jueves, 26 de enero de 2006

Silencio

Estaba sentado en un banco de madera, junto a un camino que atraviesa como sierpe un verde prado, moteado de hojarasca, con sombras azuladas por la persistente escarcha de la mañana. Y ya es mediodía. Me siento al tibio sol del invierno mientras tomo un café en un vasito de plástico. Y escucho el silencio, atento. Pero el silencio como ausencia de todo sonido no existe. Siempre está el suspiro del viento al pasar entre las hojas, el brillante cascabel del río entre las piedras o el pájaro. Y en última instancia, en ausencia de todo lo anterior, nos quedará el fluir de la sangre en nuestras venas, el latir del corazón o el silbido en los oídos. Porque el silencio absoluto es tan doloroso e insoportable que los oídos, como mecanismo de defensa, deciden zumbar por si solos.

Percibo ese no silencio. Ese zumbido que anida muy por debajo del ruido urbano. Ese latir de la vida. Escucho atentamente un crepitar de hojas secas, amontonadas a mi vera por un viento arremolinado que fue, quizás, esta noche pasada, pero que ahora cedió a la presión de la calma. No me basta el oído. Me acerco a observar muy de cerca, a escasos centímetros de mi nariz. Las hojas secas, muertas y ya casi humus, tumefactas y marchitas en un ciclo de día y noche, frío y calor, seco y húmedo sin fin están recibiendo los oblicuos rayos del sol, de manera que algunas están heladas, otras húmedas, otras secas y otras mitad secas mitad heladas, que se retuercen, giran y se doblan sobre si mismas, crepitando, rompiéndose en microscópicos fragmentos que serán alimento de otros ciclos de la vida. Y ese quejido, ese lamento de las hojas secas al moverse, moviendo a su vez las briznas de hierba que gotea y se desprende de pequeños cristales de hielo es el no silencio, el zumbido, el latir de la vida que escucho atentamente para no olvidarlo cuando regrese a la ruidosa urbe.

Esta tarde, cuando vaya a la estación a coger el tren, pasaré por prados helados que no dejaron que el calor del sol les diera vida. No crepitaron ni zumbaron ni latieron. Dejaré atrás la escarcha que hiela y consume y mata la vida. Y muere en silencio.

2 comentarios:

Rain dijo...

Y en aquel tren, tal vez se agolparon tus sentimientos mezclados con el silencio, y el nosilencio, y otra vez esas imágenes, quién sabe todo lo que habrás sentido...

Nica dijo...

"Dejaré atrás la escarcha que hiela y consume y mata la vida. Y muere en silencio. "

Pues sí, eso mejor dejarlo atrás. Seguro que en la urbe hay algun parquecito con un banco en el que te puedas sentar al calorcito tibio del sol de invierno...

Aunque me he quedado algo tristona al leerte me ha gustado ese silencio o nosilencio

Besitos