viernes, 24 de octubre de 2008

Los maniseros

Anoche era el concierto inaugural de la edición número cuarenta del Festival de jazz de Barcelona y, para ser sincero, no se me ocurre mejor arranque que el de ayer: con Bebo y Chucho Valdés sentados frente a sendos pianos.

El Auditori estaba atestado de público y apestado de autoridades, que son esos personajes que suelen ocupar las mejores butacas sin pagar. Por tratarse del cuarenta aniversario, el director del festival nos torturó durante demasiado tiempo con un soporífero discurso leído con voz monótona y monocorde, tal cual un escolar prepúber leería la lección frente a una clase, que hizo cabecear a más de uno. Tras el suplicio, se anunció la entrega de la medalla de oro del festival al incombustible Bebo Valdés, que fue recibido con todo el auditorio puesto en pie aplaudiendo con toda el alma. Y es que a Bebo se le quiere mucho por estos lares.

¿Qué puedo contar sobre lo que vino después? Hace un par de semanas, en su concierto en Barcelona, Bunbury acertó a apuntar como mala costumbre no llevar sombrero, porque eso te impedía quitártelo cuando fuera necesario. Y anoche hubiera sido necesario, porque fue grande, brillante, emotivo… Volvieron a sonar sus clásicas "El manisero", "Siboney", "La negra Tomasa", "La comparsa" o "Lágrimas negras" y también nos regalaron son, bolero y blues, fugaces fragmentos de Bill Evans, de "El vuelo del moscardón" o de "La danza del sable". Y cerraron con Bebo solo en el escenario interpretando el adagio de "El concierto de Aranjuez" del maestro Rodrigo. He tenido el enorme privilegio de verlos actuar en tres ocasiones, y no me canso nunca de repetir. Tantas veces como vuelvan a Barcelona, tantas que iré a que me regalen su música, su alegría contagiosa y su sentido del humor. Pero ahora, lo mejor que puedo hacer es callar y que seáis vosotros mismos quienes juzguéis si acaso exagero.

Os dejo con Bebo y Chucho Valdés, tocando a cuatro manos en el primero de los tres bises de la noche.

viernes, 17 de octubre de 2008

Noche de comer castañas

Estaba en casa cuando ha descargado una magnífica tormenta sobre Barcelona. Más que una lánguida lluvia otoñal, esta tenía la furia de las que descargan a finales de agosto o primeros de septiembre, de gruesos goterones que redoblaban contra los cristales de la ventana. Cuando ha cesado una espesa bruma se extendía hasta el horizonte de Collserola, cubierta a media altura por pesadas nubes de todas las tonalidades del gris. Ha sido entonces cuando he pensado que esta es la noche ideal para cenar en el sofá castañas y boniatos asados, con una copita de moscatel, mientras vemos una película en blanco y negro.

Cuando regresaba de la bodega con la botella de moscatel, he pasado por delante de una vieja y desangelada tienda de segunda mano que hay cerca de casa. Tienen desde cámaras antiguas (o directamente viejas) hasta discos de vinilo. Ha sido esto último lo que me ha obligado a detenerme. Pasaba por delante cuando, por el rabillo del ojo, he visto en el escaparate un viejo vinilo de Leño. Acercarme ha sido la perdición. Junto a este estaba el single de “El garrotín” de Smash. Y al lado otro single de Màquina!, y otro de Cerebrum, y uno de Pegasus y… Y he tenido que entrar.

Al final he sido prudente y sólo me he llevado uno. Un vinilo. O mejor dicho, el vinilo. El mejor disco español de todos los tiempos.
Y en vinilo. Ahí es ná. Y si no que se lo pregunten a mi madre.

Acabo de darle la vuelta; ahora suena la cara B. Es lo bonito que tienen los vinilos, que requieren todo un ritual de gestos cuidadosos, una interacción por parte de quien los escucha. Porque los vinilos se escuchan, no como ocurre a veces con los CD que te olvidas de ellos. De un vinilo no te puedes olvidar; tiene movimiento ligeramente ondulante, la aguja cruje y al final hay que darle la vuelta. O cogerlo con cuidado y meterlo en la funda.

Voy a cortar las castañas.

Por cierto, ahora suena esta.


(sugerencia de consumo)
Lucía de Joan Manuel Serrat (cara B de Mediterráneo)

miércoles, 15 de octubre de 2008

Tusitala

En el año 1889 Robert Louis Stevenson se instaló en Samoa, donde vivió hasta su muerte cinco años después, a la edad de cuarenta y cuatro años. Los habitantes de esas islas lo conocían como Tusitala, que significa "el que cuenta cuentos". ¿Puede haber nombre más bonito?

'Stevenson y su mujer' retratados por John Singer Sargent (1885)

'Stevenson y su mujer' retratados por John Singer Sargent (1885)

¿Existe mejor promoción que la prohibición?


Pues parece que los voceros de los obispos, la infame TeleEspe y otros mojigatos medios de comunicación de Madrid no lo ven así. Intuyo que es un problema de falanges, porque la publicidad de Women'secret, por ejemplo, o de Lise Charmel no tiene estos problemas con la censura. Aunque comentan incluso que se les traba la lengua con la palabra "ninfómana", algo que, dados los malos tiempos que corren con la educación en este país y tratándose de una esdrújula de cuatro sílabas, hasta se les puede excusar. El gremio de vendedores de cilicios y los productores de bromuro han sido los primeros en lamentar esta medida.
Y mientras tanto, aquí se explayan con la noticia y aquí se contienen. ¡Cómo me gustan los periódicos cuando escriben para almas de cántaro!

domingo, 12 de octubre de 2008

¿Quién no lo recuerda?

La lección aprendida

El flujo de la Historia, los ciclos, el refranero, los mitos, la voz experimentada, la llamada sabiduría popular al fin, no nos sirve de nada; nada hemos aprendido de ella porque no es sino a toro pasado que tenemos conciencia de su verdadero y más profundo significado. Es entonces cuando decimos ahora lo entiendo. De nada nos sirven los aprendizajes ajenos porque hasta que no nos pegamos la hostia en primera persona, no aprendemos la lección.

viernes, 10 de octubre de 2008

La peste

Llegando a la mitad del S.XIV Europa fue asolada por una devastadora pandemia de peste, reduciendo su población en un tercio. Penetró al continente por Venecia y Génova, agazapada a la sombra de las bodegas de barcos fantasma que venían de oriente próximo y atracaban en esos puertos con toda la tripulación muerta, con el cuerpo cubierto por sanguinolentas pústulas. Y tal como llegó se fue, pues la única arma que tenían en esa época era la fe, que se reveló insuficiente frente a la suciedad y falta de higiene que campaba a sus anchas por las ciudades medievales. Suciedad, ignorancia y miseria siempre han sido buenas aliadas. Ahora sabemos que la peste la contagiaron las ratas, y que con un mínimo de higiene y aislamiento el coste en vidas hubiera sido mucho menor.

En pleno S.XXI, otra epidemia se ha empezado a extender rápidamente desde EEUU, con epicentro en Wall Street, llegando a afectar directamente a todo el continente europeo y buena parte del asiático e indirectamente al resto. La propagación también ha sido a través de los puertos, o de su equivalente actual. En lugar de la suciedad, en esta ocasión el caldo de cultivo ha sido la opulencia y la codicia, aunque también ha crecido y se ha propagado por un desmedido exceso de fe. Sabemos cuáles son las ratas que la están contagiando; sabemos donde viven y de qué se nutren. Pero en lugar de cortarles la cabeza de un tajo nos dedicamos a alimentarlas con el mejor idiazábal para que sigan extendiendo la epidemia.

Lo del S.XIV fue ignorancia, por lo que es disculpable, pero lo de ahora es simple y llanamente estupidez perversa con el agravante de la alevosía. Y eso no tiene ninguna defensa.

'Let them eat crack' de Bansky

'Let them eat crack' de Bansky

miércoles, 8 de octubre de 2008

Dos visiones sobre la crisis





Anoche, durante la cena, mi padre me contó que un amigo suyo había sufrido un infarto hacía unos días, y aunque el susto ya no se lo quita nadie, afortunadamente había salido del hospital por su propio pie.
Unos meses antes de ingresar de urgencia, el principal objetivo de este hombre en lo referente a su trabajo era pasar el año que le faltaba hasta su jubilación lo más tranquilamente posible en su despacho de la central del banco para el que trabaja desde hace tres décadas. Pero una llamada “desde arriba” mandó al garete sus nobles pretensiones: debía ocuparse de una oficina de una ciudad del extrarradio que acumulaba un número alarmante de créditos impagados. Y hacia allá que se fue.
Los primero días fueron agotadores, de mucho papeleo para ponerse al corriente de la delicada situación que atravesaba la sucursal. Fichaba antes de las siete, apenas si tenía tiempo para comer y cenaba hacia las once de la noche lo que su mujer le recalentaba. Además los fines de semana se llevaba trabajo a casa. Resultado: La tensión arterial se le disparó, apenas podía dormir y adelgazó varios quilos. Pero lo peor, la clave de todo el follón todavía estaba por llegar. Una mañana, estando en su despacho sepultado por papeles, le pasaron un cliente que venía a pedir un crédito.

– Buenos día caballero, siéntese. Me dicen que desea usted pedir un crédito.
– Así es, señor director.
– Su nombre, por favor.
– Fulano.
– Bien señor Fulano, ¿de qué importe estamos hablando?
– Ah, pues no lo sé. Lo que usted me quiera dar.

Esa respuesta disparó todas las alarmas del director circunstancial, aunque procuró mantener la compostura y sólo se permitió arquear una ceja. Tras unos segundos en los que por su mente cruzaron los peores presagios atinó a balbucear:

– ¿Perdón?
– Sí, que cualquier cantidad ya me va bien.
– Pero… vamos a ver –respondió procurando no perder la calma–. ¿Para qué quiere el dinero? Porque estamos hablando de un crédito al consumo supongo. ¿Se va a comprar un coche? ¿Unos muebles? ¿Algún electrodoméstico quizás?
– No, es para ir tirando ¿sabe usted? Las otras veces que he venido pedía dinero y el señor que se sentaba ahí me preguntaba cuanto necesitaba. Y unos días me daba cinco mil, otros dos mil. Depende.
– Las otras veces… –escalofrío–. Disculpe, me puede dejar su libreta un momento.

Y mientras consultaba su cuenta, el cliente seguía explicándole que vino con los papeles en regla por un contrato, pero que desde hacía un año estaba sin trabajo, sin subsidio del paro y sin papeles, y que sin los papeles no podía encontrar otro trabajo, y que se había ido a vivir a casa de una prima porque tampoco le llegaba para el alquiler, que iban tirando con el dinero que le daba el señor tan amable que se sentaba antes ahí y… Y mientras, la pantalla del ordenador le informaba al director circunstancial que al cliente se le habían concedido cinco créditos en un año por un total de quince mil euros. Créditos que obviamente no iban a ser devueltos.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Las grandes obras imperfectas

Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.


2666
La parte de Amalfitano
Roberto Bolaño

viernes, 26 de septiembre de 2008

Trastornos

Supongo que lo mío puede clasificarse como trastorno del sueño. O dicho de otro modo, abuso de vigilia. Porque no es que no pueda dormir, es que me empecino en alargar el día por el lado del final sin que pueda hacer lo mismo por el lado del comienzo, como el que tira de una manta demasiado corta que le cubre los pies o la cabeza, pero nunca ambas. Seguramente el problema sea que del binomio ocio y negocio (es decir, la negación del ocio), tengo claro de qué lado prefiero decantarme. Y así me va, claro, que llego el viernes por la tarde a casa y necesito echarme la siesta, aunque sean las ocho. Un ratito sólo, por favor, sólo una horita y nada más…

Pero lo prefiero así porque qué pena me dan aquellos que alargan las horas de trabajo para llegar a casa cuanto más tarde mejor, qué lástima. Algunos se autoengañan con la excusa del exceso de trabajo, mientras que otros quieren creer que su ocio es el negocio, cuando lo único que consiguen es no tener ningún momento de descanso. Debe ser triste estar tan mal en casa como para preferir estar en el trabajo. Digo yo que algo debe poder hacerse ¿no? Es una cuestión de valentía. No de no tener miedo, sino de ser capaz de vencerlo, que no tener miedo es de temerarios. Digo yo que tendrá que haber un camino.


(sugerencia de consumo)
Tendrá que haber un camino, de Enrique Morente y Los Planetas

jueves, 25 de septiembre de 2008

Una señora de Cuenca

Cuando he llegado a la plaça del Pi había montada una feria de productos artesanales: miel de todo tipo de flores, miel con frutos secos, pan de higo, quesos, embutidos, vinos, chocolates… una maravilla de sabores, olores y colores.

Antes me había acercado a ver la jornada castellera de la Mercè, aunque poco rato pues hoy participaban colles de “segunda división”. Después he dedicado la mañana a pasear por las callejuelas del gótico, cámara en ristre, con parada en la plaça de Sant Felip Neri, porque es mi debilidad y porque el juego de luces y sombras de las hojas de los árboles me han recordado una pintura de Renoir, hasta desembocar en la del Pi, casi sin quererlo.

miel en la plaça del Pi


Es habitual que los días festivos haya ferias de este tipo en esta plaza, pero hoy, quizás por la forma en que estaba bañada por la luz del sol, me ha parecido más bonita de lo habitual, así que me he puesto a echarle fotos. En eso estaba cuando he visto por el rabillo del ojo que una señora se detenía a un par de pasos de mí, esperando que tirara la foto para cruzar.

–Passi, passi –le he dicho bajando la cámara y apostillando mis palabras con un gesto inequívoco de mi mano izquierda que la invitaba a cruzar sin apuro.

Pero ella no se ha movido de su sitio y me ha conminado amablemente a hacer la foto. Tenía el sol de frente y necesitaba buscar un buen encuadre para que no saliera quemada. No quería echar una foto como quien escupe sobre la acera, así que he vuelto a invitarla a cruzar para a continuación bajar totalmente los brazos, dando a entender que no tenía intención de hacer ninguna foto mientras hubiera alguien esperando. Finalmente me ha dado las gracias, ha cruzado y yo he tirado un par o tres de fotos sin prisas.

–Mira, esta es la baldosa tradicional de Barcelona. Es modernista ¿sabes? Y…

No se había movido de mi vera en el rato que yo he estado echando fotos, y ahora se abalanzaba sobre mí esgrimiendo una postal de la loseta Barcelona, la clásica con el dibujo de la flor que pavimenta la mayoría de las calles del centro. Tras el inicial desconcierto –ella sigue hablando pero yo he desconectado unos segundos–, deduzco que me ha tomado por guiri.

–Sí, lo sé –le respondo–. Yo soy de aquí.
–Ah, pues entonces ya lo sabrás, claro. Mira, yo soy de Cuenca, pero a Barcelona no la cambio por nada ¿sabes? Es la ciudad más bonita del mundo. Y me encantan las baldosas de sus calles. Mira –me dice mostrándome su bolso bandolera, de piel color chocolate y con un grabado de las losetas de Barcelona–. Me lo acabo de comprar ahora. Es que me encantan estas baldosas.

Es una mujer de unos sesenta años, bajita, de ojos grandes y despiertos. Lleva dos bolsos cruzados en bandolera: el que llevaba al salir y la nueva adquisición. Se la ve muy feliz. De inmediato me ha caído simpática.

–¿Ha visto las del Paseo de Gracia? –le pregunto–. Son de Gaudí, y en lugar de ser cuadradas son hexagonales. Son muy bonitas también, muy grandes, de un tono azulado, y aunque ahora las están cambiando por otras más pequeñas y grises, en algunas zonas del centro del paseo todavía se conservan las originales.

Ella seguía mis explicaciones con los ojos muy abiertos, como encantada de haber encontrado a todo un experto en baldosas barcelonesas.

–Quería comprar algún recuerdo, una baldosa de regalo, y me han dicho que quizás aquí por el centro podría encontrar algún sitio.
–Aquí en esta callejuela las venden de chocolate –le explico indicándole la calle Petritxol.
–¡Uy, de chocolate! No, no, que me las comeré todas y no me conviene. Yo buscaba otra cosa, un recuerdo de una baldosa de cerámica o algo por el estilo.
–Mire –le digo–, en el Paseo de Gracia, en la planta baja de la Pedrera, hay una tienda de recuerdos en la que seguro tendrán la baldosa de Gaudí. Esta otra que le gusta a usted no lo sé, pero puede probar, porque hoy está casi todo cerrado. Si hay alguna tienda en Barcelona donde encontrar estas cosas es ahí.
–¡Muchas gracias! –ha exclamado con sincera alegría. Y mientras se guardaba su postal de las baldosas en el bolso de las baldosas ha continuado exclamando–. ¡Qué suerte he tenido de encontrarte! Yo que andaba buscando un poco perdida y justo doy contigo aquí, en medio de tanta gente. Muchas gracias –ha insistido, para acto seguido acercarse alargando el cuello para que yo bajara la cabeza y así poder darme dos besos.
–Feliz fiesta de la Mercè –me ha deseado antes de darse la vuelta y encarar resuelta hacia Petritxol.
–Igualmente –le he respondido ya desde cierta distancia, pensando que si veía las baldosas de chocolate en el escaparate, no podría evitar comprarlas.

Por mi parte he seguido haciendo fotos hasta que las tripas han empezado a emitir avisos. Entonces he embocado la calle del Pi y después Cucurulla hacia la Vía Layetana para coger el metro. De camino pienso que debo llevar a cabo mi antiguo proyecto de fotografiar todos los tipos de baldosas de las calles de Barcelona, antes de que desaparezcan.

martes, 23 de septiembre de 2008

La felicidad de estar triste

Este año he recibido al otoño con un catarro. Estoy rodeado de montoncitos de pañuelos de papel arrugados, pero mi nariz, lejos de amedrentarse, sigue licuando alegremente. Ya ha llegado el otoño que, como canta Sabina, durará lo que tarde en llegar el invierno, y que por primera vez desde mis años de escuela, llega sin poder quitarme de encima la impresión de que el verano fue demasiado corto. Quizás sea porque no ha sido un año de tórrida canícula.

Pero ahora no escuchaba a Sabina, no. Sólo recordé ese verso. Ahora escucho a Amália Rodrigues, que es una voz muy adecuada para una noche lluviosa de otoño. Es un disco –el “Amália at the Paris Olympia”– que había buscado en vano durante algún tiempo y que este verano, en la librería de Fundación Serralves en Porto, practicando esa variante de la pornografía que consiste en hojear libros sin comprarlos, lo encontré al lado de la caja registradora después haberlo buscado (también en balde) en la sección de música. Es una cuidada reedición de este año, recuperada y remasterizada a partir de la grabación en vinilo del año 1957 guardada en una colección particular. El diseño está cuidado hasta tal punto, que el CD ha sido impreso imitando el vinilo original, con sus surcos y todo. Una verdadera joya. Esto, un LBV de 1995 y un Vintage Quinta Única del 2004 han sido algunos de los souvenirs que me han acompañado de vuelta a Barcelona.

Me gusta el otoño. No sé si será por sus colores, o por ir a coger setas o porque me gusta la lluvia. Pero lo cierto es que me siento cómodo en esta época del año. Me siento cómodo en mi manera de ser, porque a nadie le parece raro que uno tenga repentinos ataques de melancolía en otoño, pero en primavera o verano exigen una explicación. Me siento cómodo porque se diluye el contraste, porque todo es gris y ocre y neblinoso y lánguido y reposado. Y porque me arrebujo en el sofá, recostado sobre los almohadones de plumas a leer bajo la única luz de una lámpara de pie, con una copa de porto a un brazo de distancia, y me siento completamente feliz. Porque, no lo olvidemos, la melancolía es la felicidad de estar triste.


(sugerencia de consumo)
Nem às paredes confesso de Amália Rodrigues desde el Olympia


lunes, 22 de septiembre de 2008

Nota mental

"No piense que no fui sincero cuando le dije que en este momento 'Guerra y paz' me resulta repugnante. Hace unos días tuve que echarle una mirada para decidir si debo hacer correcciones para la nueva edición, y soy incapaz de transmitirle el arrepentimiento y vergüenza que sentí al revisar muchos de los pasajes. Era un sentimiento semejante al que experimenta una persona cuando ve las huellas de una orgía en la que participó".

Lev Tolstói en una carta a su tía Alexandra Andréyevna Tolstaia (febrero de 1873).

Nota mental: Antes de releer "Guerra y paz" debo participar en una orgía.

viernes, 19 de septiembre de 2008

El vino de Porto

Es bien sabido que viajando se aprende y que es de agradecidos compartir, así que aquí os dejo esto.

El vino de Porto se obtiene a partir de detener de la fermentación del mosto mediante el añadido de brandy o aguardiente de vino y el posterior envejecimiento. Del tipo y calidad de la uva, el envejecido en barrica o botella y las posteriores mezclas dependerán las distintas categorías y tipos de porto resultantes.

En líneas generales, la primera y más evidente distinción debe hacerse entre el porto blanco y el tinto. En ambos, a mayor envejecimiento, más dulce resulta el vino. En el caso del porto blanco, elaborado principalmente a partir de las variedades Malvasia Fina, Donzelinho y Gouveio, este envejecimiento oscurece su color, desde el dorado o pajizo de los más jóvenes hasta un caramelo o tostado que se asemeja al color de los tintos más viejos. Estos últimos serán denominados Lágima y Doce, mientras que los primeros son los Seco y Extra seco.

Para el porto tinto, los tipos de uva empleados son, en esencia, la Touriga Nacional y la Touriga Francesa, la Tinta Amarela, Tinta Barroca y Tinta Roriz y, al contrario que los blancos, su color se aclara con el envejecimiento. El modo de elaboración se divide en dos grandes grupos, aunque los días que anduve por Portugal escuché distintas interpretaciones: los vinos estilo Ruby, que se caracterizan por su pronto embotellado y tienen fecha de cosecha (entre los que se encuentran el Vintage, que es el rey de los vinos de Porto, el LBV y el Ruby) y los estilo Tawny, vinos que envejecen en barrica, filtrados al ser embotellados, por lo que no requieren ser decantados y no tienen fecha de cosecha (los Tawny jóvenes y de diez, veinte, treinta y más de cuarenta años, y los Colheita).

bodega Ramos Pinto


De estos últimos, el Tawny básico es el más sencillo y raramente tendrá más de tres años, aunque los más maduros pueden llegar a tener hasta ocho. Este vino se obtiene a partir de la mezcla de vinos de distintas vendimias envejecidos en barrica. No se indica el tiempo de envejecimiento una vez embotellado para su venta. Una vez abierto, puede conservarse hasta un mes en buenas condiciones.

Los Tawny con indicación de edad son vinos que han envejecido en barrica diez, veinte, treinta o más de cuarenta años. Estos últimos pueden llevar la indicación Senior Tawny o Tawny Reserva. También se obtienen a partir de la mezcla de vinos de distintas cosechas. Eso significa que un Tawny de diez años puede ser el resultado de la mezcla de vinos envejecidos durante ocho a doce o catorce años, donde los más jóvenes aportan frescura y los maduros unos aromas persistentes a frutos secos y otros más complejos como café, canela, chocolate o caramelo, que se acentúan cuanto mayor es su envejecimiento. Cuanto mayor es el envejecimiento en barrica, más tiempo se conserva una vez abierto. Estos pueden mantenerse hasta cuatro o seis meses en buenas condiciones.

El último de los tipo
Tawny es el Colheita, también envejecido en barrica un mínimo de siete años aunque lo habitual es entre veinte y cincuenta años los más exigentes. Es esencialmente distinto en tanto no es de mezcla de distintas vendimias, sino que se indica claramente en la botella el año de la cosecha y el de embotellado. De una extraordinaria textura sedosa es, sin ningún género de dudas, la obra cumbre de los Porto estilo Tawny, y también el más raro de encontrar. La conservación de los Colheita es similar a los Tawny con indicación de edad.

Porto embotellado


En cuanto al Ruby, es un vino joven, de menos de un año de envejecimiento en barrica (algunos ni siquiera tienen barrica), fresco y afrutado, debe ser consumido en el año de embotellado preferiblemente. Una vez descorchado, el Ruby se mantendrá en buenas condiciones de diez a quince días.

El LBV (Late Bottled Vintage), también de estilo Ruby, es un vino de gran calidad, obtenido de las mejores uvas y generalmente producido en los años en que una bodega no ha obtenido la denominación Vintage. Este vino suele pasar entre cuatro y seis años envejeciendo en barrica y después será filtrado y embotellado de manera tradicional, con tapón de corcho, para continuar su envejecimiento. Estará en óptimas condiciones para su consumo durante los siguientes seis u ocho años. Este es un vino muy delicado, así que el periodo de conservación una vez abierto no debería exceder de los diez días.

Y finalmente el
Vintage, la joya de la corona que anhela cualquier bodega de Porto que se precie. La denominación Vintage la solicita una bodega, para una cosecha determinada, y la concede o deniega el Instituto dos Vinhos do Douro e Porto (IVDP). También la puede solicitar ya no una bodega (Niepoort, Taylor’s, Ramos Pinto, Graham’s, etc.) sino una Quinta que, en caso de serle concedida la denominación, podrá etiquetar su vino como Vintage Quinta Única (Single Quinta) o con el nombre de la quinta en cuestión, que es el súmmum de los vinos de Porto. Este néctar estará dos años envejeciendo en barrica y a continuación, sin ningún tipo de filtrado, seguirá su lento proceso de sublimación en botella al abrigo de una bodega. Para garantizar la calidad, todos los Vintage deben ser producidos a partir de cosechas reconocidas por el IVDP y embotellados en Portugal. Al ponerse a la venta deberán indicar el año de cosecha y el de embotellado. El resultado es un vino extraordinario, de larga conservación en botella, reservado sólo para ocasiones especiales y que requiere de todo un ritual previo en su decantado y oxigenación para un pleno disfrute de sus cualidades. Hablar de la conservación de este vino una vez abierto es complicado, pues es un vino tan delicado como los Reserva españoles. No se debería dejar abierto sin consumir más de uno o dos días, aunque lo ideal es terminarlo en una sentada.


Más información en el Instituto do Vinhos do Douro e Porto.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Us and Them

And after all we're only ordinary men...

Ella me regaló, hace unos días, un par de viejos vinilos de Pink Floyd en excelente estado. Parecía que ni los hubiesen escuchado jamás. Lo hizo con la certeza de que conmigo esto es jugar sobre seguro, que iba a acertar como el que le regala un collar de diamantes a la rubia platino. Y este fin de semana los estuve escuchando, uno tras otro, varias veces. Suena bien, es bueno, me dijo ella. Y yo le respondí que ese, dependiendo de la temporada, de mi temporada, era el mejor disco de Pink Floyd (y por extensión de todos), aunque en otras temporadas lo eran otros. Y como esto y el rascar todo es empezar, esta mañana he ido a trabajar escuchando Pink Floyd en el iPod.

Es de imaginar, dadas las circunstancias, la tremenda impresión que he sentido al leer que Richard Wright, miembro fundador y teclista del grupo, ha muerto esta misma tarde.

Era un apasionado del jazz (sólo por eso ya tendría mi favor) y de la electrónica aplicada a la música. Si bien fue un componente a la sombra tanto de los egos hipertrofiados de Roger Waters o David Gilmour como del talento creativo de Syd Barret, y en absoluto fue tan prolífico como ellos, la historia de Pink Floyd no se puede escribir tal como la conocemos hoy sin su presencia, sin su contribución esencial a la hora de crear las melódicas atmósferas salidas de su Hammond y que son un sello distintivo de la música del grupo. Suyas también fueron dos piezas fundamentales (todas las piezas de ese disco lo son) del mítico “The Dark Side of the Moon”: "The Great Gig in the Sky" y "Us and Them".

Años después tuvo que dejar la banda por culpa de los frecuentes e insostenibles enfrentamientos con Waters, aunque cuando este último también abandonó Pink Floyd, pudo volver a reintegrarse. Pero eso es otra historia. Hoy sólo nos queda lamentar su pérdida y recordar su obra.

... I'll see you on the dark side of the moon.


(sugerencia de consumo)
Us and Them de Pink Floyd (y escenas de la odisea de Kubrik)


The Great Gig in the Sky de Pink Floyd (en directo)

Zulueta: Get Back

Curioso el corto que rodó Iván Zulueta sobre la canción Get Back de los Beatles. Fue en el año 1969 y lo hizo para ser emitido en el programa "Último grito" de RTVE, que él mismo dirigía y que presentaba Jose María Iñigo.



En él aparecen, sobreimpresos sobre los rostros dibujados de los componentes del grupo, una serie de "mensajes": Al inicio se lee "Apple", que es el sello que crearon los de Liverpool para editar sus discos. Poco después, sobre el rostro de Paul McCartney, se lee "Pablito es limpio", y poco después "impío?". Sobre el rostro de George Harrison se puede leer "Jorge es...", un signo de interrogación "?" y finalmente la palabra "Gurú", refiriéndose a su más que notorio misticismo. A continuación, sobre el rostro de John Lennon, aparece primero un fatídico "Oh! No!", seguido de "Hola Yoko Ono", dejando clara la antipatía generalizada (ignoro si también en Zulueta) que producía la artista japonesa. Todavía sobre la imagen de Lennon se podrá leer "Juanito es sucio. Muy sucio. Sí!". Hacia el final de la grabación, de nuevo sobre la imagen de McCartney, dibuja una cámara fotográfica y la palabra Eastman, que no tiene nada que ver con Kodak sino con la que será su mujer Linda McCartney (Eastman de soltera). Sobre Ringo no he visto nada, pero lo cierto es que el corto no está completo.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Cuentos chinos

En mi época de estudiante, esa época en la que el individuo todavía está poco definido y lo absorbe todo como si fuera una esponja, cuando todavía (algunos nos quedaremos ahí) no existe la capacidad de crítica y por lo tanto de poner en duda, de contrastar o incluso de dudar de la objetividad de las ideas que nos inculcan. En mi época de estudiante, digo, me contaron muchos cuentos. Uno de ellos fue que la democracia, la constitución de un estado democrático, debía basarse indefectiblemente en la división de poderes, en los tres pilares de la democracia: ejecutivo, legislativo y judicial. En base a este ideal ortodoxo, una de dos, o a mí me contaron un cuento chino, o en España no hay democracia.

Y no la hay porque no hay división de poderes: sólo existe la partidocracia. El poder legislativo, por lo menos en este país, no es más que un funcionariado de lujo en el que se retira la milicia
mediocre del partido o la políticamente quemada, pero sin ningún poder real. Sirve sólo para cumplir el expediente. En cuanto al ejecutivo, a los ciudadanos nos convocan cada cuatro años a una especie de simulacro para su elección, pero en ningún caso la configuración final del congreso será la que ha salido de las urnas. Durante un par de meses nos acarician el lomo para que nos sintamos importantes, y tras la llegada al poder y durante los cuatro años que gobierne nadie le exigirá el cumplimiento de sus promesas. Y finalmente, el poder judicial es elegido por la partidocracia y se doblega a sus intereses. Un poder judicial que sólo se pone la venda de la justicia cuando no quiere ver los abusos del poder ejecutivo y sus secuaces, cuando se atraviesa con impunidad la línea que separa lo público de lo privado.

Y así nos luce el pelo.

Tenemos la inmensa fortuna de la geografía: somos vecinos de Francia y la influencia germana anda cerca. De no ser así seríamos una república bananera más con un tirano salvapatrias al frente.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Efectos colaterales

Otro de los sectores que ha visto descender vertiginosamente su actividad debido al fuerte parón de la construcción ha sido el de extinción de incendios.

sábado, 30 de agosto de 2008

el Duero y algo más

Han sido dieciocho días remontando el Duero a contracorriente como los salmones y... Porto, Vinho Verde, Douro, Ribera del Duero, Rueda, Toro, casi Rioja, Navarra y casi Cariñena, pasando a la vuelta por Penedés. Total, que he cruzado una decena de denominaciones de origen, de las cuales he dado buena cuenta de sus caldos sin acabar de arruinar mi hígado y riñones. Y como he estado tan ocupado, me ha sido imposible y poco seductor buscar un sitio donde poder publicar lo que he ido escribiendo en una libreta durante el camino. Lo haré ahora, respetando más o menos las fechas originales.

parras


Es decir, que las sucesivas entradas de mi ruta del salmón irán apareciendo debajo de esta.

martes, 26 de agosto de 2008

Así da gusto

Para ir a Logroño debemos encomendarnos a un incierto cambio de tren en Miranda de Ebro y aún así llegaremos a las diez de la noche sin la certeza de encontrar un hotel. A Burgos es directo y llegamos a las siete y media, en la guía tenemos una lista de hoteles de esta ciudad y además el cansancio comienza a hacer mella, conque el cambio de planes en el último momento nos parece de lo más razonable. Y qué coño, ¡que en Burgos también se tapea de fábula!

Catedral de Burgos


La última vez que estuve en Burgos estaban rehabilitando la catedral. La recordaba magnífica, eso sí, pero de piedra negruzca y llena de andamios. Hoy la fachada luce un sorprendente tono arenisco que a más de uno le dará por pensar que se han pasado con la limpieza de cutis. Está claro que la memoria visual es muy poderosa y que ante un cambio tan notable lo normal es despertar suspicacias, pero como yo soy de los que piensan que cuando a uno le gusta su trabajo, por fuerza que lo hace bien, no seré quien ponga en duda el trabajo de los restauradores. Eso sí, con este cambio en la catedral ha cambiado el centro de Burgos, pues de ser gris y oscuro, muy medieval en el sentido que le da nuestro imaginario, ahora ha pasado a ser claro y luminoso. Afortunadamente lo que no ha cambiado es el buen hacer en los fogones de los bares de tapeo (“La mejillonera” sigue siendo magnífica y sus bravas insuperables) y restaurantes. O si lo ha hecho, ha sido para mejor… excepto en uno, pues qué chasco con “La cabaña”. En mi memoria estaba rebosante de gente intentando encontrar un hueco por el que colarse hasta la barra, sus bravas eran magníficas, la morcilla y los tigres extraordinarios y el servicio atento y eficiente, y me he encontrado con un local desangelado (debí sospechar al verlo tan vacío), con un par de camareros incompetentes, una jefa con malas pulgas y una cocinera moviéndose a cámara lenta; la morcilla estaba buena, eso sí, porque es lo mínimo que se le puede exigir a un bar burgalés, pero el resto que pedimos para olvidar (de hecho ya lo he olvidado) y los tigres ni siquiera los probé, pues ninguno de los dos camareros fue capaz de recordar mi comanda (sólo lo hicieron a la hora de cobrar). Lo dicho, una verdadera lástima. Así que para borrar el mal sabor de boca, la noche siguiente hemos ido a cenar a tiro fijo al Don Nuño (el Asador de Aranda se alejaba del presupuesto), donde casi me saltan las lágrimas ante la hiperbólica pierna de cordero asado que me he metido entre pecho y espalda, precedida por una sopa castellana y regada con un reserva de Arzuaga, con colofón de postre de la abuela, que es como nuestro mel i mató (a saber, queso fresco con miel y nueces) pero con queso de Burgos en lugar de requesón.

pinchos de la casa


El último día, tras pagar la cuenta del hotel y antes de tomar el tren que nos llevará a Tudela dando una vuelta por Vitoria y Pamplona (los trenes estaban sin plazas y hemos tenido que combinar un par de regionales), hemos aprovechado las escasas dos horas que teníamos libres y, armados con una guía de las mejores tapas de Burgos que lamentablemente hemos descubierto demasiado tarde, nos hemos lanzado a la caza de la delicatesen minimalista con excelentes resultados para el paladar. Así da gusto.

domingo, 24 de agosto de 2008

La España profunda

Llegar a Aranda de Duero a través de un paisaje de almacenes y fábricas de polígono industrial a ambos lados no es la idea que tenía de una bonita ruta por el Duero, pero qué le voy a hacer si la realidad hace todo lo posible por desmontarme el romanticismo previo al viaje. La estación de tren, desierta y aislada, en medio de un paraje desolado, cruzada por varias vías oxidadas y en desuso, me da la sensación de haber entrado en el reparto de un western crepuscular de Sam Peckimpah, o en un cuadro de Hopper, dice ella. Es uno de esos lugares donde la dimensión del tiempo parece no existir. La estación está ahí, siempre ha estado ahí, pero nadie en todo el pueblo lo sabe. Es por eso que cuando el jefe de estación irrumpe ante nosotros como una aparición materializada de la nada (para desaparecer justo después igual que ha aparecido) y nos anuncia que el tren viene con media hora de retraso, no me sorprendo ni me siento contrariado con la noticia. Ni siquiera es resignación, porque ya sé que en esta estación, en esta especie de decorado de un capítulo de "The Twilight Zone", no pasa el tiempo. Este es uno de esos extraños lugares en los que el tiempo sólo desgasta y avejenta.

en medio de ninguna parte


De Peñafiel nos queda el sabor amargo de la decepción, pero es que estaba cerrado por vacaciones tras las fiestas patronales. En Portugal apenas hubo un solo día en que me sintiera extranjero, pero aquí me he visto como un extraterrestre. El hostal está en las afueras del pueblo, junto a la carretera, en una zona rodeada de almacenes y desangelados bloques de viviendas nuevas. Al llegar no nos ha recibido nadie más que un cartel avisando de que hay que ir a por la llave a un bar. Es correcto y funcional, pero impersonal y nada acogedor. Cuando entramos para dejar las maletas de inmediato tenemos ganas de abandonar el pueblo.

Un posterior paseo nos revelará una serie de cuestiones: Por las calles no hay nadie salvo algún turista despistado, adolescentes fanáticos del tunning y, en un parquecillo arbolado junto al río, una congregación jubilados en silla de ruedas. E inmigrantes, muchos inmigrantes rumanos dedicados a la dura tarea de vaciar botellines de cerveza en las terrazas, o vaciar tragaperras, de los pocos bares que quedan abiertos. Porque esa es otra, los restaurantes, poco antes de las nueve de la noche, están todos cerrados. El último descubrimiento, pero no el menos sorprendente, es que el centro histórico de Peñafiel está a las afueras de Peñafiel. Justo en el otro extremo de las afueras donde tenemos el hostal.

Encontramos un bar no demasiado sórdido con comedor al fondo, ahora a oscuras. Preguntamos en la barra y nos dicen que la cocinera llegará sobre las nueve y cuarto, así que para matar el hambre pedimos algo de jamón y una copa de vino. A las diez una camarera rumana teñida de rubio oxigenado empieza a poner las mesas del comedor, sin prisas, y a las diez y cuarto por fin nos sentamos. Sólo hay otra mesa ocupada, pero no será hasta las once menos cuarto que nos pongan los platos en la mesa. El vino, ya que estamos en la cuna de Protos, será un crianza de esta bodega, que nos servirán demasiado frío, recién sacado de la nevera. En el televisor ameniza la velada una selección de las mejores cogidas en los encierros del 2007. Estamos en la España profunda y parece que todo a nuestro alrededor esté pensado para que no nos quede ni un ápice de duda.

sábado, 23 de agosto de 2008

De Salamanca a Peñafiel

La había visitado hace un montón de años, en una ruta que hice con mis padres hace casi treinta años, o quizás veinticinco, no lo recuerdo con exactitud. Por lo tanto, a todos los efectos y salvo algunos detalles que todavía conservaba en la memoria, esta era mi primera visita a esta ciudad, algo que se agradece porque Salamanca invita a perderse por sus calles y sus plazas para así descubrirla. Entrar en la primera tasca que nos crucemos a tomar un vino –¿rioja o ribera? te pregunta el camarero- y una tapa para continuar caminando hasta la siguiente, en la que repetiremos el ritual. Costilla, panceta, riñones, chanfaina, jamón… La elección se hace difícil, aunque con la tranquilidad de saber que sea lo que uno pida, no se va a equivocar.

las conchas de la casa


Cuando hice la reserva, por teléfono, del hostal me preguntaron si prefería una habitación interior o exterior. A las cinco de la madrugada, esta pasada noche, tumbado en la cama con los ojos como platos clavados en el techo mientras escuchaba a las hordas de borrachos berreando por la calle Meléndez, me he arrepentido de mi elección. Es por eso que el trayecto desde Salamanca a Valladolid lo he dormido hasta Tordesillas.

terraza en la plaza mayor arcada de la plaza mayor

Desde tres kilómetros antes de cruzar el Pisuerga, el paisaje junto a la carretera se convierte en el paraíso del promotor inmobiliario, una pesadilla de bloques de viviendas clónicas con sus ridículos parterres con escuálidos arbolitos; una maqueta a tamaño natural hecha con prefabricados, un catálogo de pisos muestra a pagar en cuarenta años con muchas facilidades, lejos de todo y cerca de nada. Poco después, tras cruzar el puente, entramos en la ciudad y el autobús aparca en la cochera. La estación de autobuses de Valladolid nos recibe con banda sonora del Dúo Dinámico y dos relojes: un marca las cinco y el otro las cinco y cuarto. La chica que atiende la taquilla, además de ir estreñida y tener la regla, no sabe los horarios de paso de los autobuses, por lo que nos remite al conductor.

Abandonar la ciudad es un alivio. La carretera ahora cruza un pinar en toda su extensión, sin una sola curva, dando la sensación de avanzar por un túnel hasta llegar a una glorieta con sus indicaciones. Es el primer anuncio advirtiendo de que entramos en tierra de vinos: vamos a Peñafiel. Las oxidadas vías del antiguo ferrocarril que unía Valladolid con Aranda de Duero siguen tendidas paralelas a la carretera en algunos tramos. Pienso que es una lástima que quedara en desuso. Con tantas y tan buenas bodegas en esta zona, qué mejor que hacer la visita en tren. Los pinares continúan saliendo a nuestro paso y comienzan a verse los primeros viñedos. Al fondo una alameda que serpentea el paisaje nos recuerda que estamos siguiendo el curso del Duero. Observo que los pinos de esta zona son distintos a los que se suelen ver junto al Mediterráneo. Son pinares menos tupidos, como aligerados de sus copas. Junto al mar forman un tejido compacto, uniforme y homogéneo, donde las ramas de unos se cruzan con las de los pinos vecinos y las copas se funden y confunden las unas con las otras. Aquí, en cambio, son bosques de pinos individuales, con sus copas bien perfiladas, redondeadas y ligeramente achatadas sostenidas por un tronco recto y estrecho que le confiere una aparente desproporción, como de árbol cabezón.

el coso de Peñafiel


Las indicaciones en la carretera siguen recordándome etiquetas de vino: Quintanilla de Onésimo, Valbuena, Aranda de Duero. Hacia allá continuará el autobús cuando nos bajemos en Peñafiel.

miércoles, 20 de agosto de 2008

La meseta

A Miranda do Douro le sucede lo mismo que a todos los pueblecitos que han padecido un crecimiento desmesurado, que el centro histórico es bonito (en este caso son dos calles principales, una plaza y una iglesia, parcialmente amuralladas) y todo el tejido urbano que las rodea es de una vulgaridad que tira de espaldas. Su situación fronteriza la convirtió en su día en un gran mercado sobre todo de ropa barata para los españoles que viven en Zamora, Salamanca y Valladolid. Y de eso vive todavía, de las compras, la hostelería y más recientemente de bucólicos y bobalicones paseos en barco por el Duero con música new age como banda sonora.

sombras en Miranda do Douro


También es un balcón privilegiado sobre el Duero en su curso fronterizo, del profundo tajo que el lento descenso de sus aguas, con sus crecidas y sus heladas, han surcado en la meseta ibérica, que aquí es protagonista de un horizonte sin fin. A mí estos horizontes sin interrupciones, estas miradas infinitas en que se ven las formaciones de nubes alejándose hasta que se funden en la difusa línea del horizonte siempre me han producido cierta congoja, una sensación de desamparo en la que echo en falta puntos de referencia geográficos a partir de los que me pueda ubicar. Y una vez uno se adentra en España y pierde la referencia del río la sensación empeora. Esa monotonía de paisaje de la dehesa, de los pastos moteados de encinas hasta donde alcanza la vista, de una belleza arrebatadora cuando las sombras se alargan, eso sí, pero en la que no me gustaría perderme porque quizás el primero que me encontrara sería un toro de los que pastan por ahí.

Llegamos a Villarino de los Aires, en la provincia de Salamanca, que es el pueblo de un amigo que nos va a hacer de guía y que antaño fue paso obligado de los contrabandistas que cruzaban el río y puesto avanzado de la Guardia Civil que intentaba evitarlo. Nos libramos por un día de las fiestas patronales, algo que nuestro hígado agradece con un suspiro de alivio. Durante dos días nos dedicamos a recorrer buena parte de la zona sur de la provincia pasando por Ciudad Rodrigo, en la que aprovechamos la visita al casco antiguo amurallado para tomar unas tapas y unos vinos, la Sierra de Francia con su privilegiado mirador y el pintoresco (sus casas parecen sacadas de la Bretaña o Normandía) La Alberca. No hubiera estado nada mal pasarse por Guijuelo (por razones obvias), pero todo no se puede.

en ruta por la meseta


Al regreso vamos por una carretera secundaria cruzando lacónicos pueblos perdidos entre encinares y pastos, que por la forma en que observaban los lugareños nuestra marcha (y por el mejorable estado del asfalto) mucho me temo que no les resultaba demasiado habitual ver gente de paso. Poco después, de nuevo en la meseta, seremos testigos de esas puestas de sol que sólo se dan ahí, cuando por el este la oscuridad acecha y algunas estrellas comienzan a dejarse contar, mientras que al oeste todavía se pueden ver todos los colores rojizos, anaranjados y amarillos de un día que languidece.

día y noche en la meseta salmantina


lunes, 18 de agosto de 2008

Trenes, gasolina y Miranda do Douro

Que el progreso no equivale a mayor bienestar es algo que cualquiera habrá podido, como mínimo, sospechar. La primera vez que pensé en ello fue hará unos veinte años, cuando empezaron a cambiar los antiguos los trenes que iban de Barcelona a Puigcerdà (y a la frontera francesa); trenes que pasaron de ser de mullidos sillones y ventanas abatibles a duras banquetas y herméticamente sellados para poder sufrir a gusto el aire acondicionado y el hilo (grueso cable) musical. Un absurdo considerable teniendo en cuenta que la vía sigue siendo la misma que se trazó antes de la guerra y que en algunos tramos la velocidad no supera los treinta kilómetros por hora.

Lo he vuelto a recordar en Portugal, en la línea férrea que sigue el trazado al dictado del Douro. Ahí los trenes todavía son de esos con sillones mullidos y cómodos, con salitas entre los vagones y, sobre todo, con las ventanas abatibles. Poco importa que sean de gasoil y que el humo entre dentro del vagón en los numerosos túneles que se cruzan durante el trayecto. Lo verdaderamente importante es que uno puede asomar la cabeza y respirar y oler en cada tramo eso que debe ir emparejado con cada paisaje. Es un trayecto vivo y expuesto, nada que ver con los paisajes asépticos tras un doble acristalamiento de los trayectos españoles.

estación de Pinhão


Así he ido, feliz y contento asomando la cabeza por la ventana, con el tibio viento en la cara y acompañando mi pelo desde Pinhão (preciosos los mosaicos de azulejos de la estación) hasta Pocinho, que es donde termina la línea férrea rentable y comienza la deficitaria hasta España, ergo es donde termina el trayecto. A partir de ahí, el autobús es el único modo de moverse en transporte público. Y así es como hemos llegado hasta Miranda do Douro. Y ahí, al dejar el muy civilizado tren, es donde la barbarie ibérica se ha mostrado en toda su plenitud.

el tren del Douro


La carretera abandona el valle del Douro y comienza a ascender. No hace, de hecho, más que ascender hacia la meseta. Al fondo, en el horizonte, uno comienza a percibirla con sus nubes bajas dispuestas marcialmente para que las distancias parezcan mayores, pero todavía los valles menores y peñascos dominan el paisaje. La meseta se mantiene ahí, como un final de trayecto prometido, pero todavía incierto. El autobús se detiene en una especie de estación de servicio que es a la vez aparcamiento y cementerio de autobuses; va a repostar. En España nunca he visto repostar un autobús con todo el pasaje dentro, pero en Portugal parece que es algo habitual. Es más, he aprovechado la parada para bajar a estirar las piernas, y lo que he visto todavía ahora me eriza el pelo del cogote.

El conductor baja y se acerca a un chico de unos veinte años. Parece que se conocen, se cruzan unas pocas palabras, unas risas y el chico va hacia el surtidor de gasolina. Saca la manguera, se cuelga un cigarrillo de los labios y le pide fuego al conductor. Este se lo enciende, le da unas rápidas caladas y se dirige al autobús. Con la mano en la que sostiene el cigarrillo encendido desenrosca la tapa del depósito, se la mete en el bolsillo trasero del pantalón y empieza a cargar gasolina. Acto seguido se acerca el conductor también fumando y poco después se les une otro chico de la gasolinera, que se enciende su cigarrillo con el del otro chico. Se quedan ahí fumando y charlando mientras se llena el depósito hasta que el surtidor deja de servir y emite un pitido. Entonces el chico, con el cigarrillo en la mano derecha, saca la manguera del depósito con la misma mano, se la pasa a la izquierda, busca en su bolsillo trasero el tapón y lo enrosca mientras sujeta con dos dedos el cigarrillo todavía encendido. Al cabo de unos pocos minutos se despiden y los tres tiran el cigarrillo al suelo y lo apagan con el pie.

Unos cuarenta minutos más tarde, milagrosamente hemos llegado a Miranda do Douro.

domingo, 17 de agosto de 2008

Una quinta en Pinhão

Antes de regresar a Pinhão, el taxista nos ha señalado un rincón de la cochera por el que descendía una estrecha escalera entre la pared encalada y una barandilla emparrada. A medio descender, cargando con la maleta a pulso (ya llevaba algunas botellas de vino dentro), una voz de mujer nos ha preguntado si ya habíamos cenado. Todavía no eran las ocho de la tarde.

–Pues todavía no. –Ha respondido ella (mi ella), que iba unos pasos por delante.
–Os estábamos esperando para cenar. ¿Queréis uniros a nosotros?

Abajo, cubierta por un entoldado, una larga mesa espléndidamente servida sobre un suelo de baldosas de loza. Más allá un jardín alfombrado de césped, donde un grupo de personas, ocho en total, conversaban animadamente para matar el tiempo antes de la cena. Al fondo un paisaje de ondulantes viñedos y el sol ocultándose tras las colinas, inundando la escena con los últimos tonos cálidos antes del anochecer. He tenido que apoyar la maleta en el suelo.

–Cenamos ¿no? –Ha insistido ella girándose hacia mí. Para a continuación apostillar, por si había dudas–. Me muero de hambre.
–Yo no tengo hambre pero…
–No es obligatorio… –Ha puntualizado la mujer mientras observaba nuestros titubeos.

En una rápida sucesión de diapositivas, ha pasado por mi cabeza que habíamos comprado comida y vino para ahorrar un poco estos días, que lo estaba cargando todo en la maleta, que nos hemos puesto hasta las trancas de presunto, queijo y vinho verde en una taberna de Amarante antes de tomar el tren y que todavía me lo notaba en la boca del estómago. Y pese a todo he pensado qué coño y he respondido:

–De acuerdo, cenemos con ellos, total…

Quinta do Passadouro


Han sido tres días de refinado reposo en una zona que es famosa por producir los mejores vinos de Porto y Douro; en una quinta que embotella algunos de los más reputados caldos. Unos días desayunando pan con mantequilla y confituras caseras, zumo de naranja recién exprimido y café o té. Días de baños en el río y paseos entre viñedos ordenados en terrazas, surcando el suave perfil de las colinas como las curvas de nivel de esos mapas en los que me perdía viajando cuando de pequeño me encerraba en mi cuarto. De agradables conversaciones en las cenas a las ocho de la tarde, bajo el entoldado de la terraza, probando variedad de excelentes vinos de Douro (unos blancos de Niepoort con algo de crianza, de un color dorado brillante, aceitoso y un ligero aroma almizclado y de sabores a fruta madura, y tintos de Quinta do Passadouro, el uno rojo rubí, joven y afrutado, el otro espeso, color cereza oscuro con reflejos tostados, potente en aromas y un final a cacao quizás) y los insuperables Porto también de Niepoort y Quinta do Passadouro: un alegre Ruby, algunos más que notables Tawny y LBV y un elegante, denso y aromático Vintage de 1999 acompañados de chocolates belgas. Un hermoso espejismo al margen del tiempo y en un espacio propio sin interferencias, pues al regresar a las poblaciones (de ambos lados de la frontera) para tomar trenes y autobuses, de nuevo nos hemos visto rodeados por la barbarie ibérica.

viñedos en Vale do Mendiz


Tras estos tres días llego a la conclusión de que la civilización occidental, nuestra civilización tal y como la conocemos (o idealizamos), no es herencia de la Grecia clásica ni de la antigua Roma imperial, sino que tiene su origen en la Inglaterra victoriana. De los ingleses se puede afirmar, sin temor a equivocarse o a caer en el tópico, que tienen la peor gastronomía conocida y que los vinos que puedan llegar a producir en sus islas no sirven ni como colutorio. Sin embargo es innegable que a lo largo de los años han sabido buscar y encontrar a quien les cocinara y dónde localizar las tierras para retirarse a plantar viñedos para producir excelentes vinos de su gusto.

viernes, 15 de agosto de 2008

Amarante

El tren avanza remontando el Douro pegado a su orilla norte, como siguiendo un camino de sirga. Es un tren de vía estrecha, de un solo vagón. Desde su interior, con su doble hilera de asientos emparejados separados por el pasillo central y al fondo a la izquierda el asiento del conductor, el traqueteo sobre los raíles es la única pista que tenemos para no confundirlo con un autobús. Este, como el que hemos abandonado con prisas en Livraçao entre jirones de un sueño roto bruscamente, es también de gasoil.

Dejamos Porto atrás, con sus colores reflejados en el río, sus bodegas de Porto y sus terrazas de verano, pero también dejamos atrás la miseria, el abandono y la tristeza para hacer parada y fonda en Amarante, en una habitación con una terraza luminosa y floreada colgada sobre el río. Pondré vino a enfriar para celebrarlo.

Aquí en el tren-bus los rostros están sonrosados de sol y sonrientes. Las conversaciones de los pasajeros entre ellos o con el revisor son animadas y salpicadas de risas. A mi lado se sienta una mujer de unos sesenta años, pelo ceniza recogido con un sencillo moño en la nuca y aspecto sano y fuerte, de piel curtida y poblado bigote. Viste riguroso luto. Se descalza y cruza su bastón entre dos banquetas para apoyar unos pies compactos, cortos y anchos, de uñas trasquiladas. Después cubre sus piernas desnudas bajo sus rodillas con un chal de lana, también negro. Con su brazo derecho extendido retira la cortinilla y deja que su mirada se pierda entre el paisaje. Allá abajo, encajado por una estrecha alameda, entre pinos que trepan por las colinas moteadas de pequeñas parcelas de viñedos, retrocede solemne el Támega, amplio y tranquilo, sus verdes aguas apenas lamiendo sus orillas. Va a reunirse con su hermano mayor el Douro, pero sin prisa. Sonrío y pienso que ahora, lo que más me apetece en este mundo es descorchar una botella de vino y tomarla contigo con los pies en remojo.

anochece en Amarante



He descorchado una botella de Tellu’s, tinto de la denominación de origen Douro, joven y afrutado, que tengo al fresco en una regadera. Lo tomo sin prisas mientras escribo estas anotaciones. Ante mí Amarante me ofrece una de sus más hermosas postales: La iglesia con su plaza y el puente de piedra, con su arco de medio punto, ahora iluminado con faroles, que el río me devuelve en reflejo simétrico formando una circunferencia completa bajo sus aguas, que se deslizan sin rizos ni ondulaciones, como un espejo. Tenemos la mejor habitación de Amarante. Sólo me faltas tú, pero ahora lees en la cama mientras yo lleno una sola copa.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Porto

Diría que Porto conserva el distinguido encanto de la decadencia si no fuera porque mi percepción ha sido que Porto no conserva, sino que lleva décadas acumulando decadencia hasta llegar a un punto de difícil retorno. Tiene el aire de colonia británica abandonada a su suerte y que la fortuna le ha dado la espalda. Basta pasear por las calles del centro para toparse en cada esquina con la miseria, con sus edificios abandonados y decrépitos por decenas; edificios enteros que son una fantasmal ruina de ventanales con cristales rotos, puertas desencajadas y paredes desconchadas, muchas de ellas exhibiendo un más que incierto cartel de “se vende” –¿a quién? me pregunto–. No me sorprendería saber que, tras la fachada fluvial, no vive nadie en esas calles. Nadie salvo los mendigos que revolotean alrededor de las terrazas y los grupos de borrachos que pasan los días bebiendo en los parques.

Y pese a todo, es una ciudad hermosa.

Hermosa para el viajero que esté de paso, porque vivir en Porto, o por lo menos vivir en el centro de la ciudad, debe ser para deprimirse. Sin contar las risas de los borrachos (risas que se convertían de repente en gritos y broncas), no vi reír a nadie en Porto. No vi felicidad en sus gentes. Uno pudiera pensar que se trata de una melancolía de fado, pero no es ese tipo de tristeza, sino más bien cierta desesperanza, ese tipo de abatimiento del que se siente olvidado por todos.

Y pese a todo ello, Porto es una ciudad bellísima.

Porto


A través de la puerta, abierta de par en par, se puede ver una cama pulcramente acolchada, un armario desvencijado y algo de ropa tendida en unas cuerdas que cruzan la escueta habitación. Sentada tras esa puerta, en el maravilloso balcón al Douro que es el estrecho muelle de Bacalhaeiros, una anciana enlutada escucha fados. El portal anterior está cerrado a cal y canto, deshabitado, como casi todos los portales del centro de Porto. El posterior es un bar con un par de mesas ocupadas en el exterior y vacío en su interior. El río discurre pausado en este atardecer frío; apenas unas pinceladas pintan sobre su superficie los reflejos de un sol que se hunde más allá de la desembocadura rodeado de toda una paleta de amarillos y naranjas. Dejo la puerta atrás y la voz de Amália llega con nitidez hasta mí. Para la anciana, ella es la única persona que le queda de sus años felices.

martes, 12 de agosto de 2008

Habla, memoria

Vladimir Nabokov es un prisma de infinitas facetas, un autor que disfruta tocando muchas teclas y que con ello hace que el lector lo pase en grande; por lo menos el lector exigente. En él encontraremos desde una bellísima evocación de un paisaje, o de un instante –“¡Acariciad los detalles! ¡Los divinos detalles!” les aconsejaba a sus estudiantes de literatura–, hasta la crítica mordaz y ácida de todo aquello que merece ese trato según su criterio.

Una levísima muestra de esto que digo son estos pasajes transcritos de “Habla, memoria”, su personal y atípica autobiografía.

La tormenta pasó rápidamente. La lluvia, que había sido toda una masa de agua que caía con violencia y bajo la que los árboles se retorcían y balanceaban, quedó reducida de golpe a unas líneas oblicuas de oro silencioso que se rompían para formar trazos cortos y largos contra un fondo de menguante agitación vegetal. Golfos de voluptuoso azul iban ensanchándose por entre las grandes nubes: montones y más montones de blanco puro y gris purpúreo, lepota (palabra del ruso antiguo que significaba "belleza señorial") y móviles mitos, guache y guano, por entre cuyas curvas se podía distinguir una alusión mamal o la mascarilla de un poeta.
La pista de tenis quedaba como una región de grandes lagos.
Más allá del parque, por encima de los vaporosos sembrados, se formó un arco iris; los sembrados terminaban en la mellada frontera oscura de un lejano bosque de abetos; parte del arco iris lo cruzaba, y esa parte de la esquina del bosque rielaba mágicamente a través del verde y del rosa pálidos del irisado velo corrido ante él: una suavidad y un esplendor que convertían en parientes pobres a los reflejos coloreados de forma romboide que el regreso del sol hacía brillar en el piso del pabellón.
Un momento después comenzó mi primer poema. ¿Qué fue lo que lo disparó? Creo que lo sé. Sin que soplara la menor brisa, el puro peso de una gota de lluvia, brillando con parasitario lujo sobre una hoja cordiforme, hizo que su punta se inclinara, y lo que parecía un glóbulo de mercurio llevó a cabo un repentino glisado por la vena central, y luego, tras haber descargado su luminosa carga, la aliviada hoja se enderezó. Tip, leaf, dip, relief: el instante que hizo falta para que ocurriera todo eso me pareció no tanto una fracción de tiempo como una fisura abierta en él, un latido omitido, que inmediatamente fue reembolsado por un tamborileo de rimas: digo "tamborileo" de forma intencionada, pues cuando por fin sopló una ráfaga de viento, los árboles comenzaron a gotear rápidamente y todos a la vez, en una imitación del reciente aguacero tan tosca como la que la estrofa que ya empezaba a murmurar hacía de la maravillada conmoción que experimenté cuando durante un momento hoja y corazón fueron una sola cosa.

Recuerdo el ensoñado fluir de bateas y piraguas en el Cam, el gimoteo hawaiano de los fonógrafos que pasaban lentamente bajo el sol y sombra, y una mano de muchacha haciendo girar hacia un lado y luego hacia el otro el mango de su luminosa sombrilla mientras permanecía tendida sobre los almohadones de la batea que yo pilotaba ensoñadamente. Los castaños de rosados conos estaban en todo su esplendor; formaban masas que se trasladaban en los márgenes y se amontonaban sobre el río hasta dejarlo sin cielo, y su especial ritmo de hojas y flores producía un efecto en escalier, una figuración angular de cierto espléndido tapiz verde y rojo claro. El aire estaba tan templado como en Crimea, y tenía el mismo olor dulce y esponjoso de cierto matorral florido cuyo nombre jamás he logrado identificar (posteriormente me llegaron sus aromas en los jardines de los estados del Sur). Salvando la estrecha corriente, los tres arcos de un puente italianizante se combinaban para formar, con ayuda de sus copias acuáticas, casi perfectas y casi libres de ondulaciones, tres encantadores óvalos. El agua proyectaba a su vez fragmentos de luz de blonda contra la piedra del intradós bajo el que se deslizaba la embarcación. De vez en cuando, desde algún árbol en flor, caía, lenta, lentísimamente, un pétalo, y con la extraña sensación de estar contemplando una cosa que no estaba hecha para los ojos del creyente ni tampoco para los del profano, procurabas vislumbrar su reflejo que, velozmente —más veloz que el pétalo en su caída—, subía a reunirse con él; y, durante una fracción de segundo, temías que el número fallase, que las llamas no prendiesen el bendito aceite, que el reflejo no acertase y que el pétalo se alejara flotando, completamente solo, y, no obstante, la delicada unión se producía todas las veces con la mágica precisión con que la palabra de un poeta se encuentra con su propio recuerdo, o con el del lector.

(…) Podría resultar valioso analizar los aspectos filogenéticos de la pasión que los niños varones sienten por las cosas montadas sobre ruedas, sobre todo los ferrocarriles. Naturalmente, ya sabemos lo que pensaba al respecto el Curandero Vienés. Dejaremos que él y los suyos sigan dándose codazos y empujones en su vagón de pensamiento de tercera clase, mientras viajan por el estado-policía del mito sexual (por cierto, qué gran error por parte de los dictadores el haber ignorado el psicoanálisis: ¡toda una generación hubiese podido ser fácilmente corrompida por ese procedimiento!). La rapidez del crecimiento, la velocidad cuántica del pensamiento, la montaña rusa del sistema circulatorio..., todas las formas de vitalidad son formas de velocidad, y no es de extrañar que los niños que están creciendo pretendan aventajar a la Naturaleza con las propias armas de la Naturaleza, llenando una mínima extensión de tiempo con un máximo de disfrute espacial. No hay en el ser humano ninguna cosa tan profunda como el placer espiritual que se puede obtener de la explotación de las posibilidades de superar en fuerza de arrastre y velocidad a la gravedad, de vencer o imitar el tirón de la tierra. La milagrosa paradoja que supone el hecho de que los objetos redondos conquisten el espacio por el simple procedimiento de caer una y otra vez, en lugar de avanzar alzando laboriosamente unos pesados miembros, debió de suponer para la humanidad joven una saludabilísima conmoción. (…)


Hay más, muchísimo más. Pero sería lamentable fragmentar una obra tan hermosa solamente para que yo pueda añadir una entrada más a este blog. Hay que leerla (y releerla si es necesario).


(sugerencia de consumo)
Nabokov entrevistado por Bernard Pivot en Apostrophes (subtitulado en español). Como anécdota, en este programa literario no se servía bebidas alcohólicas a los invitados. Sin embargo Pivot vertió whisky en una tetera, que fue sirviendo al escritor durante la entrevista. Al terminar, éste le preguntó: "¿Un poquito más de té, monsieur Nabokov?"



Segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta partes de la entrevista. En total una hora de duración.

lunes, 11 de agosto de 2008

Barcelona en postales (II)

Lo prometido es deuda, así que continúo con la serie de fotografías recreando postales de Barcelona hace más de un siglo.

Construcciones Modernas, Rambla de Cataluña, num. 126

Construcciones Modernas, Rambla de Cataluña, num. 126

Para esta primera postal echo mano de mi cajón (de)sastre para rescatar otra fotografía que hice hace ya algún tiempo. La postal en cuestión es de la serie "Construcciones Modernas", e inmortaliza el edificio situado en la Rambla de Catalunya número 126 (en esa época), obra del arquitecto Puig y Cadafalch. Actualmente es, junto a la ampliación en la parte posterior, la sede de la Diputación de Barcelona. Sé que fue una ampliación polémica, sin embargo, como ya dije en su día, a mí me gusta el contraste que provoca.

Santa Maria del Mar, Puerta del Borne

Santa Maria del Mar, Puerta del Borne

Antiguamente aquí estuvo el Barrio de la Ribera, el que fuera floreciente barrio de mercaderes entre los siglos XIII y XVI, cuyos palacetes todavía se conservan en la calle Montcada. Sin embargo su decadencia culminó con la Guerra de Sucesión, tras la cual se derribó buena parte del barrio para construir una ciudadela militar. A finales del S.XIX se derribó esa ciudadela para construir el Mercado del Borne, que pasó a ser el gran mercado de la ciudad. Durante el S.XX fue un barrio básicamente pobre y miserable, hasta que a finales de siglo y sobretodo ahora se ha convertido en feudo de guiris y de bolsillos abultados con ínfulas de bohemia.

Calle Balmes, casa Lebon

Calle Balmes, casa Lebon

La sede de la que fuera la Compañía Española de Electricidad y Gas Lebon, compañía catalana asociada a la francesa Lebon que debe su nombre al ingeniero Philippe Lebon, que en 1801 demostró que el gas se podía usar tanto para calentar como para alumbrar. Es conocida como Casa Lebon y obra del arquitecto Francesc de Paula; situada en la confluencia de la calle Balmes con la Gran Vía. Hoy en día es la sede en Barcelona de la Mútua Universal.

La galería completa en jordipostales.

domingo, 10 de agosto de 2008

Something

Supongo que a estas alturas ya no debe quedar ninguna duda al respecto. Ya lo comenté en su día, pero por si acaso me reafirmo: George Harrison compuso, si no las mejores, sí las canciones más bonitas de los Beatles. Punto. Y para muestra un botón.

(sugerencia de consumo)
While My Guitar Gently Weeps, de George Harrison (y los Beatles)


Something, de George Harrison (y los Beatles)


En el vídeo promocional de Something, que no son más que unas tomas de paseos románticos por el campo de los cuatro Beatles (por separado, que hasta ese punto ya no se soportaban) con sus respectivas parejas, la preciosidad rubia que aparece justo al inicio, y que más tarde va paseando con Harrison, es Pattie Boyd, quien tiene en su haber el haber sido musa de, al menos, tres de las más hermosas canciones de amor que se hayan compuesto: la propia Something, de George Harrison, y Layla y Wonderful Tonight de Clapton. Son las ventajas de ser una groupie guapa.

A propósito de la primera, Frank Sinatra en su día la calificó como la canción de amor más bonita que había escuchado y la mejor composición del dúo Lennon/McCartney, lo cual debió ser un buen mazazo para sus hipertrofiados egos.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Barcelona en postales

Hará cosa de un mes que me tropecé en Flickr con una estupenda colección de postales antiguas (finales del S.XIX y comienzos del S.XX) de Barcelona. Estas cosas, el cómo era o qué había en tal o cual esquina de mi ciudad, hace más de cien años, siempre me han fascinado, no lo puedo evitar. Así que desde entonces he estado mirando esa galería, observando los detalles, memorizando los encuadres de las casi seiscientas postales del álbum correspondiente a la ciudad condal. Y también desde entonces que estoy fantaseando con la idea de recrear, sino todas, sí unas cuantas de esas postales en la actualidad, para después aparejarlas y contrastar lo que fue con lo que es.

Es probable que en mi selección inicial haya sido demasiado ambicioso. Muchas de esas fotografías fueron tomadas desde azoteas y, ya sea porque no he sabido llamar a los timbres adecuados, ya porque la ciudad está harta de ser fotografiada por millones de turistas cada año, la cuestión es que no he conseguido franquear ninguna puerta que me permitiera repetir esa misma toma. Y de momento he descartado el allanamiento de morada, máxime cuando mi intención es publicar la prueba de mi delito.

Bien, no me extiendo más. Aquí os dejo una primera muestra de lo que irá viniendo en próximas (y no eslabonadas) entregas.

Calle Aragón

Calle Aragón

El tren pasando por la calle Aragón, entre Rambla Catalunya y Paseo de Gracia, frente a la sede de la Editorial Montaner i Simon, obra del arquitecto Domènech i Montaner, y actualmente sede de la Fundació Tàpies. Las vías fueron cubiertas en la segunda mitad de la década de 1950.

Calle Fontanella

Calle Fontanella

La calle Fontanella desde la Plaza Catalunya. Como se puede observar, los señores de El Corte Inglés tienen bula para todo, incluso para este tipo de abominaciones arquitectónicas (el mamotreto de la izquierda) que ahora afean toda la plaza e insultan el buen gusto estético.

Monumento a Colón con embarcadero de Portal de la Pau

Monumento a Colón con embarcadero de Portal de la Pau

Monumento a Colón (ahí donde la negra flor) con el embarcadero del Portal de la Pau en primer término. Actualmente el Edificio Colón, el primer rascacielos que se construyó en Barcelona, se disputa el plano con el monumento.

La galería completa en jordipostales.

lunes, 4 de agosto de 2008

Rarezas a petición

Hará unos veinte años me tropecé con una rareza de Hendrix, que obviamente acabé comprando. Es, sin ningún género de dudas, la peor de todas las grabaciones que existen de Hendrix, y pese a ello no me arrepiento en absoluto de haber comprado ese vinilo.

Cuenta la leyenda que Hendrix frecuentaba el Scene Club cuando andaba por NY. Le gustaba el ambiente del local y además solían improvisarse jam sessions. Ahí conoció a Zappa en 1967, por ejemplo, cuando coincidió que Mothers of Invention tocaban en un local adyacente. En marzo de 1968 se encontraron ahí, además de Hendrix, Buddy Miles (que más tarde fue el batería en la mítica Band of Gypsys) y Jim Morrison. Para agrandar la leyenda, alguien quiso incluir en esa sesión a Johnny Winter, algo que él mismo ha desmentido en numerosas ocasiones, asegurando que jamás conoció en persona al líder de The Doors.

Bien, la cuestión es que todos andaban bastante pasados de vueltas y mientras Hendrix intentaba tocar la guitarra manteniendo la vertical, Morrison se dedicó a cantar… o más bien a gruñir, gritar e insultar al “respetable”. Quiso la providencia que ese día Hendrix llevara una grabadora, así que el esperpéntico resultado quedó inmortalizado para siempre. Después las cintas fueron pasando de mano en mano hasta que alguien decidió editarlas y publicarlas. Veinte años después yo lo compraba en una pequeña tienda de discos junto al Hospital de Sant Pau de Barcelona.


(sugerencia de consumo)
Morrison’s Lament / Tomorrow Never Knows con Hendrix y Jim Morrison en el Scene Club de NY

domingo, 3 de agosto de 2008

Vinilos

Llevo una semana monotemático, como un niño con juguetes nuevos. O mejor como el adulto que se acaba de comprar ese Escalextric que tanto anheló en su infancia. Así estoy desde el jueves, poniendo un vinilo tras otro en el tocadiscos en plena era del mp3.

El otro día me preguntaba cual debía ser el último vinilo que compré. No lo recuerdo, pero seguramente fue algún concierto pirata del sello Swingin’ Pig. De eso hará unos quince años... Hasta ayer que recuperé mi vieja costumbre. Fue una sensación extraña. Entrar de nuevo a una tienda llena de cajones con vinilos, empezar a pasar las portadas con ese gesto de los dedos tan característico y que durante un tiempo me resultó tan familiar. Fui prudente, me contuve y sólo compré cuatro. Uno, el “Icky Thump” de los White Stripes (innecesariamente doble, pues dura menos de cincuenta minutos), publicado el año pasado. El resto (“Andy Warhol” de la Velvet Underground, “Let it Bleed” de los Stones y “Blood On The Tracks” de Dylan) hace casi cuarenta años. Y es que comprar cedés no me pone lo mismo que comprar vinilos, es casi como bajarlos de la red. Será que soy de la vieja escuela.

Todos estos años relegados a un segundo o tercer plano les han sentado muy bien. Recuerdo que, salvo excepciones, la calidad del vinilo fue decayendo en plena efervescencia del cedé. Cada día los hacían de menor grosor, como las compresas. Pero veo que ahora no. Que los vinilos que se venden ahora tienen un grosor considerable y un peso que ronda alrededor de los ciento cincuenta gramos, lo cual es de agradecer. Por si no tenía suficiente con mis vicios habituales, temo que he recuperado uno que provocará notables estremecimientos en mi ya de por sí temblorosa economía.


(sugerencia de consumo)
en el vinilo In Concert de los Derek & The Dominos suena Why Does Love Got To Be Sad