viernes, 9 de mayo de 2008

Narrativas (V). Relato

Primero fue un perceptible descenso en la intensidad de la luz, seguido de un parpadeo en el panel que informa del número de planta. Después, la música ambiental dejó de sonar; se escucharon algunos chispazos, como si estuvieran saltando palomitas en alguna parte, y acabó con una fuerte explosión. En ese momento se apagaron todas las luces y el ascensor se detuvo con una brusca sacudida que le hizo tambalearse. ¿Qué había pasado? Intentó recordar el último número que había mostrado el panel y una sensación de vértigo le subió por la espalda hasta la nuca, extendiendo un hormigueo por todo el cuerpo. ¿Era el diecinueve? Estaba completamente a oscuras. La luz de emergencia no se había encendido. Con la espalda apoyada en una de las cuatro esquinas empezó a respirar profundamente, hinchando el pecho y expulsando el aire hasta vaciar los pulmones antes de volver a aspirar. Se aflojó el nudo de la corbata. Debía concentrarse en la respiración y sólo en eso para calmarse. Era lo que le habían enseñado en el curso de relajación. Sentía, prácticamente escuchaba, el bombeo de la sangre en sus sienes. A parte de eso nada más. Ningún ruido. Ninguna voz. El silencio era tan absoluto que incluso resultaba molesto en los oídos. Empezó a silbar una melodía y después a tararear. Se sonrió al darse cuenta de que había escogido “Always look on the bright side of life”. Respiró profundamente una vez más; con los hombros hacia atrás tensó y giró a lado y lado el cuello hasta que crujieron las cervicales y, ya más sereno, buscó el móvil en el bolsillo interior de la americana para tener algo de luz. “Las nueve y cuarto: llegaré tarde a cenar”, pensó. En dos pasos cruzó el ascensor en diagonal hasta el panel y pulsó el botón de alarma. A continuación llamó al 080 para avisar de su situación y después a su mujer. Le explicó que se quedaría en la oficina un rato más, que no lo esperara. No quería alarmarla sin necesidad. Ahora sólo quedaba esperar. Se quitó la americana y la dobló cuidadosamente para dejarla en un rincón, junto con su cartera de mano. Empezaba a hacer calor ahí dentro. Después, con la luz del móvil, empezó a inspeccionar el ascensor, para distraer su nerviosismo. Era todo de paneles de metal pulido excepto el espejo del fondo y el suelo, que parecía de mármol al igual que el suelo de las plantas. Las puertas eran de doble hoja y cerraban herméticamente, dejando apenas una estrecha franja entre las planchas metálicas por donde se intuía un perfil de goma. ¿Cuánto aire consume un hombre en una hora? Sacó un cortaúñas de la cartera para hurgar en esa junta. Parecía difícil que se pudiera abrir haciendo palanca con eso. Y tras esa había otra puerta en cada una de las plantas. Dirigió la luz hacia el techo. Tres filas de tres focos, ahora ciegos, y en un rincón lo que parecía ser una tapa. Se puso debajo y extendió el brazo, intentando llegar sin éxito. Echó un vistazo, pero no había nada que pudiera servir de apoyo para poder llegar hasta arriba. Pensó en dar un salto, pero la sensación de vértigo en las piernas le hizo desistir. Seguro que el ascensor aguantaría, pero le pareció innecesario. No podían tardar demasiado, pensó. Volvió a mirar el reloj: las nueve y veinticinco. ¡Qué lento estaba pasando el tiempo! Iba a llamar otra vez a los bomberos cuando se escuchó una terrible explosión y todo el ascensor se tambaleó. Se encogió en un rincón, con las manos sobre la cabeza. “¡Joder!”, exclamó. Poco después algo, quizás una plancha, se precipitó sobre el techo con un ruido metálico. Su situación se estaba poniendo fea. Ahora, a través de sus oídos, sólo escuchaba un desagradable pitido que en nada le ayudaba a calmarse. Todavía en cuclillas en su rincón, empezó a oler a plástico quemado, como cuando se quema un cable. A tientas buscó el móvil por el suelo, avanzando de rodillas. Se incorporó y notó que tenía la camisa pegada a la espalda. El calor empezaba a resultar sofocante. Dirigió la luz hacia el techo y observó que entre las juntas de la trampilla empezaba a colarse un espeso humo que se iba acumulando en la parte alta de la cabina. Se oyó un chasquido y el ascensor empezó a caer, deteniéndose de nuevo con una tremenda sacudida que le transmitió una punzada de dolor en cada una de las vértebras de su espalda, como un latigazo, y lo lanzó desmadejado contra el suelo. Asustado, aturdido y con un intenso dolor en el brazo izquierdo, sin poder levantarse, atendió la llamada de teléfono. “Por favor, sáquenme de aquí”, balbuceó al que se había identificado como jefe de bomberos. “¿En qué planta? –titubeó–. Estaba en la diecinueve… Pero he caído unos metros… No lo sé, pero sáquenme de aquí, por favor…”. Notó algo caliente y viscoso en su mano derecha, la que sostenía el teléfono pegado a la oreja. Estaba manchada de sangre que le corría por la muñeca tiñendo de rojo el puño de la camisa. “Dios mío…”, murmuró. El olor de su propia transpiración se mezclaba con el irritante hedor a plástico quemado. La garganta le quemaba al respirar. Un nuevo chasquido le heló la sangre y de repente tuvo la sensación de que el estómago, los pulmones, todos sus órganos, le subían por el esófago.

1 comentario:

Relatos gratis dijo...

Podrias publicarlo a www.topfanfics.com ;)