viernes, 27 de junio de 2008
jueves, 26 de junio de 2008
Día y noche
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lunes, 23 de junio de 2008
Las noches del Grec
Es irregular, quizás, porque sirve de ensayo general para algunas de las propuestas que se programarán durante la temporada de teatro, al final del verano. Debido a esto, en la edición pasada fue inevitable tropezar con el “Conte d’hivern” de Shakespeare, en la bochornosa versión –siendo generosos– de Ferran Madico, o el “Fedra” de Eurípides que, pese a la elegante puesta en escena, fue conducido al desastre de la mano de Ana Belén y el impresentable de Fran Perea. Sin embargo nos dejó noches memorables (me he emocionado al releerlo), de esas que no se olvidan por muchos años que pasen, porque en escena aparecen dos monstruos como Chucho y Bebo Valdés.
Espero, eso sí, que los problemas de sonido de los que hizo gala en todas y cada una de las representaciones, este año estén resueltos. Porque este año hay cosas que prometen. Así, en un primer vistazo, me han parecido interesantes “El ángel exterminador” de Buñuel en la dirección de Joan Ollé; “El rey Lear” de Shakespeare dirigido por Oriol Broggi; “Las troyanas” de Eurípides que en esta ocasión, quizás para corregir la ofensa del año pasado, la dirigirá Mario Gas; y “Su seguro servidor” de Orson Welles, dirigido por Esteve Riambau e interpretado –solvencia contrastada– por Josep Mª Pou. Y lo más importante: en ninguna de estas propuestas aparece Fran Perea jugando a ser actor.
Esto en cuanto a teatro, porque mirando la programación musical he visto dos joyitas, ambas con el Teatre Grec como telón de fondo. El día 29 de julio, acompañada por un cuarteto de cuerda, Mísia vendrá a deleitarnos con sus fados. Y cuatro días más tarde, el 2 de agosto, toda la Orquesta Sinfónica y Coro del Gran Teatre del Liceu, con Maite Alberola en la voz soprano, nos ofrecerán el siempre estremecedor Réquiem de Mozart.
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domingo, 22 de junio de 2008
Cosas que contar
en alguna ocasión sobre arquitectura,
mucho sobre mujeres,
y también mucho sobre música.
Algunas veces me he recreado con la gastronomía,
he contado algunas anécdotas,
y algunos golpes que da la vida.
También he hablado de historia,
de lo poco que sé de economía,
de literatura,
pintura,
publicidad,
o medios de comunicación.
He explicado tradiciones,
lo mucho que me gusta la montaña,
o la lluvia,
y observar la vida en la calle.
Pero sobre fútbol no he hablado apenas. Por eso, porque estamos en plena Eurocopa, y porque esta noche nuestra selección se enfrenta a la selección de Italia y a la maldición del 22 de junio, quería hablar sobre fútbol. Pero la verdad es que no se me ocurre qué contar.
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sábado, 21 de junio de 2008
¡Qué calor!
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viernes, 20 de junio de 2008
Modorra
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jueves, 19 de junio de 2008
Los primeros calores
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domingo, 15 de junio de 2008
Palabras
Fanático de la palabra cosa, con el tiempo voy a acabar desconcertado por un devastador, conservacionista, convencimiento de que a medida de que ha ido creciendo el número de libros publicados, ha disminuido, en todos los países, en todos los vocabularios de todas las lenguas, el número de palabras.
Los príncipes valientes
Javier Pérez Andújar
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viernes, 13 de junio de 2008
Referentes
(sugerencia de consumo)
Pride And Joy de Stevie Ray Vaughan
y de propina Texas Flood
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jueves, 12 de junio de 2008
Barcelona
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lunes, 9 de junio de 2008
Rutinas
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lunes, 26 de mayo de 2008
Mi nueva posición
En esta nueva posición hasta el vino me sabe mejor.
Edito a las intempestivas y tempestuosas 2:09 de la madrugada para sugerir una sugerencia de consumo sugerida (gracias) por emejota.
Nuages (Nubes) de Claude Debussy
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miércoles, 21 de mayo de 2008
Que viene el coco
(sugerencia de consumo)
Lie to Me del coco Tom Waits
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domingo, 18 de mayo de 2008
Cuerpo a cuerpo
Lowdown de Tom Waits (del triple "Orphans")
Y entonces Claudia tiró de él, escaleras arriba, apenas iluminadas. Se detuvo en el descansillo y se pegó a su cuerpo, ofreciéndole los pechos a su mirada. Luís la rodeó con sus brazos, con fuerza. “Tócame el culo” le pidió ella, guiándole una mano bajo su falda, mientras susurraba con voz ronca un te tengo ganas. Él le tiró del pelo, acercando su boca a la suya, comiéndola ansioso, buscándose las lenguas en una danza frenética y salvaje. Claudia se apartó de golpe, empujando con violencia, y subió un par de escalones. Frente a él, con las piernas separadas, se rió. “Me deseas ¿verdad?”. Se metió las manos bajo la falda, pasó sus pulgares por la goma de sus braguitas y las bajó de un tirón hasta los tobillos. Liberó el pie derecho y con la punta del izquierdo se las lanzó. “Cógeme”, le retó, y corrió escaleras arriba, riendo, mostrándole las nalgas desnudas a Luís, que la seguía a escasa distancia.
Se precipitó en casa como descorchada; él se coló detrás. La cogió por la cintura y la cargó sobre su hombro. Claudia no paraba de reír, de gritar a cada palmada recibida en sus nalgas. La lanzó sobre la cama y se montó encima de ella, con las rodillas sobre el colchón. Desde su posición dominante le abrió de un tirón la camisa y se precipitó sobre sus pechos, demorado en círculos concéntricos, mordiéndolos y amasándolos como si quisiera moldearlos. Claudia le tiró del pelo hasta que se encontraron los labios, besándose y mordiéndose. Una lucha cuerpo a cuerpo, un forcejeo de brazos y piernas rodeándose, atrayéndose, desnudándose y Luís quedó sobre ella, inmovilizándola con su peso. Le separó con brusquedad las piernas ante la inútil y fingida resistencia de ella y la penetró en un solo empujón, quedándose dentro, gozándola. Claudia lo rodeó con las piernas, embistiendo con sus riñones, deshaciéndose en placer y dolor, entre gemidos y gritos. Luís se enredaba los dedos en sus rizos, le mordía el cuello, las orejas, los labios. Ella se ataba a su cuerpo, colgada de su cuello, encajada bajo su peso y sus embestidas cada vez más frenéticas. Recibió todo su deseo desbocado como espuma de champán, para tumbarlo de espaldas y cabalgarlo a horcajadas, tomando posesión de su cuerpo, su pelo sobre la cara de Luís, hasta sentir el origen de una descarga que arrancó de lo más hondo, que se extendió por todo su cuerpo, para temblar y gemir y gritar entre espasmos; una agonía que no terminaba nunca para al fin desplomarse sobre él y dejarse caer resbalando hacia un lado.
Tras la batalla los cuerpos derrotados yacían desnudos sobre la cama, en la calma de la noche de verano, todavía con la respiración agitada. El balcón entreabierto derramaba la pálida luz de una luna llena en la habitación, que olía a jazmín y a sexo. Luís arropó el cuerpo de Claudia y se entretuvo en contemplar la curva de la cadera que se formaba bajo las sábanas, memorizando sus formas ondulantes y el perfil que se dibujaba en la tela y se diluía hacia los pies, perdiéndose en la penumbra. Cerró los ojos y se abandonó satisfecho a su cansancio, al delicioso hormigueo en sus miembros exhaustos; a la palpitación de la sangre en sus sienes. Apoyando la cabeza en la almohada buscó el pelo de Claudia para enredar su mano en él, descendiendo en un trazo hacia su espalda con las yemas de los dedos hasta el borde de la sábana, donde se detenía para regresar de nuevo hacia la nuca, rozando apenas su piel, que reaccionaba erizándose; viendo a través del tacto el cuerpo que yacía junto al suyo, dejándose inundar ambos por esa tranquila felicidad que iba ocupando los rincones abandonados tras la lucha. Una tranquilidad que, gota a gota, inoculaba un ronroneo de modorra, una renuncia a la conciencia que los dejó sumidos en un profundo sueño.
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miércoles, 14 de mayo de 2008
Historias que me cuento
Me cuento historias cuando duermo solo, cuando la cama parece más grande de lo que es y más fría, pero también me las cuento cuando Niágara está ahí y se duerme entre murmullos complacientes, casi como si también ella se estuviera contando una historia. Más de una vez quisiera despertarla para saber cómo es su historia (solamente murmura ya dormida y eso no es de ninguna manera una historia), pero Niágara vuelve siempre tan cansada del trabajo que no sería justo ni hermoso despertarla cuando acaba de dormirse y parece colmada, perdida en su caracolito perfumado y murmurante, de modo que la dejo dormir y me cuento historias, lo mismo que en los días en que ella tiene horario nocturno y yo duermo solo en esa bruscamente enorme cama.
Historias que me cuento
Queremos tanto a Glenda (1980)
Julio Cortázar
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martes, 13 de mayo de 2008
Al otro lado de la laguna
Como digo, fue una tarde de verano. Esa mañana habíamos cogido la barca de Marco, aprovechando que su padre no estaba. Tenía un buen motor para navegar con la proa levantada, cortando las olas a toda velocidad. Nos gustaba esa libertad de viento en el pelo y espuma de mar en la cara. Después echamos el ancla para bañarnos ahí, fondeados en lo hondo, como parte del rito que era dejar de ser niños, lejos de las advertencias de los adultos. Jugábamos a bucear siguiendo la cuerda que se iba diluyendo entre ondulaciones en el azul, hasta perderse de vista. El ancla ni siquiera se intuía. El juego consistía en bajar siguiendo la cuerda hasta llegar al ancla, para subirla a pulso hasta la superficie. Cuando comenzabas a divisarla los ojos ya te escocían y sentías una presión en los oídos que parecía que los fuera a reventar. Al llegar a cogerla, la falta de oxígeno empezaba a ser inquietante y un leve mareo hormigueaba por los brazos. Pero lo peor no era eso. Lo más angustioso era verse rodeado de tan grande inmensidad de agua por todos lados, sin ninguna referencia salvo el cabo que se perdía hacia la luz, ahí en lo alto, tan lejos. La agobiante sensación de absoluta soledad en un medio tan hostil que ni siquiera te permite respirar. Después, empezando a boquear e intentando no pensar en lo que nos quedaba por recorrer, ahí arriba, apoyábamos los pies en el suelo arenoso del fondo y nos dábamos un fuerte impulso para acortar el esfuerzo de emerger con el ancla en la mano; hasta la bocanada desesperada que volvía a llenar los pulmones; el trofeo que demostraba tu hombría a los amigos.
Descansando del esfuerzo en los bancales, mecidos por el lento oleaje y fumando esos primeros cigarrillos que nos acercaban a la edad adulta, alguien propuso ir esa tarde a navegar a la laguna. Esa mañana todavía no sabíamos que iba a ser la última que pasaríamos los tres en esa barca, ahí en lo hondo. Era verano, hacía un sol espléndido y estábamos de vacaciones. ¿Qué podía salir mal? Como es de suponer, a los tres nos pareció una idea estupenda.
La laguna desemboca desmayada en el mar, sin fuerza, como derramando el agua. Ese tramo tuvimos que hacerlo cargando la barca con el agua por las pantorrillas y los pies descalzos hundidos hasta los tobillos en la arena del fondo, pues no había suficiente calado para navegarlo. Si embargo, lejos de amilanarnos, este pequeño obstáculo dotó a la excursión de un componente de aventura todavía más atractivo. Ya en la parte más profunda nos embarcamos de nuevo y comenzamos a remar hacia el centro de la laguna, pasando junto a los pilares del viejo puente derruido. Los remos desaparecían bajo el agua parda y oscura, enturbiándola todavía más, y salían con pedazos de algas adheridos. Sólo se escuchaba ese chapoteo del remo en el agua, el croar de algunas ranas y, cada tres minutos, con escrupulosa puntualidad, el rugido de un avión aterrizando en el cercano aeropuerto. Después de eso, el silencio nos parecía todavía más denso, el calor más espeso. Aquí y allá asomaban cañizos solitarios sobre la superficie oleosa y estática del agua. Alrededor, en las orillas, el cañizo era el dueño. Imposible distinguir dónde comenzaba la tierra firme y dónde terminaba la laguna. Poco después, pero ya tarde, descubrimos que no existía tal distinción, que todo era un barrizal entre cañas de varios metros de altura.
Siempre que iba a la montaña, mi padre me repetía la misma cantinela: “cuando pases por un cruce de caminos, mira hacia atrás”. Esa, me decía, era la única forma de recordar el camino de vuelta. Pero eso no era la montaña; era la laguna. Fuimos pasando canales de agua cenagosa entre cañas y limo, abriéndonos paso hincando los remos en el fondo, como los gondoleros venecianos, hasta que fuimos incapaces de encontrar un camino de vuelta. Era ya tarde cuando la barca quedó varada sobre un fondo de barro y nosotros no tuvimos más remedio que avanzar a pie, con el agua hasta las rodillas y los pies hundidos en el barro, en un denso bosque de cañas que se nos cruzaban formando un tejido que nos impedía ver más allá. Un calor pegajoso y el fuerte olor a moho y descomposición lo invadían todo. Por si fuera poco, en esa hora los mosquitos empezaron su frenética actividad y su molesto zumbido y continuas picaduras nos acompañaron en nuestro penoso camino. Teníamos los pies pálidos e hinchados de deambular por ese barrizal. En una mala caída, Marco se clavó una caña rota en la pierna. Era una herida muy fea, muy aparatosa, con astillas que no pudimos quitar. El agua estancada seguramente no le estaba haciendo ningún bien. Iba cojeando y quejándose de dolor.
Paradójicamente, nos salvó el anochecer cuando, por las luces del aeropuerto, pudimos orientarnos. Marco hacía rato que ya no podía apoyar el pie. Íbamos los dos cargando con él, pasando sus brazos por nuestros hombros, cuando escuchamos un relincho. ¡El club de hípica! Avanzamos deprisa en esa dirección y las cañas dejaron paso a campo abierto. Una cerca hecha de troncos, al modo de las películas del oeste, rodeaba un enorme terreno llano de tierra pisada y hierba rala y reseca, donde unos caballos correteaban. Dispuestos en hilera junto a la cerca, unas farolas iluminaban turbiamente la zona. Un hombre joven, de unos treinta años, bajito y enjuto, con gafas, mal afeitado y despeinado se nos acercó y nos preguntó sorprendido: “¿Qué hacen ustedes aquí?”. Ahí estaba él. Sin duda que lo era, ahora lo sé, pero claro, cómo iba a conocerlo yo por aquél entonces. Por la forma de hablar nos pareció argentino, pues canturreaba las palabras como Maradona. Después supe que no lo era, pero eso fue mucho tiempo después. Se fijó en la pierna de Marco y chasqueó la lengua. Dijo que la herida se veía fea, que había que llevarlo al médico de urgencia. Lo seguimos hasta la recepción y allí, con más luz, lo examinó detenidamente. Después nos mandó a nosotros a avisar a nuestros padres y a él se lo llevó en su coche hasta el hospital. Antes de despedirnos, Marco nos recordó que su padre regresaba al día siguiente, y que como no encontrara la barca, nos iba a moler a palos. Me invadió una inmensa sensación de desaliento sólo de pensar en que debía regresar a la laguna.
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lunes, 12 de mayo de 2008
Empieza así
Pero el desconcierto inicial se desvaneció y empezaste a comprender. Y entonces el miedo se abrió paso a empujones y lo único que me ataba al mundo era esa línea que me unía a ti, y a tu alrededor todo carecía de sentido. Los vestidos de fiesta, las caras sonrientes, las guirnaldas de colores colgando sobre vuestras cabezas. Todo eso te parecía absurdo y grotesco y fuera de lugar porque sólo existía tu hermano llorando al otro lado del hilo, conduciendo un coche lanzado a toda velocidad por una autopista. Tu hermano olvidando que sobretodo había que saber morir con elegancia.
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sábado, 10 de mayo de 2008
Paraguas
Esta mañana, mientras esquivaba setas negras por la calle, he pensado que el ayuntamiento debería impartir cursos de circulación peatonal con paraguas; y que deberían ser cursos obligatorios, terminados los cuales te acreditaran o no a circular con uno. Sería una licencia quinquenal, renovable tras un examen de aptitud, por ejemplo. Y quien no aprobara, pues a vestir chubasquero o a mojarse, qué coño.
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viernes, 9 de mayo de 2008
Narrativas (V). Relato
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