopilando todas las cabeceras que han pasado por aquí.

octubre de 2006, el Panteón en Roma.

Panteón

octubre de 2006, el Cenáculo de Leonardo en Milán.

Cenáculo de Leonardo

julio de 2006, secando fruta.

secando fruta

julio de 2006, reloj de sol en la ermita de l'Erola, en el Montseny, Girona.

reloj de sol

abril de 2006, porta de la passió de Subirachs, en la Sagrada Família, Barcelona.

puerta de Subirachs

marzo de 2006, baldosas diseñadas por Gaudí en el Passeig de Gràcia, Barcelona.

baldosas de Gaudí

febrero de 2006, preparando calçots en Seva, Barcelona.

fuego

enero de 2006, bosque nevado en Sta Fe del Montseny, Barcelona.

bosque nevado

enero de 2006, valle nevado en Gorgues del Freser, cerca de Núria, Girona.

valle nevado

noviembre de 2005, bosque otoñal en Sta Fe del Montseny, Barcelona.

bosque otoñal

octubre de 2005, preparando la castañada.

castañas

septiembre de 2005, racimo de tempranillo.

racimo

agosto de 2005, lluvia sobre mi terraza.

lluvia

Observaréis que la frecuencia con la que he ido cambiando la cabecera, ha disminuído de forma notable con el tiempo. Me estoy convirtiendo en un bloguero acomodado.

sábado, 31 de marzo de 2007

La portada

Un 31 de marzo de hace ahora 40 años, cuatro iconos de la música pop -y de la cultura pop en general- se juntaron en un estudio con Peter Blake, un prestigioso artista del Londres de los 60. De esa genial fusión salió la portada más emblemática, parodiada e imitada de toda la historia de la música. El encargado de inmortalizar el resultado con una cámara fue Michael Cooper, un fotógrafo que había trabajado también para los Stones.

En efecto, me estoy refiriendo a Sgt Pepper's Lonely Hearts Club Band de los Beatles. Y por si fuera poco, el vinilo que parieron fue -y es- una obra maestra.

Tradición oral

En África, cuando muere un anciano, se quema una biblioteca.

Amadou Hampâté Bâ fue poeta, escritor y el mayor recopilador de historias de la tradición oral africana.

lunes, 26 de marzo de 2007

Una noche cayeron las estrellas

El valle era una profunda herida que el agua había hollado en la montaña tras millones de años de crecidas y heladas. Una estrecha franja de prados junto al río, entre altivos espolones de piedra caliza coronados por majestuosos picos, cubiertos de nieve incluso ahora en verano. Tendidos sobre una fuerte pendiente, el verde oscuro casi negro de los pinos formaba una franja divisoria de bosque entre el verde brillante de los prados y la piedra desnuda salpicada de grises y teja. En lo más caluroso del día, el aire se saturaba del aroma perfumado de la resina, llegando hasta lo más profundo del valle, junto a las piedras del río donde se sentaba hasta que se le secara el bañador. Acostumbrado como estaba a las brumas de la costa, el azul intenso y cristalino del cielo le parecía una inmensa cúpula de porcelana.

Estaba impaciente por que anocheciera, pero ¡uf! recién había terminado de desayunar y se había precipitado corriendo al río. Si se bañaba así, muy rápido después de desayunar, no tenía que hacer la digestión. Eso le había dicho su padre. Y él se lo creía, porque su padre lo sabía todo. Sabía, por ejemplo, lanzar piedras y que rebotaran en el lago. También sabía encender la barbacoa y atar cuerdas a los árboles para lanzarse al río como Tarzán. Él gritaba como Tarzán cuando se lanzaba al agua, pero su padre lo hacía mejor. Y le había prometido que después de cenar y antes de acostarse, saldrían del pueblo hacia el bosque para ver las estrellas. Sí, irían al bosque de noche. Pero no tenía miedo porque los dos llevarían una linterna. Él también tenía una linterna. Se la habían regalado para su cumpleaños. Ya no le cabían todos los años en una mano. Además su padre sabía ir por los bosques de día y de noche.

Siempre dormían la siesta después de comer, pero ese día fue incapaz. Su padre le había dicho que aquí, en la montaña, hay más estrellas que en la ciudad. Tantas que no se pueden contar, pero él sabía contar hasta mil. Y cuando se sabe contar hasta mil lo demás es fácil, porque después de eso todo es volver a empezar. Primero dos mil, después tres mil y así hasta llegar otra vez a mil. Sabía contar hasta mil mil veces. Pero su padre decía que hay más estrellas que mil mil veces.

Se puso a contar pero al llegar a cien ya se había cansado. No se pueden contar –pensó- porque uno se cansa antes. O porque antes de terminar ya se ha hecho de día otra vez. Un día estuvo contando en voz alta. Cuando llegó a mil continuó como le habían enseñado en la escuela mil uno, mil dos, mil tres pero su padre le dijo niño cállate que vas a volvernos locos. Por eso no se pueden contar las estrellas, porque te vuelves loco.

Cansado de estar en la cama sin poder dormir, salió de su habitación, cruzó el pasillo con sigilo hasta la puerta y la abrió con cuidado. Salió al calor de la tarde y la cerró tras de sí, también sin hacer ruido. Bajó corriendo la calle hasta el lago para tirar piedras. Su padre le había enseñado cómo lanzarlas para que rebotaran por el agua, pero él las lanzaba y se hundían con un blup. En verano hace calor porque los días son más largos. Hace sol más rato y lo calienta todo. El sol es una estrella, pero se ve de día. Es la única estrella que se ve de día. El resto de estrellas son más pequeñas y se ven de noche. Dice su padre que no son más pequeñas, que se ven así porque están más lejos. Su padre también tira las piedras más lejos, por eso rebotan sin hacer blup.

El sol reverbera en la superficie del lago haciéndole achinar los ojos para ver la trayectoria de sus piedras. En la orilla opuesta está el cañizar adonde iban a coger ranas. Resbalan como una pastilla de jabón, pero no tanto como las truchas. Además, las ranas no se comen. Esta noche cenarán truchas. Su padre y él irán a pescarlas, pero su madre dice que por si acaso ella hará una tortilla(1). ¡Eh, ha rebotado! Hay que coger las piedras más planas y lisas para que reboten sobre el agua. Pero a su padre le rebotan cinco, seis y hasta diez veces. Es muy difícil contarlo, aunque él sabe contar hasta mil mil veces. Pero al final rebotan muy deprisa y es muy difícil contarlo. Nunca se sabe si ha rebotado ocho, nueve o diez veces. Hay que imaginárselo un poco.

Las noches son frías y húmedas incluso en verano. Vestidos con anorak, guantes, gorro de lana y calzados con botas de montaña, dos desiguales figuras avanzan sobre la espesa alfombra de pinaza y musgo del bosque. Las ramitas crujen bajo sus pies y la noche está poblada de sonidos desconocidos para él. Algunos sí los conoce. Ese uh, uh es un búho o una lechuza, pero hay otros sonidos de fondo. Dos haces de luz perforan la noche ante ellos. A los lados la oscuridad es total, densa, casi se puede palpar. Busca la mano de su padre, aunque no tiene miedo. El corazón late desbocado. Es una situación excepcional para él. Acostumbrado como está a acostarse recién cenado, salir al bosque por la noche, con su padre, es algo novedoso e intenso. Hay que andar por el bosque, ascendiendo entre raíces y piedras, durante media hora más o menos. Al final se terminan los árboles y se abre un gran prado alejado de las luces del pueblo. Dice su padre que desde allí se ven todas las estrellas. También dice que esta noche no saldrá la luna. Cuando la luna crece tiene forma de D, y cuando disminuye de C, al revés que las palabras. El sol no crece ni disminuye, sólo sale y se esconde.

En el tramo final la pendiente se acentúa. Hay que trepar entre rocas y raíces retorcidas que se hunden entre las grietas, quebrando la piedra. Él pasa primero y su padre le empuja desde abajo hasta que consigue trepar la última roca. Todavía agachado, se gira para ayudarle, pero el padre ya ha trepado junto a él. Se incorpora y mira hacia el prado que se extiende a sus pies, apaga la linterna y se hace el silencio. Sólo se oye la respiración acompasada y los latidos de su corazón. Y empieza a ver las lucecitas. Pequeñas lucecitas de color verde claro que parpadean en el suelo. Primero unas pocas, más tarde cientos y hasta mil mil veces. Miles y miles de lucecitas parpadeando alegremente. Pero no están en el cielo. ¿Las estrellas se han caído? Mira a su padre sorprendido, con gesto interrogante. Y su padre sonríe y le dice son luciérnagas. Por eso, porque su padre lo sabe todo, ahora él sabe que las estrellas, cuando caen al suelo, se llaman luciérnagas. Y no se pueden contar de tantas que hay. Ahora también él sonríe.



(1) Juego de palabras intraducible. En catalán, tortilla y trucha se dicen igual: truita.
Mi madre nos hacía esta broma siempre que mi padre y yo íbamos a pescar. Y menos mal, porque de lo contrario la mayoría de veces nos habríamos quedado sin cenar.

viernes, 23 de marzo de 2007

he visto cosas que vosotros no creeríais

Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais.
Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

Es hora de morir.


jueves, 22 de marzo de 2007

Juicio escaso

Hoy he perdido la mitad de mi escaso juicio en el dentista. Extraña paradoja esta en que las más juiciosas de todas deben ser sacrificadas en beneficio de la comunidad. Pero es que no son maneras. Pretendían imponer su juicio, y para ello no tuvieron ningún reparo en desplazar a empellones a las que estaban ahí tan plácidamente años ha.

Justo en estos días en que la recién estrenada primavera nos ha traído vientos gélidos, el médico me ha aconsejado no tomar bebidas calientes. Así que he llenado de agua un cazo y lo he puesto al fuego. Cuando ha empezado a hervir he descolgado una bolsita de té hasta sumergirla en el agua y he esperado unos minutos. Entre tres y cinco indica la etiqueta. Después he llenado hasta el borde una taza y la he cogido con ambas manos, acercando la nariz al borde humeante. Y así estoy desde hace un buen rato, agarrando, casi abrazando la taza para entrar en calor. Tenía las manos heladas.

Ahora, mientras escucho a Derek and the Dominos tocando un blues, me ha apetecido tomar una copa de calvados. Por desgracia el médico también me lo ha prohibido.

martes, 20 de marzo de 2007

Sobre la propaganda

No suelo escribir sobre política aquí en el blog, pero me voy a permitir una excepción.

En el actual panorama político patrio –desolador si me lo permiten- tenemos por una parte a la derecha, arengando a las masas en una estrategia de confrontación que apela a los instintos más bajos del ser humano. Esto es la bandera, la patria, la religión, el territorio, etc. mientras que por otra parte los socialistas observan con perplejidad, con una desalentadora incapacidad para responder y resolver.

El último espectáculo propagandístico de la derecha ha sido la –en palabras de don Gregorio- manifestación preventiva por la supuesta anexión de Navarra al País Vasco y posterior creación de una gran Euskalerría. Y todo ello, claro está, auspiciado por la banda terrorista ETA en connivencia con los socialistas.

No vayan a creer que esta estrategia es nueva, en absoluto.


En 1941, en una Alemania en guerra con todo el mundo, apareció este cartel propagandístico con un curioso mapa de Europa en el que los países aliados se habían repartido el territorio alemán. El título “Deutschland muss sterben” (Alemania debe morir) está escrito con una tipografía que recuerda a la escritura hebrea, con todo lo que eso implica. Los culpables de este reparto, los enemigos de la patria, eran los americanos, los ingleses, los rusos y los judíos encarnados en Roosevelt, Churchill, Stalin y Nathan Kaufman respectivamente. ¿Que quién es este tal Kaufman? Ahí entra la estrategia según la cual, si tienes una buena conclusión, debes inventarte las premisas que te lleven a ella para conseguir un silogismo redondo.

Theodore N. Kaufman era un joven propietario de una pequeña agencia de venta de entradas para teatro, en Nueva Jersey. En marzo de 1941 escribió y se autoeditó un librito de cien páginas titulado “Germany Must Perish!”. En él abogaba, entre otras cosas, por la esterilización del pueblo alemán y el desmembramiento de Alemania, repartiendo los territorios entre los estados vecinos. Este libro no tuvo ninguna repercusión en EEUU, pero en julio de ese mismo año los nazis lo descubrieron. Ahí empezó a fraguarse todo. El aparato de propaganda nazi elevó a Kaufman a la categoría de mano derecha de Roosvelt, miembro de su Consejo y a cuyo dictado el propio presidente escribía sus discursos. Goebbels –quién si no- ordenó la publicación de 5 millones de panfletos para repartirlos por todo el país, arengando de esta forma al pueblo alemán a defender la integridad de la patria.

Quizás esté exagerando mis temores, pero he visto demasiadas coincidencias con lo que ocurre en este país.

domingo, 18 de marzo de 2007

A fondo

Hubo un tiempo en el que aparecer por televisión era, más que un fin en si mismo, un medio para exponer algo. A través de la pantalla, nos llegaban a casa rostros de personajes porque eran famosos y respetados por su trabajo y no al revés, como ocurre ahora.

Guardo en mi memoria imágenes fugaces en blanco y negro, vagos recuerdos de señores desconocidos hablando de cosas incomprensibles para mí, pero –niño cállate o vete a jugar- muy interesantes para mis padres. Recuerdos de sintonías asociadas a permisos paternos, a horarios –hora de irse a la cama- y a uno –mirada de reojo- o dos –sentencia- rombos.

En ese tiempo en que la mañana y la tarde quedaban unidas por una carta de ajuste y la noche sólo ofrecía nieve, la pequeña pantalla se abrió de par en par a la cultura en un espacio de entrevistas. Conducido de manera magistral por Joaquín Soler Serrano –a menudo más protagonista que el entrevistado, pues no siempre los grandes de la cultura son grandes en su elocuencia-, por el austero plató de A fondo, ajeno a los artificios, los gritos y la mala educación que hoy nos ofrecen, pasaron primeras espadas de la literatura como Borges, Rulfo, Cortázar, Pla, Cela, Alberti o Vázquez Montalbán; músicos de la talla de Joaquín Rodrigo, Narciso Yepes o Andrés Segovia, científicos como Severo Ochoa e inclasificables como Dalí.

Este espacio estuvo abierto desde 1976 hasta 1981. Desde entonces no ha habido ningún digno heredero capaz de tomar el testigo. Siendo generoso, Mercedes Milá o Hermida se acercaron. O simplemente no ha interesado que el gran público piense o reflexione.

Por fortuna se conservan esas grabaciones y cualquiera que lo desee puede hacerse con ellas. Han sido editadas y puestas a la venta en DVD, lo que significa que también están en la red. Os dejo unos fragmentos de la entrevista a Cortázar, del año 1977.

Sobre sus recuerdos de la infancia en Barcelona.

Sobre la soledad.

Sobre lo real y lo fantástico.

Sobre las ideas.

sábado, 17 de marzo de 2007

Lecturas

Hace poco leí el Retrato de artista adolescente de James Joyce, y ya desde las primeras páginas tuve esa grata sensación que produce un libro cuando sabes que te gustará. No es sólo por su admirable –envidiable- forma de escribir, ese estilo suyo que mezcla el relato del narrador con los pensamientos del protagonista, o la sucesión de anécdotas tal como la explicaría el protagonista a un amigo. No es sólo eso.

Cuando leo una novela que me gusta, o sobretodo cuando leo una que me marca, no se trata ya de recordar la trama o lo que en ella sucede. Sobretodo creo un vínculo especial con los personajes. En muchos casos siento una identificación, una empatía con ellos; o admiración. A partir de ese momento siempre que sucede algo, que hago algo que guarda cierta similitud con ese personaje, lo recuerdo. O pienso, él o ella habría hecho esto o aquello. Se convierten en amigos y si algo me sabe mal cuando termino de leerlo, es haber perdido un amigo. Por lo menos a mí me sucede algo parecido a eso. Es una especie de abatimiento. Suele pasarme que, tras leer un libro que me cause una sensación intensa, tardo un tiempo en empezar la lectura de otro. Es parecido a una ruptura, un trance de inactividad reflexiva que no deseo que nada ni nadie interrumpa hasta que siento que ha llegado el momento de seguir.

Me gustó mucho –y me costó mucho, quizás por eso- leer Ulisses de Joyce –sí, fui yo ¿qué pasa? Lo siento como una de esas cumbres, ya no de la literatura, sino personales. El poder afirmar y afirmarme que he leído Ulisses. La intensidad psicológica de los personajes de esa novela es insuperable. Toda la novela transcurre en un solo día en la vida de Stephen Dedalus y Leopold y Molly Bloom. Qué hacen, adonde van… Qué dicen entre ellos, pero como lo diríamos entre amigos, en el sentido en que yo puedo hablar de un amigo sin mencionar su nombre. O él referirse a mí por mi nombre de pila, por mi apellido según sea el caso, por mi mote o por algún apelativo cariñoso. En la novela sobre nuestra vida leeremos palabras y códigos que sólo unos pocos comprenderán, mientras que otros necesitarán una explicación. Palabras que sabremos quien las dijo porque son características de una sola persona. A eso me refiero. Pero sobretodo, y ahí radica la genialidad de Joyce, qué piensan tal y como lo piensan. Retazos inconexos que uno mismo deberá hilvanar. Es un relato sin masticar, sin la explicación narrativa del ser que suele situarse por encima de los personajes para dar las conexiones hechas. No sé si me explico…

Cuando terminé la novela me pasé una buena temporada sin la capacidad para leer nada más. La huella que dejaron en mí los personajes fue brutal, y perderlos me dejó totalmente abatido. Quizás también exhausto por la frecuencia con que consultaba el diccionario…

Y volviendo a las primeras páginas del Retrato de artista adolescente, empecé leyendo la historia de un niño que se llama Stephen. Se suceden personajes a velocidad de vértigo, mencionándolos sin describirlos, pues eso ya lo dará el relato. Todo desde la perspectiva de un niño, al estilo del Señor Sömmer de Süskind. Hasta que el niño se presenta a un alumno mayor que él, muy bruto, con el nombre de Stephen Dedalus. Fue entonces cuando supe –si bien antes sospechaba sin siquiera pensarlo- que me gustaría. Había reencontrado al protagonista de Ulisses, pero esta vez lo iba a conocer cuando era adolescente.

Me encantan estas cosas.

Póster de la película Blow Up (1966)He recordado esto leyendo Las armas secretas de Cortázar. Hace unos quince años vi Blow Up de Antonioni casi por casualidad. De inmediato se convirtió en una de mis películas favoritas y más revisitadas. Años después supe que esa película estaba basada en un relato de Cortázar, aunque no me preocupé demasiado por averiguar qué relato. De hecho, este dato había quedado enterrado bajo unos cuantos repliegues de mi cerebro. Hasta hace unos días, cuando empiezo a leer Las babas del diablo, relato incluido en Las armas secretas, y voy percibiendo cierta familiaridad, algo de déjà vu, pero siendo consciente que no, que nunca he leído este relato. Pero sí, me doy cuenta que es el relato en el que se basó Antonioni. No es la misma historia, no tiene nada que ver la una con la otra. No son los mismos personajes, ni el mismo lugar, pero es un reflejo fugaz del original pasando ante el cristal de un escaparate. Una huella en la arena que las olas han desdibujado.

A mí estas tonterías me emocionan.

Y como colofón, el siguiente relato –El perseguidor- es un homenaje al gran, inconmensurable Charly Parker, Bird para los amigos.

Ahí el bueno de Cortázar me ha desarmado. Con él os dejo, en compañía de Bird.

miércoles, 7 de marzo de 2007

Jealous Guy

A los ojos de este Otelo, soy un Casio escondiendo el pañuelo de su Desdémona. Y a este Otelo no le hace falta ningún Yago.




Porque es lo mismo no saber pedir perdón que pedirlo demasiadas veces.

jueves, 1 de marzo de 2007

Desolación

Creo que fue un sueño lo que me llevó allí. O quizás estuve allí, no lo sé. Voy paseando por el barrio gótico, justo por la calle que forma un arco tras el ábside de la catedral. Es un paseo habitual, por eso sigo sin saber si fue un sueño. Es un limpio atardecer de invierno. Todo el día ha estado nublado, pero justo al salir de casa el espeso manto ha ido apartándose como si alguien tirara de él desde un extremo. Y como si la ciudad se descubriera dejando la manta a sus pies, un viento helado ha empezado a soplar desde el norte. Sólo han quedado unos jirones de algodón flotando en tonos violeta y rosa pálido. Durante apenas una hora un sol que se apagaba ha pintado desde abajo luz y color en ese manto de nubes.

Dejaba atrás la catedral cuando he oído una música distante pero nítida. Sonaba una triste melodía arrancada con maestría de lo que parecía ser un chelo. He recordado una lectura, creo que una entrevista a Rostropovich, donde decía que el chelo es el instrumento que más se acerca en su sonido a la voz humana. Y esa música que llegaba a mis oídos era un lamento desolador, una tristeza que encogía el corazón.

Un hilo invisible ha empezado a tirar de mí, a guiarme hacia el origen de esa música. Me he sentido atraído por ella, por saber quién era capaz de envolverme de tanta melancolía y a la par hacerme tan feliz, sólo con una melodía. Antes de meterme por ese estrecho callejón en penumbra ya sabía hacia dónde me dirigía. Los faroles todavía estaban apagados y una estrecha franja dorada por el sol coronaba la parte alta de los viejos edificios de piedra. He entrado en la plazoleta y junto a la fuente he visto a un grupo de personas formando un irregular corro. Justo en medio hay un chelo, pero nadie lo toca. Sólo se escucha el débil borboteo del agua. Todos me están mirando y mirando al chelo. Me están esperando porque soy yo quien debe tocarlo. Me acerco con paso indeciso hacia el grupo, que va abriéndose para dejarme el camino libre hacia el centro del corro. Los miro, más por ganar tiempo que por no saber qué esperan de mí. Finalmente cojo el chelo, pero no sé cómo hacerlo. No es que no sepa tocarlo, es que ni siquiera sé cómo debo cogerlo. Pero el chelo sabe y se adapta a mí, me guía. Cojo el arco para acercarlo a las cuerdas y empiezo a tocar. Primero suena extraño, nervioso y poco fluido, pero poco a poco empieza a sonar bien, mágica y maravillosamente bien.

La gente a mi alrededor se ha quedado ensimismada, ausente. Mientras toco, giro mi cabeza hacia el callejón por el que he venido y ahí, enmarcada en el arco de entrada a la plaza, ya con la luz de los faroles detrás, hay una chica vestida con una gabardina de la que sólo veo el perfil a contraluz. Está ahí quieta, escuchando. Ha llegado, igual que yo, atraída por la música. Pero se ha quedado bajo el arco de piedra.

Poco a poco, se ha ido acercando sin hacer ruido, temerosa de romper alguna nota que todavía vibrara en la quietud de la plaza. Mientras va avanzando, la luz de los faroles me permite verle la cara y veo que está llorando. Nada espasmódico, sino un bello y sereno rostro y lágrimas que le cruzan las mejillas y se pierden en sus labios.

Dejo de tocar –el chelo ha dejado de sonar- porque la pieza ha terminado y la chica se acerca a mí, me da un beso húmedo de lágrimas en la mejilla y se va deprisa por el otro callejón, justo a mi espalda.

Abandono el chelo en el suelo para seguirla, pero la gente que me rodea no me deja salir del corro que todavía forman a mi alrededor. Me empujan, me agarran y tiran de mí y cuando por fin, a empellones, logro romper el círculo ya ha desaparecido entre los callejones. Ya ha anochecido.

Y no sé si vuelve a sonar la música del chelo o soy yo que me siento desolado.

Sant Felip Neri, Barcelona


martes, 27 de febrero de 2007

Quien tiene un tesoro

Un hombre necio espera sentado tomando un café mientras fuma un cigarrillo tras otro. Ha llegado con demasiada antelación y para colmo su amigo se retrasa, como siempre. Su mirada es un metrónomo que salta desde las agujas del reloj que preside la cafetería hasta la calle, a través de la ventana, para regresar de nuevo al reloj, fruncir el ceño, y de nuevo a la calle para resoplar de forma notoria. Además ha dejado el coche mal aparcado, maldita sea piensa.

Entra un hombre de aspecto lerdo, de maneras toscas; un buen ejemplar de mostrenco. El hombre necio lo ha visto, levanta la mano y la agita para hacerse ver. Con un andar tambaleante, arrastrando los pies y tropezando con las mesas, demasiado juntas para el escaso dominio de su cuerpo, que molestas hacen vibrar los platillos y las tacitas, se acerca a la mesa de su amigo. Se saludan con fría efusividad, con rutinaria cortesía. Cuánto tiempo sin vernos, ya tenía ganas. ¿Cuánto hace, un año quizá? ¿Tanto? Qué bárbaro, cómo pasa el tiempo. Han pasado tantas cosas, etc. Se sienta y pide un café con leche. Otro café para mí.

Sobre la mesa dos tazas vacías, manchas de café y ceniza y un cenicero rebosante. Tomas mucho café, dice el amigo mostrenco. Siete u ocho cada día –que serán diez o doce, pues los excesos siempre se suelen atenuar-, me espabila y agudiza mi inteligencia –añade. Bueno, pues eso… ¿qué te cuentas? Suena un teléfono móvil. Disculpa dice mientras se levanta y se dirige hacia la puerta. Traen los cafés y mientras espera se toma el suyo con leche. Se queda mirando la calle, el trajín de camiones y furgones de transporte, hombres con carretillas cargadas yendo hacia los comercios o vacías volviendo de ellos. Se forman momentáneos atascos de circulación. Tengo el coche mal aparcado, piensa.

Regresa su amigo murmurando algo entre dientes. Se sienta malhumorado y toma un sorbo de café. Está frío exclama indignado, levantándose y gesticulando con profusión hacia el camarero, al que increpa por servirle un café frío. Vuelve a la mesa con paso arrogante. Se oyen frenéticos bocinazos desde la calle. Antes de sentarse, mira a través del cristal de la ventana y ve a un impaciente conductor al que un coche mal aparcado impide la marcha. Es su coche. Es mi coche –informa a su amigo- ¿ves? Ese de ahí, el azul. Es mi coche. Estorba. Lo tengo mal aparcado. Ahora vuelvo. Y sale de la cafetería. Cuando regresa encuentra a su amigo hablando por teléfono. Se sienta sin poder ocultar su impaciencia. Remueve ostensiblemente el azúcar de su café, haciendo ruido innecesario y salpicando la mesa. Se pone a jugar con su teléfono móvil, que comienza a emitir ruiditos impertinentes. Su amigo el mostrenco finalmente cuelga, pero él todavía tarda un rato en darse por enterado. Me tengo que ir –dice. Yo también, ya es tarde –responde.

Se levantan. Ha sido un placer volver a charlar contigo. Ya volveremos a vernos otro día ¿te parece bien? Sí, nos llamamos. Sí, está bien, ya nos llamaremos. Se estrechan la mano efusivamente, agitando de manera notoria, como si quisieran demostrar al mundo, o por lo menos a la gente que les rodea cuan buenos amigos son. Adiós. Adiós, nos vemos. Y con esta aséptica sutura en su conciencia se separan, cada un por su lado, con el orgullo que otorga el esfuerzo por haber dedicado una sensible porción de su valioso tiempo a un desconocido al que, por costumbre e irreflexión, todavía consideran amigo.

lunes, 29 de enero de 2007

Maldiçao

Quizás esta canción en la extraordinaria voz de Amalia Rodrigues os parezca triste, pero yo que venía de más abajo me he sentido reconfortado.



Ahora me tomaría una copita de Porto.

miércoles, 24 de enero de 2007

Jersey girl




And I call your name, I can't sleep at night, sha la la la la la la

domingo, 14 de enero de 2007

Play it again, Bogart

Fue el tipo duro por antonomasia del Hollywood de los años 40 y 50. Rudo, valiente, adusto, de puñetazo fácil y frío como un témpano con sus enemigos y con las mujeres. Y pese a todo, se casó con la más guapa. Quizás sea porque cuando las besaba se les doblaban las piernas. Y si no que se lo pregunten a Ingrid Bergman en Casablanca o a Audrey Hepburn en Sabrina. No fue gratuito que Woody Allen lo tuviera como ejemplo a seguir en Sueños de un seductor.

Quizás lo único que tenga en común con Bogart sea que yo también estoy comprando boletos para morir de un cáncer de garganta a los cincuenta y ocho años. Bueno, eso, que suelo ir mal afeitado, que mi mirada se ha posado en muchos fondos de vaso, que me gusta el jazz, que me pierden las mujeres, que...

Humphrey Bogart


Hoy se cumplen cincuenta años desde que sólo está entre nosotros en sus películas.

Sueño

Soy lo que sueño. Pero no soy lo que sueño porque sólo soy en sueños. Al margen de este paisaje onírico es todo tan gris que no logro encontrar la voluntad de ser.
Y sé que si en realidad fuera lo que sueño, entonces soñaría otro sueño.

viernes, 12 de enero de 2007

Inmovilismo y rutina

Si los personajes de Escher conocieran realmente la naturaleza de la escalera ¿seguirían caminando?

Si fuera uno sólo el que se detuviera, entorpecería el paso de los demás y le increparían por ello. Sería pues necesario que ese les abriera los ojos, que todos fueran conscientes de la inutilidad de su esfuerzo rutinario.

Sin embargo, una vez tuvieran conocimiento de su ingrato destino ¿se detendrían? Muchos alegarían que caminando distraen su rutina, que es caminar, y se afanarían por seguir con su estéril tarea mientras olvidaban que es en balde.

Ascending and Descending

jueves, 11 de enero de 2007

Felicidad narcotizante

La felicidad es narcotizante. Otras drogas, obtenidas por el hombre desde épocas remotas, desde el peyote hasta el diacepán, no son más que burdas aproximaciones a ese estado de elevación suprema que es la felicidad. Si esta es la época en que más drogas se toman, tanto legales como ilegales, o lo que es lo mismo, tanto las que pagan impuestos como las que no, es porque no somos felices. Vivimos en la sociedad de la infelicidad. En un estado de ansiedad permanente, que va desde miedos inoculados por nuestros propios gobernantes hasta una perpetua incertidumbre en todo cuanto sustenta nuestra estabilidad.

Existen privilegiados que tienen la fortuna de poder convivir con ella durante periodos más o menos breves de tiempo. Estos son, una vez la pierden, a los que más les costará volver a encontrarla. No les valdrá cualquier burda copia o mal sucedáneo, pues han conocido la verdadera felicidad.

Otros, sencillamente se crearán una felicidad a medida. Parecerán felices, incluso en algún momento realmente se creerán felices, pero en su fuero interno sabrán el engaño. Más nunca lo reconocerán, pues esa superficialidad es la que les da la fuerza para seguir creyéndolo.

Son estos últimos los que jamás conocerán el placer de estar solo.

Sin embargo, el problema de la verdadera felicidad es que, una vez se desvanece, queda el alma desnuda, la cruda realidad. El narcótico ha dejado de tener efecto y ese individuo no es capaz de fabricarse una falsa felicidad a medida. Es entonces cuando aparecen, como un tumor en la mente, la ansiedad y la incertidumbre. Regresan con fuerza todas esas frustraciones del pasado que habían quedado sepultadas o sencillamente aplazadas. Las dudas y los temores vuelven a tomar su horrible forma. Uno empieza a creer realmente que nada tiene sentido y que no merece la pena. Muchas de estas personas que han vivido momentos de verdadera felicidad acabarán buscando narcóticos alternativos. Algunos, los más socialmente pudorosos, irán al médico para que les recete drogas de farmacia, con prospecto explicativo y etiquetas con impuestos, que les serán ofrecidas por personas de intachable reputación enfundadas en impecables batas blancas. Otros saldrán a la calle a buscar su felicidad en forma de polvos blancos envueltos en un paquetito de papel. Algunos, los que más, se emborracharán.

Llorarán todos, pues es a la infelicidad lo mismo que el orgasmo es al placer.

miércoles, 10 de enero de 2007

La voluntad de estar solo

Estar solo es visto como algo antisocial. Me refiero a la voluntad de estar solo, de no querer relacionarse. El ser humano es en esencia un ser social. Es por ello, por la incomprensión de esa voluntad de soledad, que convierte al individuo que disfruta de ella en un ser extraño. Causa primero sorpresa, e incluso rechazo. No se comprende porque se ignora. Pocos son los que saben del placer de sentirse en íntimo contacto consigo mismo y la nada. Escuchar los propios latidos del corazón y el fluir de la sangre. Emprender viajes hacia el interior que te catapultan lejos, haciéndote perder la noción del espacio y del tiempo. Conocerse para huirse. Desaparece la realidad, que suele ser la causante de todos los problemas. Esa realidad que la gente en su mayoría evade en sociedad, algunos la evaden en soledad.

La voluntad de estar solo es vista como algo más antisocial que, por ejemplo, organizar una pelea en un bar.

jueves, 28 de diciembre de 2006

Polvo soy

Tengo un control absoluto sobre mi cuerpo y mi mente. No me refiero a ilusos maestros zen, arrogantes psicólogos o patéticas disciplinas orientales, no. Cuando digo absoluto quiero decir precisamente eso, absoluto. Mi control sobre todos y cada unos de mis miembros, órganos vitales, fluidos, células y átomos es total. Puedo dejar mi mente en blanco hasta que me den por muerto. Puedo hacer que mi pelo deje de crecer con solo proponérmelo. Intentad dejar de parpadear durante un minuto ¿no podéis verdad? Porque vosotros estáis encerrados en vuestro miserable cuerpo, sois sus esclavos. Mientras que yo soy el dueño del mío, me pertenece y puedo hacer con él cuanto me plazca, pues no lo necesito.

Puedo dejar de parpadear, sí. Dejar los párpados abiertos hasta que se seque la piel y caiga como un viejo y arrugado pergamino. Hasta que los globos oculares acaben como una pasa y quede colgando un pellejo inerte en mis órbitas. Puedo bajar mi temperatura corporal hasta que mis dedos de cristal helado se rompan al chasquearlos. Puedo disminuir mi ritmo cardíaco hasta detener mi corazón. La sangre dejará de fluir por mis venas, estancándose en un espeso coágulo canalizado por todo mi cuerpo, hasta que fragüe formando una costra. Puedo dejar mi cuerpo tendido al sol hasta secarlo y descomponerlo en pequeños fragmentos, que a su vez se desintegrarán dejando solamente polvo que se lleve el viento.

No será la primera vez que lo hago. Cuando me harto de todo, dejo que me lleve el viento. Pueden pasar días, semanas, meses o quizás años, cientos si es necesario. Hasta que llega el día que el viento empieza a soplar a favor mío y ese día, todas y cada una de la motas de polvo en que me convertí recuerdan, se agrupan, hidratan y vuelven a formar ese cuerpo que ocuparé hasta que vuelva a hartarme de él.

Así ha sido durante miles de años y así seguirá siendo.

sábado, 23 de diciembre de 2006

Feliz Navidad

En Navidad me siento triste por contraste. No es que yo esté más triste, es que toda la gente está más alegre. Y los que no lo están, que son mayoría, se comportan como auténticos hipócritas.


Tom Waits tocando Christmas Card From A Hooker In Minneapolis

lunes, 11 de diciembre de 2006

Responsabilidad

“Si las personas sólo fueran responsables de lo que hacen conscientemente, los idiotas estarían libres de cualquier culpa. Lo que pasa, querido Flajsman, es que las personas tienen la obligación de saber. Las personas son responsables de su ignorancia. La ignorancia es culpable. Y por eso no hay nada que le libre a usted de sus culpas…”

Eso lo dice Kundera, no yo, aunque en parte estoy de acuerdo con su argumentación. Estoy conforme con la responsabilidad consciente, sin embargo no acabo de ver clara mi responsabilidad inconsciente. Quizás estaría más conforme con él si dijera consecuentes, porque de vez en cuando ser un poco egoísta es bueno, incluso sano. Tener que ser responsable de todos y cada uno de nuestros actos podría llegar a ser enfermizo. Vaya, que parece que no estoy tan de acuerdo como he dicho. Me explico.

Si yo frecuento un grupo de gente y mi elocuencia –que no es el caso- causa admiración hasta el punto de enamorar a una mujer casada, no es responsabilidad mía. Aún siendo consciente de este hecho, ¿debo cambiar mi manera de comportarme? ¿Debo dejar de frecuentar al grupo? Ahora bien, si valiéndome de mi elocuencia, deliberadamente pretendo fascinar a esa mujer, entonces sí debo responsabilizarme de mis acciones. También por estar valiéndome de un engaño. Por estar interpretando un papel, ese papel que yo sé que de mí se espera.

Sin duda, también, soy responsable de mis opiniones, aunque no siempre de sus efectos. Si tengo un encendido debate sobre, por ejemplo, política y digo algo que sienta mal a mi interlocutor, no soy responsable pues se trata de un debate abierto. Él –el interlocutor- ha accedido a saber mi opinión igual que yo he accedido a conocer la suya. Si le pica que se rasque. Ahora bien, si no ha habido acuerdo previo, aunque sea tácito, entonces sí es mi deber saber qué y qué no puede hacer daño de cuanto yo diga o haga.

Muchas veces hacemos daño –y nos lo hacen- por un desajuste en las expectativas. Yo espero de ti esto y si no me lo das me decepcionas, me siento traicionado y dolido. Y viceversa. Pero demasiado a menudo las expectativas son muy personales, y pese a que las exteriorizamos –o creemos que lo hacemos- no siempre encuentran el receptor esperado.

Todo esto ha venido al caso de una serie de circunstancias que –valga la redundancia- no vienen al caso. He recordado a Kundera sencillamente porque me impactó esa afirmación. Y después he recordado a Bob Dylan.

(esto me va a quedar largo)

La década de los 60 fue una época de encendidos ideales que, para bien o para mal, ha influido a toda la generación que nos gobierna. Ahora mismo me vienen a la mente estúpidas trifulcas según las cuales si te gustaban los Beatles no te gustaban los Stones, por ejemplo. O si eras un fan de la música folk, no podía gustarte el rock. O las míticas broncas entre rockers y mods. En fin, aunque lo haya dibujado de un modo muy superficial, fue una época de contrastes.

El caso de Dylan fue paradigma de todo esto. Sus comienzos estuvieron fundamentalmente inspirados en el folclore norteamericano, sobretodo en su admirado Woody Guthrie, y sus primeros discos lo convirtieron en un icono de la música folk, imitado y copiado hasta la saciedad por Joan Baez, Donovan y otros parásitos. Y obviamente se aprovechó de ello. Su condición de icono le granjeó fama mundial y la posibilidad de hacer lo que le viniera en gana. Y ahí fue cuando provocó el cisma.

Llegó 1965 y decidió enchufar la guitarra. Es decir, abandonó el folk y se pasó al rock, sencillamente porque era lo que le pedía el cuerpo. El punto de inflexión fue su celebrado e imprescindible Highway 61 Revisited, que arrancaba con un clásico entre los clásicos, Like a Rolling Stone. Un disco que en su época causó admiración, pero también estupefacción e ira. Había traicionado al folk, a la música verdadera, según sus defensores acérrimos. Quizás sea mucho exagerar, pero en mi modesta opinión este disco sentó las bases de lo que serían en el futuro las bandas de rock. En él están todos los tópicos actuales: rebeldía e inconformismo; estridentes guitarras eléctricas con algún solo entre la segunda y tercera estrofa; una batería que va marcando un ritmo potente acompañada de un bajo… Si cogemos, por ejemplo, los dos recopilatorios de los Beatles, en el rojo –del 62 al 66- escuchamos un pop amable y limpio, mucho ye-ye-ye. Pero el azul –del 67 al 70- es, a parte de psicodélico, estridente y sucio como Highway 61 Revisited. O por ejemplo la música de Clapton en los Yardbirds o la que hizo más tarde en Cream. O los propios Yardbirds cuando Jimmy Page substituyó a Clapton. O el mismísimo Jimi Hendrix, rendido admirador de Dylan. ¿Casualidad? No lo creo.

Sin embargo, en su momento supuso una fractura. En 1966 Dylan inició una gira por el Reino Unido. Esos conciertos los estructuró en dos partes: una acústica siguiendo su estilo más conocido hasta ese momento y otra totalmente eléctrica y rock. De esos conciertos se grabaron cuatro, todos ellos en mayo: el de Sheffield, el de Manchester y dos en el Albert Hall de Londres. La Historia concentró todos los hechos de esa gira en un nombre: The Royal Albert Hall Concert, aunque el que finalmente se publicó fue el de Manchester, por ser el mejor tanto en cuanto a música como sonido.

Cuando apareció en escena, en la segunda parte del concierto, enfundado en pantalones de piel y con gafas oscuras, con toda una banda detrás de él, una sensible parte del público reaccionó de manera hostil. No fue la mayoría, pero fueron ruidosos. Sin embargo él siguió con lo que mejor sabe hacer y nos deleitó con un concierto que todavía hoy pone la piel de gallina. Poco antes del final, en el espacio entre la penúltima y la última canción, alguien del público empieza a increparle y grita “Judas!”. Dylan replica “I don’t believe you!” y continua “You’re a liar!”. Entonces se gira hacia la banda y grita “Play fucking loud!” arrancando con una de las versiones de Like a Rolling Stone más estremecedoras jamás interpretadas. En la batería, Mickey Jones parecía que quisiera destrozar los parches mientras que Dylan, encarándose al público y haciéndose altavoz con la manos gritaba un desgarrador “How does it feeeeeeeel!!”.



Y yo me pregunto ¿era Dylan responsable de defraudar unas expectativas que él había creado en un grupo de gente?

Años más tarde, Mick Jagger dijo que la mejor canción de los Rolling Stones era de Dylan. Siguen tocándola en todos sus conciertos.

viernes, 8 de diciembre de 2006

Imagina

Esa noche regresaba a casa contento y satisfecho. Era una fría noche de principios de diciembre. Las luces navideñas iluminaban las calles, casi desiertas a esa hora, y se reflejaban ondulantes en los charcos. Unas manzanas más allá se levantaba una columna de vapor desde alguna canalización defectuosa, acentuando más si cabe la sensación de frío. Esta noche helará, pensó.

Andaba con los hombros encogidos bajo su abrigo, el cuello levantado y las manos hundidas en el fondo de los bolsillos. Su mujer, colgada de su brazo derecho, se pegaba a su cuerpo en busca de calor humano. Andaba deprisa, haciendo tintinear las llaves con la mano izquierda, mientras tarareaba una melodía que le había estado rondando la cabeza durante toda la tarde. Su mujer le miró y sonrió. Habían estado todo el día en el estudio, grabando algunas maquetas para el próximo disco. De hecho, de ahí venían. Había sido una tarde provechosa. Pero John no paraba nunca, siempre estaba grabando mentalmente maquetas. Y la excelente acogida de su esperado último disco le había animado a grabar otro cuanto antes.

Iban andando por la acera opuesta a su casa. Les gustaba andar por la acera junto al parque para sentir el olor de la tierra húmeda, sobretodo cuando había llovido.

Cruzaron la calle al llegar frente al portal de su casa, el Edificio Dakota. Estaba sacando las manos de sus bolsillos cuando se acercó un chico. Lo recordó de inmediato. Esa misma mañana, al salir de casa, se había tropezado con él. El chico le había pedido por favor un autógrafo y él se lo había firmado en una vieja fotografía suya. Aparecía vestido con un traje negro y una estrecha corbata que ahora le pareció ridícula, justo de cuando los Beatles empezaban a tener éxito. Qué tío pesado –pensó-, se ha pasado todo el día aquí esperando mi regreso. Se inclinó hacia el chico, un poco molesto por su irritante insistencia, dispuesto a firmar otro autógrafo.

– ¿El señor Lennon? –preguntó el chico.

BANG
........BANG
................BANG
........................BANG
................................BANG
........................................BANG

Dos balas se incrustaron en la pared del fondo. Las otras cuatro las detuvo John con su cuerpo, que se fue desplomando lentamente a la vez que se desplomaba en el suelo uno de los más grandes mitos del S.XX.

John Lennon icon


Imagina que no murió. Imagina que todavía vive. Es fácil si lo intentas.


He encontrado este vídeo de su última actuación, que os dejo de propina. Atención a la letra, sobretodo a los que os gusta Lennon. En la estrofa donde menciona "religion" lo cambia por "immigration". Imagina que no hay inmigración. Es decir, imagina que la inmigración no fuera una necesidad. Estamos a principios de los 80 en los Estados Unidos. Lennon mete con calzador la palabra, que rompe ligeramente el ritmo de la melodía, así que intuyo que no es un simple capricho. Es curioso que veintiseis años después, esto mismo se comprenda desde la óptica de este país. Pero bueno, este tema es lo bastante jugoso como para escribir uno o varios post enteros.

miércoles, 8 de noviembre de 2006

Surrealismo y psicodelia

Antonioni es a la psicodelia de los sesenta lo que Buñuel al surrealismo de los años veinte. Y ahí debería añadir un “he dicho”. Quizás peque de categórico con esta afirmación, pero valga como excusa que soy un mero aficionado al cine, en absoluto experto, y esta no es más que una apreciación personal. También quiero dejar claro que no es mi intención poner al mismo nivel a ambos realizadores. Al italiano –por cierto nacido en Ferrara, preciosa población italiana de la que hablaré en otra ocasión- le reconozco alguna buena película y una obra maestra: Blow Up. Mientras que el gran Buñuel cuenta en su haber una buena ristra de obras maestras de culto. Así pues, para descategorizar un poco mis palabras, matizaré. El Antonioni de Blow Up o Zabriskie Point es a la psicodelia de los sesenta lo que el Buñuel de Un Chien Andalou al surrealismo de la década de los veinte. He dicho.

Y para poner un poco de luz y movimiento a mis palabras, aquí os dejo con un par de regalitos. El primero es la totalidad de la obra maestra del surrealismo, concebida en 1928 por dos genios: el mismo Buñuel y el excéntrico Salvador Dalí. Valga como anécdota escabrosa que el protagonista de este corto, Pierre Batcheff, así como su compañera de reparto Simone Mareuil se suicidaron.


En cuanto al segundo vídeo, os diré que es un fragmento Zabriskie Point de Michelangelo Antonioni, del año 1970 y probablemente fruto del abuso de los psicotrópicos. Esta escena en cuestión está acompañada de la música de Pink Floyd, con el tema Come In #51, Your Time Is Up, una recreación de Careful With That Axe, Eugene, publicada en formato single en 1968 y posteriormente incluida en el álbum Ummagumma en su versión en directo.

Cada vez que la veo me entran unas ganas insalvables de tomar drogas.

viernes, 3 de noviembre de 2006

El espíritu

A esa hora de la mañana, cuando el único nexo de unión con la realidad es la taza de café a la que me agarro con cierta angustia, temeroso de caer en una espiral hacia un sueño profundo del que apenas acabo de salir. A esa hora –digo-, las conversaciones en la barra del bar son lejanas letanías y las voces llegan en sordina a mi cabeza, que lenta y trabajosamente las procesa. La vida es una cortina sonora en la que se mezcla el vapor de la cafetera, el repiqueteo de los platillos contra las tazas, las cucharillas removiendo el azúcar en los cafés, las sillas arrastradas por el suelo, saludos más o menos efusivos, teléfonos móviles sonando… Y en el fondo de esa banda sonora matutina el televisor atronando noticias, de las que voy captando sólo algunos jirones.

Es en este momento cuando mi mano se crispa y deja caer la cucharilla sobre el platillo. Oigo –me parece oír- que la Fiscalía Anticorrupción y el mismísimo juez Garzón –sí, el que solicitó la extradición de Pinochet- están investigando al Espíritu Santo, al que le han bloqueado cuentas por valor de 1500 millones de euros. Y ahí mi imaginación empieza a volar a ritmo frenético. Cojoño –pienso-, los tiene bien puestos el Garzón este. Con la iglesia hemos topao, aunque… yo creía que los únicos intereses del Espíritu Santo eran las almas, pero ya veo que no. Me hubiera podido esperar que lo investigaran por estafa o fraude, aunque no fiscal. De todos modos ¿en calidad de qué lo están investigando? Porque persona física o jurídica no es. ¿Acaso como ente espiritual? ¿Tiene algún responsable civil subsidiario? Vaya, que investigarlo a él por fraude fiscal me suena como investigar a los tres Reyes Magos por proclamar la república. Y a todo esto ¿se ha pronunciado la Conferencia Episcopal? Porque deben estar echando chispas y maquinando una reedición del coco ese del contubernio judeo-masónico. Como poco habrán excomulgado al juez. Por no mencionar a B-XVI, que ya estará maquinando recuperar de las tinieblas a la Santa Inquisición, de la que fue prefecto aunque bajo el eufemismo de Congregación de la Doctrina de la Fe. En fin, que me he quedado petrificado con la noticia. Pero sólo hasta que han dicho –ya me extrañaba a mí- que eso del Espíritu Santo es un banco portugués.

Total, que me he repuesto de la impresión, he terminado mi café y he salido a la fría mañana.

... papel y tijera

Aquí os dejo con una muestra de la obra en papel del arquitecto danés Peter Callesen. Su interés por pasar del plano al volumen lo llevó a trabajar con un simple papel A4 y unas tijeras, creando estas maravillosas obras.


Looking back, 2006 de Peter Callesen


sábado, 21 de octubre de 2006

Paradero desconocido

Esta pequeña obra maestra –escrita por la periodista y profesora universitaria Kressmann Taylor- se publicó en 1938, en plena efervescencia del fascismo en Europa, y particularmente del nazismo en Alemania. Un año más tarde, una reseña del suplemento literario del New York Times citaba “Esta hitoria es la perfección misma. Es la denuncia más rotunda del nazismo que haya aparecido jamás”.

Intentemos ponernos en situación. La Segunda Guerra Mundial estalló en 1939, y la intervención estadounidense en Europa fue posterior. Sin embargo, la novela fue publicada en los EEUU un año antes del inicio del conflicto. Con esto quiero hacer patente que, si bien se sabía del nazismo, en esa época no se conocían en absoluto las atroces consecuencias que produjo, y que de todos son conocidas hoy en día. Este pequeño detalle le da a esta obra un plus de clarividencia que no tienen, en modo alguno, obras posteriores. Estamos ante un relato en el que el autor sabía lo que estaba pasando. Y no sólo lo condenaba, sinó que le asustaba. Y pese a esta condena y denuncia del nazismo, tristemente sabemos todos lo que luego sucedió.

La obra en sí está estructurada en modo de misivas entre dos amigos y socios en el mercado de obras de arte. Por un lado tenemos a Max Eisenstein, un judío estadounidense. Por el otro a Martin Schulse, un alemán, ambos afincados en California hasta que, en 1932, Martin decide regresar a Alemania. Es a partir de este momento cuando empieza el intercambio de cartas, y en él se empiezan a descubrir, primero en forma de pequeños detalles, más tarde con terribles evidencias, los profundos cambios que está experimentando la sociedad alemana. La locura colectiva de todo un pueblo se refleja en estas cartas, hasta el punto en que Martin llega a renegar de su amigo por su condición de judío.

Bien. Este pequeño librito aterrizó en mis manos hace unos cinco años, coincidiendo con una reedición de la obra. La engullí en apenas una tarde y me dejó en un penoso estado de abatimiento. Es brillante, sí, pero también dura y triste. Y esta misma tarde he visto que su texto ha sido adaptado –en catalán- para el teatro y que las representaciones, aquí en Barcelona, empezaron hace escasos días. En fin, que he comprado mi entrada para esta noche. Seguro que será una agradable y triste velada.

jueves, 19 de octubre de 2006

Melancolía

Cada estado de ánimo tiene su música, como en una banda sonora vital, que suele ser distinta en cada persona. En mi caso, cuando la melancolía o tristeza me embarga, recurro siempre a Bill Evans. Me refiero, obviamente, al Bill Evan pianista.

Este músico, de una sofisticación armónica sobrecogedora, arrebatadoramente lírico e inconfundible desde las primeras notas arrancadas a su piano, empezó su carrera a finales de los 50. Fue precisamente en el 59 cuando participó junto al grandioso Miles Davis en Kind of Blue, indiscutiblemente el disco de jazz más influyente de todos los tiempos. Y en mi modesta opinión el mejor, todavía no superado.

Pero tras esta experiencia decidió formar su propio grupo, un trío. ¡Qué digo un trío! El trío. El mejor trío de jazz que jamás haya pisado un escenario. Él al piano y a su vera Scott Lafaro subliminando el bajo y Paul Motian marcando un precioso ritmo a la batería.

Con estos mimbres sin duda había que hacer algo grande. Y vaya si lo hizo. El 25 de junio de 1961 se juntaron los tres en las sesiones del Village Vanguard. De esa noche quedó una grabación asombrosa, brillante, única. Abrió el camino a las pequeñas formaciones de jazz, y lo hizo a lo grande. Es un disco melancólico, sí, pero hace sonreír por su virtuosismo y belleza. Y también puede provocar alguna lágrima o profundo suspiro. Lo que no provoca es indiferencia.

Y como mi actual estado de ánimo casa con esta música, aquí os la dejo para vuestro deleite. Bill Evans tocando Waltz for Debby en el Village Vanguard.





Algunas anécdotas al respecto.

De esta actuación se publicó Sunday at the Village Vanguard. Años más tarde, y debido a la aureola mítica adquirida, se publicaron el resto de temas en otro disco: Waltz for Debby.

El Village Vanguard era un local al que se iba a escuchar música mientras se tomaba una copa sentado en un mesilla redonda. En la grabación se oye el tintineo del hielo en esas copas.

El bajista Scott LaFaro murió en un accidente de coche, tan solo diez días después de la grabación. Bill Evans tardó un poco más, pero las drogas se lo llevaron a los 51 años.

Oxímoron

(Del gr. ὀξύμωρον).
1. m. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.

¿Arrebato último?

Nunca concebí este espacio como un substituto de mi libreta y bolígrafo, pese a que durante un breve periodo de tiempo llegó a serlo. Ignoro si fue porque decidí abrir mis entrañas al mundo o porque de todo cuanto yo era nada tenía que ocultarme. La cuestión es que las circunstancias cambian, la gente sabe y llega un momento en que uno se siente condicionado. Ya no me siento libre en este lugar. Me siento observado y juzgado.

Hace tiempo que arrebatos dejó de hacer honor a su nombre. Quizás abra un nuevo blog, esta vez anónimo. Quizás me limite a escribir como antaño, en mi libreta, todo eso que duele. Lo que está claro es que aquí me siento incómodo, y no me gusta. No descarto añadir alguna que otra ficción, o alguna anécdota, pero no volveré a desnudarme.

Parece que esté matando a arrebatos, pero nada más lejos de la realidad. La realidad es que arrebatos murió hace ya algún tiempo.


Os dejo con Miles Davis. No se me ocurre mejor forma de acabar con esto.

miércoles, 11 de octubre de 2006

Arrebatos foráneos: Jeff Buckley


Lover, you should've come over
Jeff Buckley

martes, 10 de octubre de 2006

Arrebatos foráneos

Bravo, permíteme aplaudir
por tu forma de herir mis sentimientos.
Bravo, te vuelvo a repetir,
por tus falsos e infames juramentos.
Todo aquello que te di
en nuestra intimidad, tan bello,
quien me iba a decir
que lo habrías de volcar en sufrimiento?

Te odio tanto,
que yo mismo me espanto
de mi forma de odiar.
Deseo
que después de que mueras,
no haya para ti un lugar.
El infierno es un cielo
comparado con tu alma,
y que Dios me perdone,
por desear que ni muerta tengas calma.

Te odio tanto,
que yo mismo me espanto
de mi forma de odiar.
Deseo
que después de que mueras,
no haya para ti un lugar.
El infierno es un cielo
comparado con tu alma,
y que Dios me perdone,
por desear que ni muerta
ni muerta tengas calma.

Bravo, permíteme aplaudir
por tu forma de herir
mis sentimientos.


Luis Demetrio


Esta es la letra de Bravo, canción que, cantada por Nacho Vegas, aparece en El tiempo de las cerezas, disco publicado conjuntamente con Enrique Bunbury.

martes, 26 de septiembre de 2006

Olvido

La verdad, todo esto me resulta muy embarazoso. No sé cómo ha podido ocurrir una cosa así. Qué digo cómo ha podido ocurrir, no. Lo correcto es cómo ha podido ocurrirme. Porque si existe un culpable ese, sin duda, soy yo.

De antemano sé que excusarme –escudarme- en mi mala memoria es muy fácil. Pero ¡cojoño*! Es cierto. Ni siquiera pensé en ello. No me estoy refiriendo a un simple olvido, no. Es que no pensé en ello. En mi propio descargo puedo esgrimir que es la primera vez –y la última, espero- que me ocurre esto. Ciertamente es así, pues jamás me había pasado por alto. Pese a que suele aparecer con sigilo, sin apenas dejar percibir su presencia en el ambiente. A pesar de su tendencia a hacerse notorio más avanzada la estación, nunca hasta ahora había olvidado la entrada del otoño.

Llegó este viernes pasado, lo supe ayer. Quizás fue la resaca o, tal vez, que debo estar envejeciendo a pasos agigantados…




*Cojoño: (de cojones y coño) Interjección políticamente correcta para expresar diversos estados de ánimo, especialmente extrañeza o enfado.

viernes, 22 de septiembre de 2006

La habitación de hotel

Introdujo la llave en la cerradura, la giró y empujó la puerta hacia adentro. Una vez en el interior, la cerró de un manotazo sin ni siquiera darse la vuelta. La tenue luz que entraba a través de la ventana le facilitó la tarea de encontrar el interruptor. Pulsó uno y se encendió la luz del baño, junto a la entrada. Pulsó el otro y se iluminó la habitación.

Una rápida ojeada le permitió familiarizarse con el espacio y le confirmó la decadencia del lugar. Sin duda había sido un hotel elegante, pero eso había sido hace más de cinco décadas y todo apuntaba a que el tiempo se había detenido ahí, a la par que el interés de los dueños por tapar con pintura las manchas de la pared y cambiar los muebles desvencijados y la moqueta raída. Dejó la maleta en el suelo, se acercó a la ventana de doble hoja cruzando la habitación y la abrió de par en par para fumarse un cigarrillo sentado en el alféizar.

Mientras se aflojaba el nudo de la corbata pensó en la estupenda mujer con la que había compartido ascensor hasta la tercera planta, en la que ambos se habían bajado. La ondulante melena castaña que lucía no le había impedido observar unos hermosos ojos de color miel. Todavía no tendría los treinta años, pensó. No se habían cruzado una sola palabra durante el breve trayecto y sólo, cuando ella se quedó frente a la 303 y él pasó por detrás suyo hasta la 305, que era la habitación contigua, había murmurado un buenas noches que no había tenido eco en la hermosa desconocida. Recordar el movimiento de sus nalgas bajo la tensa tela de la falda le produjo un hormigueo entre las piernas que se tradujo en leve erección. Llevo demasiado tiempo de perversión onanista, pensó. Luego apagó el cigarrillo en el alféizar y lo lanzó hacia la calle desierta.

De regreso de sus ensoñaciones libidinosas, echó un nuevo vistazo a la habitación, ahora más detallado y desde el otro extremo. En primer plano la cama, hundida la parte central, ocupaba una cuarta parte de la estancia. Más allá, pegado a la pared del baño, un armario de espejo. Y entre este y la cama, una puerta que le había pasado inadvertida al entrar.

Sintió tensarse todos los músculos. Esa puerta comunicaba directamente su habitación con la de la mujer. Esta certeza aceleró su imaginación. Se descubrió a si mismo pensando en qué estaría haciendo ahora ella. Quizás se estaría desnudando para meterse en la cama. No –descartó- seguro que primero ha deshecho la maleta y lo ha colocado todo ordenadamente en el armario. Contuvo la respiración para captar cualquier sonido que llegara desde la habitación contigua y delatara su actividad. Un roce de tela. Un zapato que cae al suelo. Pero no pudo oír más el rumor de los coches que atravesaban la calle en ambos sentidos. Cerró la ventana, se descalzó y se acercó sigilosamente a la puerta. Estuvo ahí un minuto quizás, aunque le pareció una eternidad. Pero no supo identificar ningún sonido.

Se le ocurrió probar si estaba cerrada con llave, aunque lo descartó al instante. ¿Cómo iba a hacer eso? Es decir, ¿cómo mover la manija de la puerta sin que la vecina se diera cuenta? Y si no estaba cerrada con llave ¿qué? ¿Abriría la puerta de par en par quizás? La sola idea ya lo excitó. Se vio a si mismo abriendo la puerta de golpe para encontrase a una mujer semidesnuda. Entonces ella gritaría y se intentaría cubrir primero con las manos, para agarrar después un extremo de la sábana y tirar fuertemente… No. La realidad sería muy distinta. Había visto tantas películas de Bogart que ya se imaginaba a si mismo con gabardina y el cigarrillo colgando de los labios. Lo más probable es que abriera la puerta y se quedara con cara de imbécil sin saber que decir ni hacer. Entonces volvería a cerrar la puerta y, como mucho, sería capaz de balbucear cualquier disculpa. O sencillamente la puerta estaría cerrada y ella, alertada por su tentativa, avisaría a la recepción, que mandaría a un vigilante de seguridad para invitarle a abandonar el hotel.

Fue entonces cuando vio que la puerta tenía una de esas viejas cerraduras con un orificio del tamaño de la uña del dedo meñique. Ese descubrimiento despertó al voyeur que siempre llevó dentro. Se imaginó a la mujer desnudándose frente a la puerta, completamente ajena al ojo que la observaba. Inmediatamente se reprendió a si mismo. Ya no por esa enferma violación de la intimidad de una mujer, sino también por su estúpido conformismo. Por una parte, su educación estrictamente católica había calado muy hondo en su ética y, si bien no la cumplía demasiado a rajatabla, sí que tenía frecuentes cargos de conciencia. Por otra parte, lamentaba no haber sido capaz de entablar una amable conversación con ella en el ascensor. Iba a pasarse tres días en ese hotel. Si ella no estaba de paso podría haber conseguido algo más que eso, que contentarse con verla a hurtadillas.

Apagó la luz de su habitación y vio que, a través del ojo de la cerradura, entraba la luz de la otra habitación. Sigue despierta, pensó. Se acercaba a la puerta cuando se apagó la luz en la otra habitación. Masculló una maldición y fue a encenderse otro cigarrillo. El primero que sacó de la cajetilla se le cayó. Le temblaban las manos. Apenas pudo acertar a encender el segundo. Dio un par de rápidas caladas y vio que volvía a entrar luz a través de la cerradura. Dio unas caladas más, aplastó el cigarrillo en el cenicero y se acercó de nuevo a la puerta. Dudaba. Sentía escalofríos y un estremecimiento le recorrió la espalda como si una pluma le hubiera rozado el espinazo. Se quedó parado junto a la pared. La luz en la otra habitación volvía a estar apagada. Se arrodilló y avanzó así hasta la puerta, procurando no hacer el más leve ruido. Procurando respirar lo menos posible. Ahora tenía el ojo de la cerradura a la altura de los suyos. Sólo faltaba ponerse frente a la puerta y mirar.

Se giró rápidamente, ajustó su ojo a la cerradura, miró y vio justo como, al otro lado, un hermoso ojo de color miel se separaba bruscamente de la puerta.

martes, 19 de septiembre de 2006

Ladrillos

La primera vez había sido un grave error. Ese imbécil realmente le había hecho creer que la quería. Pero todo se torció cuando se quedó embarazada y él se largó. Así que no había tenido otra opción que esa. Sin embargo, esta vez había sido un descuido. Imperdonable, eso sí, pero un descuido al fin y al cabo. No podía culpar a nadie más que a ella misma. Las circunstancias que la habían conducido a esto eran distintas, pero la solución al problema, tanto ayer como ahora, la tenía que afrontar ella sola. Estas cosas no cambian, reflexionó mientras descendía por la empinada escalera del sótano, apoyándose en la barandilla y entre espasmos de dolor por las ya cada vez más frecuentes contracciones.

Durante las últimas semanas lo había preparado todo. La cama seguía ahí desde la última vez. Disponía de toallas limpias, agua caliente, tijeras, gasas, etc. Así como de ladrillos macizos, cemento de secado rápido, arena y agua para la mezcla, una paleta y una plomada.

Quizás a algún vecino le pareció oír el sonido, amortiguado por las muchas paredes y puertas cerradas, del llanto de un bebé. Pero fue tan débil y tan breve que a los pocos segundos pensó que se habría confundido. Horas después lo había borrado por completo de su mente.

Era una mujer fuerte que siempre había tenido las cosas muy claras. Un tercer hijo me complicaría demasiado la vida –se convenció a sí misma mientras colocaba un ladrillo sobre otro, añadía otra capa de cemento y colocaba un nuevo ladrillo sobre el cada vez más alto tabique junto a la pared. Esa otra pared que, inspirada en un cuento de Edgar Alan Poe, había levantado dos años antes y del mismo modo que ahora, a escasos veinte centímetros de la pared principal. Lo justo para ocultar de las miradas entrometidas un pequeño cuerpo al que se le había aplicado un aborto post parto.


Y es que en algunas -muy pocas- ocasiones, la ficción supera a la realidad.

viernes, 8 de septiembre de 2006

Tumbando mitos

A lo largo y ancho de la historia, los poderosos se han valido de mil y un ingenios para mantenerse en el poder. Hay y ha habido desde chaqueteros hasta ajustes en la historia, como esas célebres fotografías soviéticas, en plena guerra fría, de las que iban desapareciendo los distintos personajes que, por un motivo u otro, caían en desgracia.

Algo que hoy en día nos tomamos con cierta sorna, e incluso sentimos vergüenza ajena por ello, es la facilidad con que los estadounidenses se sacan héroes de la manga. Pero no olvidemos que es un país joven y que no están haciendo nada que otros países no hayamos hecho antes.

Toda esta tradición viene ya de la Grecia y Roma clásicas. ¿Qué hicieron los dioses sino eso? Primero fueron chaqueteros, pues de llamarse Zeus, Deméter, Dionisios o Eros en la época de esplendor griego, pasaron a llamarse Júpiter, Ceres, Baco o Cupido para los romanos. Y todo por mantenerse en el poder. Y cómo no, también se inventaron mitos y leyendas para ocultar la triste, y en ocasiones vulgar, realidad. Al fin y al cabo, por muy dioses que fueran, se comportaban como unos viciosos y depravados, tan corruptos como cualquier cacique de tres al cuarto que ostente el poder absoluto.

Uno de estos mitos fue el de Proserpina (que en su época griega se llamó Perséfone), hija de Júpiter y de Ceres, que se inventó un secuestro a manos de Plutón. Pero en realidad no fue así.

Proserpina era una chica de virtud laxa y muy alocada, para tormento de sus padres que ya no sabían que hacer con ella, pues en esa época todavía no había internados en Suiza. Para colmo era amiga íntima de Venus, que como buena diosa del amor que era, se pasaba el día liando entuertos entre este y aquél, dejando a su paso un desolador rastro de promiscuidad. Y pasó lo que tenía que pasar. Un día apareció por ahí Plutón, que era un morenazo de pelo largo, musculoso y muy ardiente (no en vano era el dios de los infiernos). Una especie de latin lover, vaya. Y ella se rindió a sus encantos. Pero tanto se rindió que se pasaron eones fornicando, hasta que ella se quedó embarazada. Como un casamiento con Plutón no estaba bien visto por su padre, pero mucho menos por su madre Ceres, que era la diosa de la primavera, planearon escaparse. Hoy en día esto de simular un secuestro por amor es algo que ya tenemos muy oído, pero en realidad nos hallamos ante unos pioneros en la materia.

Del disgusto morrocotudo que se llevó su madre surgió el invierno, es decir que les debemos a Proserpina y Plutón el poder ir a esquiar. Sin embargo su padre Júpiter, que de tonto no tenía un pelo, se enteró de la intriga y en un arrebato de furia los convirtió en estatua de mármol.

Actualmente ambos están expuestos en la Galleria Borghese, para mayor escarnio público, y son popular y erróneamente atribuidos al genial escultor, pintor y arquitecto Bernini. Pero es obvio que tanta perfección y belleza no puede haber nacido de la mano de un mortal.

Detalle de 'El Rapto de Proserpina' de Bernini


martes, 5 de septiembre de 2006

Cronos

Una fría noche de enero, caminando de vuelta a casa, me tropecé con un viejo caído en el suelo. Yacía con los miembros doblegados de manera anómala, en una extraña postura a todas luces incómoda. Me acerqué y le dije algo, no recuerdo qué, pero no obtuve respuesta. Le tomé una mano que de tan gélida casi me quemó la mía. Más que frío, parecía que me estaba quitando a mí el calor. No le encontré el pulso. Sin embargo me fijé en que llevaba un hermoso reloj de oro, así que se lo quité de su muñeca, pensando que ya no lo iba a necesitar más. Vi que estaba detenido a las siete –de la tarde, pensé- y le di cuerda. Fue entonces cuando el viejo se levantó y, con lágrimas en los ojos y un torrente de palabras entrecortadas por la emoción me dio las gracias por mi gesto. Le di su reloj y se lo ajustó en su muñeca mientras musitaba algo acerca de su mala memoria, que cómo podía haberse olvidado de darle cuerda.

Es desde esa noche que no llevo nunca reloj.

viernes, 1 de septiembre de 2006

Deseo

!


– ¿Cuanto hace que no te pones la mini tejana?
– Mmmm…
– Tengo ganas de arrinconarte en cualquier portal, alguna noche volviendo a casa, y hacer desaparecer mis manos bajo tu falda, los dedos entre tu piel y tus bragas y dejarlos vagar por ahí hasta sentirlos mojados por tu deseo.
– Pffffff… Voy a buscarla.

miércoles, 23 de agosto de 2006

Puntualidad relativa

Paul Auster nos cuenta, con la voz de Auggie y en forma de cuento de Navidad, como éste consiguió, por fruto del azar y de manera un tanto ilícita, una cámara fotográfica –de las buenas, nos aclara él- y el uso que ha hecho de ella desde ese momento: cada día, laborable o festivo, a las ocho en punto de la mañana, ya haga sol, llueva o nieve, Augustus Wren planta la cámara en la esquina frente a su tienda de tabacos y saca una foto. Cada día. A esa hora en punto.

Cada día, invariablemente y con una puntualidad británica, me despierto a una hora distinta y todavía más distinta es la hora a la que me levanto. Cada día, sin excepción, voy a la ducha antes que nada, mientras que ella se queda durmiendo –un ratito más, por favor- en la cama. O desayuno antes y es ella la que se ducha primero. O desayuno y ella se queda en la cama –un ratito más, por favor- durmiendo. O desayuno después de ducharme, mientras es ella la que se ducha. O no desayuno. Incluso en alguna ocasión ha sido ella la primera en levantarse para ir a la ducha, mientras que yo –un ratito más, por favor- me quedaba durmiendo en la cama. Porque cada noche, invariablemente y con la exactitud de un reloj suizo, nos acostamos a una hora distinta. Siempre, eso sí, mañana. Y eso teniendo en cuenta que nuestra hora de la cena no cambia nunca. Es a las nueve y media, o a las doce, o a las once menos cuarto, o a las diez y veinte, o… Eso sí, siempre cenamos a la hora de la cena.

El resultado de esto es mi ancestral puntualidad al trabajo. Siempre, invariablemente, sin distinción de días soleados, nublados o lluviosos, llego tarde. Como está claro que llegar puntual al trabajo no me motiva lo suficiente como para cambiar mis ordenados hábitos de conducta, he pensado que quizás podría hacer como Auggie y empezar a tomar fotografías, una a las ocho, otra a las nueve y media, otra a las siete (antes de acostarme), otra a las once, otra…