miércoles, 4 de abril de 2007

Sombras

La luz de los semáforos va cambiando de color con precisa monotonía, dejando paso alternativo a los escasos coches que circulan por la calle a esa hora de la noche. Las farolas, tamizadas por la fina llovizna, derraman reflejos en círculos sobre la acera mojada. Un hombre con las manos hundidas en los bolsillos de su gabardina, mira las novedades editoriales a través del cristal del escaparate iluminado de una librería. Después se aleja con la cabeza hundida entre los hombros, el mentón pegado a su pecho para que el frío no se cuele por el cuello abierto de la camisa. Los mechones de pelo mojado se adhieren a su frente. El agua se acumula en sus cejas hasta que una gota se desprende, recorre su nariz helada hasta la punta y salta a un vacío que detiene su gabardina calada.

Camina apresurado. Para mojarme más deprisa, piensa. Con su cuerpo encogido va atravesando la bruma que se cierra a su paso, sin dejar ninguna estela tras de si. Siente el dolor de los pies fríos y mojados a cada paso, a cada movimiento que articula con un crujido. No piensa más que en llegar a casa y sumergirlos en agua caliente. Las farolas hacen surgir de sus pies múltiples sombras que van creciendo y encogiéndose, hinchándose sin volumen para soltar después el aire, respirando, adaptándose al terreno. Frente a él una sombra crece diluyéndose, deformándose desde el patrón de su perfil, mientras a su lado otra se empieza a formar en la pared, doblándose por las rodillas hacia el suelo hasta alcanzar sus pies, que empiezan a absorberla, a atraerla, arrastrándose por la pared hasta desaparecer para volver a crecer delante suyo hasta diluirse.

Sube la escalera de una calle empinada y las sombras se hinchan y encogen, saltando por los escalones, doblándose en acordeón. O en bandoneón. Sonríe su ocurrencia volver con la frente marchita, la frente empapada. Intenta silbar pero tiene los labios amoratados y sólo saltan gotitas de agua. Tararea mientras gira a la derecha por el callejón oscuro, al fondo otra vez las farolas. Ahora no tiene sombras. Todo es sombra y escucha el chapotear de sus pies en los charcos y el borboteo de los ríos sin nombre saltando hacia las alcantarillas.

Sale otra vez a la calle iluminada, un paso y después otro hacia la luz y se detiene. De sus pies no sale ninguna sombra. Mira hacia atrás a la calle oscura y hacia delante al portal de su casa. Vuelve a agachar la cabeza y de sus pies no sale ninguna sombra. Maldice volver, con la frente marchita, y hacia la calle oscura desanda sus pasos. No los desando, los vuelvo a andar, piensa mientras crujen las articulaciones entumecidas. Se sumerge de nuevo en la sombra, caminando despacio esta vez. Se detiene, mete la mano bajo la gabardina y tantea con dedos insensibles en el bolsillo del pantalón. Le duelen las uñas. Saca un mechero, lo enciende y lo acerca a sus pies, agachado. Unos segundos de incertidumbre dónde estará hasta que vuelve a aparecer su sombra, angustiada y lastimera, agarrándose con fuerza a las suelas de sus zapatos para no perderse de nuevo. Regresa despacio hacia la calle iluminada, se asegura de que sigue ahí, y continúa un paso y después otro con sus múltiples sombras que van creciendo y encogiéndose a sus pies, hinchándose sin volumen para soltar después el aire, respirando, adaptándose al terreno.

5 comentarios:

Rain dijo...

Le diste vida a un personaje Extraño, el hombre de las sombras que sin ellas se siente más solo....

Bien creaada la atmosfera. Óptimo relato.

Salute.

Naktub dijo...

Acabo de caer en tu blog, mientras andaba en mi propio efecto Calamaro.
Seguiré leyendo a ver qué encuentro por aquí.
Saludos,

arrebatos dijo...

rain: Sigo buscando. Ya no el relato óptimo, sino el buen relato. Las palabras que consigan transmitir una pequeña fracción de lo que me gustaría contar. El relato perfecto sólo está en manos de unos pocos admirados genios.

naktub: Todo el mundo es bienvenido aquí, para compartir sus arrebatos con los míos.

Rain dijo...

Cuando he leído cuentos de un escritor considerado como genio, lo escuchaba dentro de mí como imperfecto.
De una imprefecciòn gloriosa.


Hay cuentos perfectos, onsoportables (en el peor sentido)

:) Salute.

arrebatos dijo...

Cuando pienso en el cuento perfecto, pienso en aquel que de tan simple ya no se puede mejorar. Es la mínima expresión narrativa donde todo encaja sin aristas. Como si siempre hubiera existido así.

Pienso en "Continuidad de los parques" de Cortázar, "El cuento de navidad de Auggie Wren" de Auster, "El hombre de la esquina rosada" de Borges, "Putas asesinas" de Bolaño. Pienso en Roald Dahl, Poe...

Pienso demasiado Rain.