domingo, 15 de abril de 2007

La excelencia

A menudo pienso que soy alérgico al término medio. Todo lo que me gusta lo conduzco al exceso. Por el contrario, cuando algo o alguien no es santo de mi devoción, procuro evitarlo y no hago ningún esfuerzo por disimularlo. Si en una conversación se habla de música, libros o vino, mi elocuencia formará una imagen distorsionada de mí en quien no me conozca, pues soy de natural reservado. Pero si se habla de algo que no encuentro interesante, permaneceré en silencio e incluso ausente. Me produce cierto rechazo la banalidad, me siento incómodo. Y reconozco que eso es un problema, pues ese es precisamente el material del que están hechas las relaciones sociales.

De pequeño aprendí que había que buscar la excelencia, y el no obtenerla me hacía sentir mal. No un fracasado, pero sí insatisfecho. Hay un montón, quizás demasiadas cosas, que no he hecho por saber que el resultado no sería satisfactorio para mí. Esa cita de Wilde, soy una persona de gustos sencillos, sencillamente me gusta lo mejor, a veces pesa como una losa.

El binomio esfuerzo satisfacción es muy acusado en mí. No puedo implicarme en algo que sé no me satisfará el resultado. Eso lo veo, por ejemplo, en el trabajo, con frecuencia demasiado tedioso. Escribir es distinto, pues aunque a menudo no me satisface el resultado, el mero hecho de hacerlo ya es una satisfacción. Y eso es un resultado en si mismo.

Los que me conocen personalmente y los que me leéis con cierta frecuencia sabéis de mi gusto por la música. No suelo mencionar la música clásica pues, aunque me gusta, ni siquiera llego a considerarme aficionado. Tengo algunos discos y ocasionalmente los escucho, igual que también voy a algún concierto. Pero para un desconocedor del género es difícil acercarse a ella, dada su vastedad y la poca difusión que tiene. Algo parecido pasa con el jazz, pero sin duda ahí me he mostrado más receptivo. De todos modos, siempre que escucho alguna melodía, o alguna referencia sobre cierta pieza, procuro acercarme a ella.

Me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Volvamos a la cita de Wilde. Mi desconocimiento de esta música me obliga a asesorarme en las tiendas. Estoy buscando cierta melodía, intento tararearla, o digo dónde lo he oído. Una vez localizada, pregunto por el mejor intérprete y, ante la duda, me decanto por Deutsche Grammophon. Así llegué a Rostropóvich al chelo, Narciso Yepes a la guitarra en el Concierto de Aranjuez –Paco de Lucía es el mejor en flamenco- o Glenn Gould al piano. Y ya tiene guasa lo que me he recreado, porque es precisamente sobre este pianista que quería yo escribir.

Sabía que Glenn Gould está considerado el más grande pianista de todos los tiempos. Sus grabaciones de sonatas de Mozart, Beethoven y sobretodo Bach son reconocidas de forma unánime como verdaderas joyas de la música. Es por eso que cuando quise tener las Variaciones Goldberg, de Bach, me recomendaron las que grabó este pianista canadiense en 1981. Lo que desconocía por completo era su leyenda de personaje excéntrico, algo que descubrí hace unos días a raíz de un reportaje publicado en la prensa.

Buena parte del mito se debe a la extraña postura que adoptaba frente al piano, sentado en una silla paticorta, encogido sobre si mismo, la nariz casi a nivel del teclado, como olfateándolo. Todo en él era gesticulación durante la ejecución de la obra. Además tarareaba las piezas. Si algún técnico de sonido hubiese tenido la feliz idea de acercarle un micrófono a la boca, hoy tendríamos las célebres piezas de Bach para piano y tarareo titutitu tiruti titutitu tiruru…

Pese a las airadas críticas, se retiró de los escenarios a los 34 años para centrarse en exclusiva a las grabaciones de estudio, aunque también desde su peculiar forma de concebir la música. Se propuso dejar un amplio legado musical, y para ello se dedicó a grabar cada pieza
una sola vez. Nunca repitió una grabación, con una sola excepción. De las Variaciones Goldberg hizo dos grabaciones, una a los 20 años y otra cerca de la cincuentena. Consideró que esta pieza, al ser en cierto modo de libre ejecución, el factor edad podía, en si mismo, aportar una variación a la obra.

Si estáis interesados en saber más sobre él, aquí tenéis el enlace al reportaje, y aquí sobre su ejecución de las Variaciones Goldberg. Los vídeos son de la segunda grabación de esta pieza, en 1981.

Variaciones Goldberg 8-14

Variaciones Goldberg 1-7

Ah, por cierto. Para mi propia tranquilidad, Glenn Gould murió en 1982. Y yo no tuve nada que ver.

6 comentarios:

CeLia dijo...

he tenido que dejar todo lo que estaba haciendo.
Le he enchufado los cascos al portatil, para que el sonido fuera mejor, y afuera llovía un poco
y eso
que me he quedado así, dame tiempo para levantarme.

(estoy emuleando)

tengo que buscar(te) algo bonito para devolverte el regalo. ya me tienes asiduamente.

arrebatos dijo...

Celia, tú escribes bonito, no hace falta que busques ningún artificio.

Por cierto, tu perfil no me lleva a ningún lado. Aunque sé que te tengo en el café.

Xavi dijo...

no sabía apenas nada del señor Gould. Gracias. Si me gusta pasar por aquí, entre muchas razones, es porque me gusta el discurso que elaboras para compartir tus cosas.

Pitima dijo...

Comparto tu alergia a lo mediocre. Es fatal, sobre todo cuando te sabes mediocre en tantas cosas que te gustan, como es mi caso. A veces la ignorancia es mejor que estar a medio camino de la excelencia. Bah.. Lo mejor es no detenerse y seguir caminando??. Por cierto, excelente blog (jeje), lo que escribes me capta, aunque no siempre me siento a la altura de comentarte, pero te visito a menudo (desde hace bien poco que te encontré).

arrebatos dijo...

pitima, cada respuesta te lleva a nuevas preguntas. Quizás sea por eso que cuanto más sabes, más eres consciente de lo que no sabes.
No sé de quién leí que, por mucho que leyera, entre los que se habían escrito y los que se publicaban, cada día que pasaba sabía que le quedaban más libros por leer. Y que eso le hacía sentir cada día más ignorante.
Sin duda que la ignorancia absoluta conduce a la felicidad. Pero también conducen a ella muchas otras cosas.

Luis Rivera dijo...

No solamenre Gould tarareaba la melodia, Arrebatos. Casasls tiene grabadas piezas en las que, con la primera nota atacando las cuerdas del cello, suena una especie de mugido-gemido de animal herido en la nota y tonalidad adecuada, para arrancar. Se nota mucho en el concierto que grabó en la Casa Blanca, ante Kenedy. Especialmente en una pieza de Couperin. Fué la primera vez que lo oí y luego pude oirlo en otras piezas que ya nno escucho porque las tengo en LP antigüos.
Estoy disfrutando con este blog, así que seguiré visitándolo.