martes, 30 de octubre de 2007
lunes, 29 de octubre de 2007
El paraíso de la jodienda
Por ejemplo, la muchacha del piso de arriba... solía bajar a veces, cuando mi mujer estaba dando un recital, para cuidar de la niña. Era una bobalicona tan evidente, que al principio no le presté la menor atención. Pero también tenía un coño, como las demás, una especie de personal coño impersonal del que tenía conciencia inconscientemente. Cuanto más frecuentemente bajaba, más conciencia tomaba a su modo inconsciente. Una noche, estando ella en el baño, después de que hubiera permanecido en él un rato sospechosamente largo, me dio en qué pensar. Decidí espiar por el ojo de la cerradura y ver por mí mismo qué pasaba. Mira por dónde, estaba delante del espejo acariciándose la almejita. Casi hablándole, estaba. Me excité tanto, que no supe qué hacer. Volví al salón, apagué la luz, y me tumbé en el sofá a esperar a que saliera. Mientras estaba tendido, seguía viendo aquel peludo coño suyo y los dedos que parecían rasguear sobre él. Me abrí la bragueta para permitir al canario estremecerse al fresco y a oscuras, intenté hipnotizarla desde el sofá, o, al menos, intenté dejar que mi canario la hipnotizara. «Ven aquí, zorra», decía una y otra vez para mis adentros, «ven aquí y úntame ese coño encima». Debió de captar el mensaje inmediatamente, pues en un santiamén ya había abierto la puerta y estaba buscando a tientas el sofá en la oscuridad. No dije ni palabra, ni hice el menor movimiento. Me limité a mantener la mente fija en su coño moviéndose silenciosamente en la oscuridad como un cangrejo. Por fin, llegó ante el sofá y allí se quedó de pie. Tampoco ella dijo ni palabra. Se limitó a permanecer allí de pie en silencio, y, cuando le deslicé la mano por las piernas, movió ligeramente un pie para abrirlas un poco más. Creo que en toda mi vida he puesto las manos sobre unas piernas más jugosas. Era como engrudo corriéndole piernas abajo, y, si hubiera tenido carteles a mano, habría podido pegar una docena o más. Unos momentos después, con la misma naturalidad que una vaca que baja la cabeza para pastar, se inclinó y se la metió en la boca. Yo tenía nada menos que cuatro dedos dentro de ella, con los que la estimulaba hasta hacer espuma. Tenía la boca llena hasta rebosar y el jugo le corría piernas abajo. Como digo, no pronunciamos ni palabra. Éramos un par de maníacos mudos trabajando sin parar en la oscuridad como sepultureros. Era un paraíso del follaje y yo lo sabía, y estaba dispuesto a joder hasta perder el juicio, si fuera necesario. Probablemente fuese la mujer con la que mejores polvos he echado en mi vida. No abrió el pico ni una sola vez: ni aquella noche, ni la siguiente, ni ninguna.
Trópico de Capricornio
Henry Miller
No sé en boca de quién escuché que las grandes obras se habían escrito en los burdeles. Sin duda que las de Henry Miller tuvieron ese honor. Lo que me cuesta comprender es cómo, después de tanto folleteo con esa ingente pléyade de mujeres –además de la suya–, tenía tiempo y energías para sentarse a escribir ni que fuera su nombre. No es que ponga en duda sus proezas –si fue grande con la pluma, también pudo haberlo sido con el pincel–, es que empiezo a comprender por qué se le considera un fuera de serie.
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On the rocks
Coñas a parte, había visto que en algunas ciudades medievales, en el subsuelo, construyeron galerías para almacenar el hielo. Pero para que eso fuera posible, tenían que estar en lugares donde hace mucho frío, por lo menos en invierno. Durante el resto del año se podía guardar más o menos bien bajo tierra, pero en algún momento tendría que helar para que se formara. Esta circunstancia no se daba en Barcelona ni en ningún lugar del arco mediterráneo, y pese a todo consumían hielo. Desde las lonjas de pescado hasta los mataderos de las grandes ciudades. Desde las heladerías hasta algunas terapias que tenían el hielo como fuente de virtudes curativas, todas tenían necesidad de él.
Aquí, en la Cataluña mediterránea, la principal fábrica de hielo estuvo en el Montseny, un macizo montañoso junto al mar que se eleva por encima de los mil quinientos metros. En él se construyeron pozos de nieve y de hielo para su posterior venta. Los primeros están ubicados en la cara norte y servían para acumular la nieve caída durante el invierno y protegerla del sol y los vientos cálidos. Los segundos, cubiertos, se construían junto a los cursos de agua y su finalidad era que esa agua se mantuviera helada durante todo el año.
Este fin de semana vimos uno de los primeros; un pozo de nieve situado a unos mil trescientos metros sobre el nivel del mar. Lo que no sé es cómo lo transportaban después. Pero está documentado que el hielo producido aquí se vendía en Barcelona, Valencia e incluso se llevaba a Italia.
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sábado, 27 de octubre de 2007
Ha vuelto
En esta nueva entrega podemos encontrar desde el rock alternativo de “Los chicos” hasta la cumbia en “La espuma de las orillas”, pasando por las preciosas baladas “Cada una de tus cosas” y "De orgullo y de miedo", las geniales “Carnaval de Brasil” y “Soy tuyo”, o la irónica –parece que nos leyera– “Sexy y barrigón”. Y por si eso fuera poco, la presentación impecable del disco, diseñado y decorado por el gran Liniers, que de tan bonito que es, no quise ir a la presentación para que me lo firmara –ensuciara– el propio autor.
Si algo se le puede reprochar a este nuevo disco es que sea demasiado corto. Acostumbrado a sus dobles y quíntuples saltos mortales, este me supo a poco.
(sugerencia de consumo)
el Carnaval de Brasil del recuperado Andrés Calamaro
Alti-bajos

Sin embargo, hay otras cosas que prefiero que no sean muy altas, ya que no sólo no me benefician, sino que me perjudican de forma notable. Por eso me ha hecho tanta ilusión saber que este mes, después de dos años subiendo, ha bajado el puto Euríbor. Si sigue la tendencia me podré permitir algún extra. Por ejemplo añadir algunas lentejas a las patatas.
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viernes, 26 de octubre de 2007
Noche de copas
Mientras cruzo la Rambla, voy pensando que un día de estos debo venir con más tiempo, para perderme entre los doscientos cincuenta mil volúmenes que guardan en la biblioteca. Eso sí que puede ser orgásmico. Me cruzo con la señora Maria Dolors en la puerta del Boadas y la saludo. Ella sale y yo entro para tomar religiosamente mi Tom Collins de todos los jueves y amén. Empiezo a sospechar que si me apunté a la escuela, fue precisamente para tener la excusa para ir al Boadas. Qué le voy a hacer. Pienso, como Faulkner, que la civilización comienza con la destilación.
He quedado con ella más tarde. La idea es que venga aquí tras la cena que seguirá a la entrega de los premios. Pido mi trago y unas chicas holandesas, apoyadas sobre la barra, deciden entre risas pedir lo mismo. Desde que he entrado que no han parado de reír. Me siento en un extremo de la barra, el que está más cercano a la puerta, para tener una buena visión de todo el local y de los personajes variopintos que le dan vida. Con veinte personas ya está lleno; si son treinta será difícil acercarse a la barra. Al rato me suena el móvil. Malas noticias, tendré que esperar solo. Mi compañera de espera no puede venir. Pienso que no me apetece demasiado. No sé a qué hora llegará ella y además me empiezo a sentir incomodado por el grupito de holandesas achispadas. Apuro mi copa y me voy.
Llegando a casa vuelve a sonar el móvil. Es ella.
–Oye, que la cena ha sido un fiasco. Nos vamos al Dry Martini. Está en la calle…
–Sí, sí –la interrumpo–. Ya sé dónde está. Dejo los trastos en casa y cojo un taxi. En media hora estoy allí.
Siempre que encuentre un taxi a estas horas, pienso al colgar. Hay una leyenda urbana en mi barrio según la cual un tipo dice que una vez vio uno. Pero claro, ya se sabe cómo es la gente. No te puedes fiar.
Tres horas y dos Tom Collins después regresamos los dos a casa. La velada me ha servido para confirmar que prefiero el Boadas al Dry Martini. Es más acogedor y menos pretencioso, aunque quizás sea una cuestión de poder adquisitivo. También que los arquitectos no son tan arrogantes y vanidosos como parecen. Con una copa en la mano y un premio en la otra, se muestran de lo más campechanos y locuaces. Claro, que entre ellos no estaba Calatrava.
Ah, por cierto, tendríais que haberla visto. Estaba guapísima, que lo es. Pero es que además lo estaba.
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miércoles, 24 de octubre de 2007
Víctima o verdugo
Qué duda cabe que este último lo tiene muy mal. De entrada es conocido en su barrio por su agresividad, y su apodo de “el loco” no ayuda demasiado a mejorar su imagen. Seguramente es el tipo de persona que, cuando la conoces personalmente, de inmediato sabes que es carne de presidio. Será más tarde o más temprano, pero acabará entre rejas algún día. Tampoco su burda excusa, asegurando que iba borracho y no se acuerda de nada, le concede demasiado crédito.
Pero esta mañana he escuchado en la radio una noticia que me ha inquietado. Resulta que el estado de Ecuador –país de origen de la chica agredida–, a través de su embajada en España, se va a presentar como acusación particular en el caso, y para ello ha contratado los servicios de un prestigioso bufete de abogados de Barcelona. Incluso, la ministra de asuntos exteriores ecuatoriana ha venido para encargarse personalmente del asunto. Todo el peso de un estado contra un individuo. Un mal nacido, sí, pero individuo al fin. Esto sumado al peso de la opinión pública puede provocar una condena que, más que ejemplar, sea ejemplarizante. Por todo ello creo que es un error, que aquí muchos se han precipitado sin detenerse a pensar en las posibles consecuencias de sus acciones. Temo que este juicio acabe pareciendo desproporcionado, y que el agresor se convierta en víctima a los ojos de mucha gente. Y nadie desea eso. Tiene que haber justicia, eso sí. Y el agresor debe ser castigado, pero sin convertirlo en un mártir mediático.
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martes, 23 de octubre de 2007
¡Bien fresco el pescado, eh!
Y vaya si estaba fresco. ¡Si hasta da conversación!
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lunes, 22 de octubre de 2007
La sanguinosa vita
Somos muy sensibles a los colores, eso es obvio, mucho más que a las formas. Nos resulta más aberrante un melocotón azul que una sandía en forma de cubo, por ejemplo. Sin duda que el sentido de la vista es el que más nos condiciona por tratarse de la primera impresión que captamos, así como por la facilidad que tenemos al evocar imágenes y dotarlas de connotaciones. Por eso mismo –si es blanco y en botella, leche– somos tan fáciles de impresionar con un poco de colorante rojo en el agua. Qué sádica y perversa imagino ahora la escena de La Dolce Vita, con una espléndida y curvilínea Anita Ekberg en alegre chapoteo ante la atónita mirada de Mastroianni – y del público en el cine–, pero en esta sanguinolenta fontana. De todos modos, tengo la sospecha de que a Fellini le hubiera gustado la idea.
(sugerencia de consumo)
Anita Ekberg incorporándose a nuestras lúbricas ensoñaciones
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y olé
Aquí están la voz rota, las guitarras estridentes, la Aurora de Nueva York y el First we take Manhattan y olé. Aquí está uno de los mejores discos que se ha publicado en este país de triunfitos en los últimos veinte años. Y no porque lo diga yo, es que cualquiera que lo escuche ha dicho y dirá lo mismo. No me gusta hacer listas de favoritos, pero sin duda que si la tuviera que hacer, este estaría en el top ten patrio. Por la belleza, por la valentía, por la polémica servida a los puristas del flamenco, por Morente, porque sí y olé.
Va por ustedes.
(sugerencia de consumo)
Ciudad sin sueño, de Enrique Morente y Lagartija Nick (y Lorca)
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domingo, 21 de octubre de 2007
Un eslabón de la cadena (o meme)
We're an American Band de Grand Funk Railroad
Después he buscado Locomotion, también de ellos. Ver el vídeo me ha hecho recordar esta frase de Oscar Wilde:
"Después de todo, ¿qué es la moda? Desde el punto de vista artístico, una forma de fealdad tan intolerable que nos vemos obligados a cambiarla cada seis meses."
Pues eso, que los años setenta fueron, sin duda, la confirmación absoluta de esa frase. Si se hubieran visto desde una distancia de treinta años, con la perspectiva que los veo yo ahora, lo más probable es que no se hubieran vestido con esos atuendos en plan animador del Loro Park. Pero ahí está la prueba de sus excesos textiles, para vergüenza propia y ajena.
Locomotion de Grand Funk Railroad
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sábado, 20 de octubre de 2007
pronounced 'lĕh-'nérd 'skin-'nérd
Durante los años setenta, los amigos Ronnie Van Zant, Allen Collins, Gary Rossington, Larry Junstrom y Bob Burns, bajo el nombre de Lynyrd Skynyrd, se convirtieron en la banda insignia del rock sureño americano. De su genio salieron canciones como Sweet Home Alabama, en respuesta al Alabama de Neil Young, Free Bird o la hermosa y honesta Simple Man, en la que Van Zant explica los sabios consejos para ser un buen hombre que le dió su madre. Su rock puro, el particular blues rock que tocaban, los increíbles solos de guitarra –tocaban hasta con tres guitarras solistas– y sus poderosos directos acabaron por convertirlos en historia del rock y, en mi modesta opinión, en la mejor banda de rock americana junto a los Creedence.
Pero hoy hace exactamente 30 años que la desgracia se cebó en ellos. En plena gira, el avión que los debía llevar a Lousiana se estrelló, muriendo en el accidente Ronnie Van Zant, el vocalista y compositor de la banda, junto con Steve Gaines, guitarrista que se había incorporado en 1976 y otros miembros de la expedición. Ahí terminó la historia y empezó la leyenda. Años más tarde se reunieron algunos miembros para sacar nuevos discos y comenzar nuevas giras, y aunque nunca volvió a ser lo mismo, eso me permitió poder verlos en directo en Barcelona, a principios de los noventa.
American by birth. Southern by the Grace of God.
(sugerencia de consumo)
Free Bird en directo, de Lynyrd Skynyrd
Sweet Home Alabama
Simple Man
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miércoles, 17 de octubre de 2007
Sobre la pérdida de la identidad
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En balde
Me avisaron ayer tarde. Esta noche iban a cortar la luz durante una hora. Un técnico de sistemas estaría presente durante el proceso para, una vez recuperado el suministro, arrancar de nuevo los sistemas que se hubieran apagado por falta de autonomía. A las siete de la mañana –casi tres horas antes de lo habitual- debía entrar yo para comprobar que todo fuera correcto. Hasta aquí ningún problema. Putada, pero ningún problema.
A las seis de la mañana me ha despertado no el despertador, sino la tormenta. Con menos de cinco horas de sueño, me he preparado un café y me he metido en la ducha. Ya vestido pero todavía dormido he salido a la calle. Todavía de noche y diluviaba. Ante mi portal, un torrente se perdía rápidamente calle abajo, tras una espesa cortina de lluvia que barría las aceras en furiosas ráfagas. No tengo paraguas; nunca llevo paraguas. Todos los que tuve los perdí tras uno o dos usos, así que renuncié al disfrute de sus virtudes. He ido corriendo de portal en portal, bajo los balcones y los aleros, hasta detenerme viendo imposible llegar al metro sin empaparme. De hecho ya lo estaba. Allí me he quedado, al resguardo, hasta divisar la luz verde de un taxi. Entonces he saltado raudo como un… ¿tritón? y me he metido dentro. Avanzando por las calles como si estuviéramos en un túnel de lavado. He salido corriendo –nadando– del taxi, pero igualmente he llegado calado hasta los huesos.
Lo primero al entrar en la oficina ha sido descalzarme y poner los calcetines a ondear cual pendón bajo el chorro de aire caliente del secamanos. Bonita estampa. Mientras, rellenaba los zapatos con papel. Después de calzarme de nuevo, he ido a mi mesa para comprobar que todo fuera correcto. Había dejado de llover. Todo correcto, ni siquiera un pequeño contratiempo que justificara mi presencia a esas horas intempestivas. Tras comprobar todo una segunda vez, he bajado al bar de la esquina a tomar un café. Un tibio sol me ha saludado burlón.
No ha sido hasta media mañana que me han dicho que al final no habían cortado el suministro eléctrico. Y yo me pregunto ¿para qué he madrugado? ¿Para qué he llegado –y todavía sigo– calado hasta los huesos? Peor aún, ¿por qué no me avisaron? El cacho pedazo mendrugo que estuvo por la noche tiene mi teléfono y mi correo electrónico. Me podía enviar un correo, un sms o incluso llamarme. Pero no. Sólo se le ocurrió que quizás podía llamarme, pero no lo hizo para no despertarme. Vaya, que yo ya sospechaba que es lerdo y lo único positivo que he conseguido hoy ha sido la confirmación de mis sospechas. Y es que hay humanos más autómatas que muchas máquinas.
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Dilemas maternos
Pero esta noche mi madre estaba bastante soliviantada.
–¿Tú te crees –ha comenzado–, a ti te parece normal que me manden esa carta ahora?
–Qué carta –he preguntado, que por ser el invitado no sabía de qué iba la cosa.
–Nada, que estos del INEM me han mandado una carta, ya ves. Que me han encontrado un trabajo, ya ves tú, a mi edad.
–Bueno…
–¡Cómo que bueno! Llevo veinte años apuntada, ¿se creen que me voy a poner a trabajar ahora, a mis años? –Tiene sesenta y tres– ¡Pues estaríamos buenos! Pero si me canso por todo, si no puedo ni llevar la casa.
–¿Pero de qué es el trabajo, de monitora de aeróbic?
–¡Ayyyyyyy! De monitora de aeróbic dice. ¡Pero si fui a una clase y estuve tres días sin poder moverme de la cama! Serás burro…
–Podrías ir y a la semana coger la baja –tercia mi hermana, más pragmática–. Total, si te están haciendo un favor. Te faltan pocos meses de cotizar para poder cobrar la jubilación. Pues aprovecha.
–¡Uy, no, quita quita! A mi edad. Veinte años apuntada. Él –mi padre– que se acaba de jubilar. ¿Y qué, ahora él en las Canarias con el IMSERSO y yo trabajando? ¡Y qué más! Tendrías que ver cómo se lo miran las viudas, pues menudas pájaras.
–Pues si no vas te quitarán el carné de paro.
–Pues ya ves. ¿Para qué me sirve a mí el carné ese? Veinte años apuntada, yendo religiosamente cada quince días a sellar, para que ahora me hagan esto. ¡Es que no hay derecho! A una la obligan a ser mala.
–Mamá, mira que eres exagerada. Pues no vayas, pero insisto en que deberías ir. A ver qué te ofrecen. Si total, para tu puesto habrá como cien candidatos mejores que tú.
–¿Mejores que yo? ¡Pero tú quien te has creído que soy yo! ¿A ver, se puede saber qué te piensas? ¿Que soy una vieja que no sirve para nada? ¡Pues estás muy equivocado! Iré. Vaya si iré. Y armaré la de San Quintín como no me den ese trabajo, aunque sea de monitora de aeróbic. ¡Habrase visto!
–Esto me recuerda –ha apostillado mi padre, que hasta ese momento se había limitado a observar desde el burladero– a ese tipo que estaba en una manifestación en el Paseo de Gracia. Quinientas mil personas, todos en el paro manifestándose por un trabajo, con pancartas y consignas ¡Queremos trabajo! ¡Queremos trabajo! En estas que se le acerca un señor muy trajeado y le da una tarjeta suya. “Tenga buen hombre, le dice, venga a verme mañana que tengo un trabajo para usted.” Y el otro se lo queda mirando, incrédulo, y le espeta “¡Mecagonlaputa! Quinientas mil personas en la calle, todos pidiendo trabajo, ¿y ha tenido que ir a fijarse precisamente en mí? ¡Es que manda huevos!”
(sugerencia de consumo)
Hi hoooooooooooo!
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lunes, 15 de octubre de 2007
domingo, 14 de octubre de 2007
Ella me provoca
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sábado, 13 de octubre de 2007
Flamenco(s)
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viernes, 12 de octubre de 2007
Recordando
La cuestión es que este verano se cumplieron cuarenta años de la publicación de “The Piper at the Gates of Dawn”, el primer disco –el primer LP– de Pink Floyd. Sin duda un disco difícil de digerir, tanto en su momento como en la actualidad, aunque no tanto como el pretencioso y ególatra “Ummagumma” que publicaron años después, ya sin Syd Barrett. Muchos coinciden en señalar a este, junto al “Sgt. Pepper’s” de los Beatles, como las obras cumbre de lo que vino a llamarse rock psicodélico, aunque mi opinión es que Pink Floyd estaban unos pasos más allá de la psicodelia. Sobretodo Syd Barret, que fue el compositor de la mayoría de los temas de este disco.
Un año después publicaron “A Saucerful of Secrets”, disco en el que Barret todavía colaboró. Pero su afición a las drogas y su esquizofrenia acabaron con su creatividad, a la par que sus excentricidades y ausencias hicieron imposible su continuidad en la banda. No sé si fue un genio o un loco, o ambas cosas. Lo que está claro es que tras su marcha Pink Floyd cambió, evolucionó hacia sonidos sinfónicos y grandilocuentes hasta llegar a la ópera rock. Muchos son lo que dijeron que el grupo dejó de ser Pink Floyd con la marcha de Syd Barrett. No lo sé. Yo llegué a él porque me gustaron sin él, paradojas de la vida. Hice el camino inverso, caminando tiempo atrás hasta su origen.
Sobre Syd Barrett podría escribir mucho más, pero hoy sólo quería recordar “The Piper at the Gates of Dawn”. Además que en su día don Gregorio ya le dedicó unos posts.
(sugerencia de consumo)
Astronomy Domine de Pink Floyd
Interstelar Overdrive grabado en el UFO Club de Londres
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jueves, 11 de octubre de 2007
Matar al rey
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martes, 9 de octubre de 2007
Pueril y terrible
Dargelos era el gallito del colegio. Se sentía a gusto con quienes le plantaban cara o con quienes le secundaban. Pues bien, cada vez que el alumno pálido se encontraba frente a esos cabellos enrevesados, a esas rodillas heridas, a esa chaqueta de intrigantes bolsillos, perdía la cabeza.
La batalla de daba ánimos. Correría, se reuniría con Dargelos, pelearía, le defendería, le probaría de qué era capaz.
(…)
Una bola le golpea en mitad del pecho. Un golpe oscuro. Un puñetazo marmóreo. Un puñetazo de estatua. Su cabeza se vacía. Adivina a Dargelos en una especie de estrado, con su brazo que ha vuelto a bajar, estúpido, en una iluminación sobrenatural.
(…)
El enfermo se reanimaba. Apoyaba la cabeza en la manga de su compañero Gérard.
–¿Cómo se encuentra usted? –preguntó el jefe de estudios.
–Perdóneme…
–No hace falta que se excuse, usted está enfermo, se ha desmayado.
–Ya recuerdo.
–¿Puede decirme usted qué es lo que le ha hecho perder el sentido?
–Me han tirado una bola de nieve al pecho.
–¡A uno no le hace tanto daño una bola de nieve!
–Pues no me han tirado nada más.
–Su compañero pretende que dentro de la bola de nieve había una piedra.
El enfermo vio cómo Dargelos se encogía de hombros.
–Gérard está loco –dijo–. Estás loco. Esa bola de nieve no era más que una bola de nieve. Yo corría, he debido congestionarme.
Jean Cocteau
Igual que en los corrales, en todos los colegios hay un gallito. Le gusta pavonearse y estar rodeado de fieles acólitos que se someten a sus caprichos. Es cruel, violento y despiadado. No dudará en humillar a alguno de ellos por el simple placer de hacerlo. Es una prueba de su poder, de su dominio tiránico.
¿Qué justificación, qué beneficio obtienen aquellos que besan el suelo que pisa? ¿Presumir de ser amigo del gallito? ¿Pavonearse ante los demás por compartir una foto? Sospecho que no es más que eso, una especie de narcisismo no exento de masoquismo. O quizás pese al masoquismo. Intentarán evitar las humillaciones sirviendo a su amo y señor como estúpidos babosos, sólo para poder decir: “soy amigo del chulo del colegio”. Le cubrirán las espaldas, justificarán sus desvaríos, mentirán por él y para él. No sé qué diría don Sigmund al respecto, pero seguro que nada bueno.
Lo peor de todo es que estos comportamientos gregarios no terminan en el colegio. Muchos lo arrastran hasta la edad adulta e, incluso algunos, llegan a presidentes de gobierno y se hacen fotos con el gallito de turno, esta vez a nivel planetario.
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lunes, 8 de octubre de 2007
Tras la tormenta
Los míticos Creedence Clearwater Revival nos preguntan en Have you ever seen the rain? si alguna vez hemos visto la lluvia irrumpiendo en un día soleado, como hoy.
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jueves, 4 de octubre de 2007
Grandes misterios del cine
¿Era también Deckard un replicante, reprogramado como un Blade Runner?
¿Qué había en esa caja negra, que Séverine lo mira con tanto interés?
¿De qué iba Mulholland Drive?
¿Cómo consigue Indiana Jones no perder nunca el sombrero?
¿Por qué Natalie Portman no se ha desnudado nunca en la pantalla?
¿Cómo?
¿Que no?
¿Y esto que es?
Pues esto es el corto Hotel Chevalier, de Wes Anderson.
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miércoles, 3 de octubre de 2007
Intereses y convicciones
(...)
–Yo prefiero con mucho vivir en tiendas de lona como un quirguiz a inclinarme ante el ídolo alemán.
–¿Qué ídolo? –gritó el general, que ya empezaba a sulfurarse en serio.
–El método alemán de acumular riqueza. No llevo aquí mucho tiempo, pero lo que hasta ahora vengo observando y comprobando subleva mi sangre tártara. ¡Juro por lo más sagrado que no quiero tales virtudes! Ayer hice un recorrido de unas diez verstas. Pues bien, todo coincide exactamente con lo que dicen esos librillos alemanes con estampas que enseñan moralidad. Aquí, en cada casa, hay unVater , terriblemente virtuoso y extremadamente honrado. Tan honrado es que da miedo acercarse a él. Yo no puedo aguantar a las personas honradas a quienes no puede uno acercarse sin miedo. Cada uno de esos Vater tiene su familia, y durante las veladas toda ella lee en voz alta libros de sana doctrina. Sobre la casita murmuran los olmos y los castaños. Puesta de sol, cigüeña en el tejado, y todo es sumamente poético y conmovedor. No se enfade, general. Permítame contar algo todavía más conmovedor. Yo recuerdo que mi padre, que en paz descanse, también bajo los tilos, en el jardín, solía leernos a mi madre y a mí durante las veladas libros parecidos... Así pues, puedo juzgar con tino. Ahora bien, cada familia de aquí se halla en completa esclavitud y sumisión con respecto al Vater. Todos trabajan como bueyes y todos ahorran como judíos. Supongamos que el Vater ha acaparado ya tantos o cuantos gulden y que piensa traspasar al hijo mayor el oficio o la parcela de tierra; a ese fin, no se da una dote a la hija y ésta se queda para vestir santos; a ese fin, se vende al hijo menor como siervo o soldado y el dinero obtenido se agrega al capital doméstico. Así sucede aquí; me he enterado. Todo ello se hace por pura honradez, por la más rigurosa honradez, hasta el punto de que el hijo menor cree que ha sido vendido por pura honradez; vamos, que es ideal cuando la propia víctima se alegra de que la lleven al matadero. Bueno, ¿qué queda? Pues que incluso para el hijo mayor las cosas no van mejor: allí cerca tiene a su Amalia, a la que ama tiernamente; pero no puede casarse porque aún no ha reunido bastantes gulden. Así pues, los dos esperan honesta y sinceramente y van al sacrificio con la sonrisa en los labios. A Amalia se le hunden las mejillas, enflaquece. Por fin, al cabo de veinte años aumenta la prosperidad; se han ido acumulando los gulden honesta y virtuosamente. El Vater bendice a su hijo mayor, que ha llegado a la cuarentena, y a Amalia, que con treinta y cinco años a cuestas tiene el pecho hundido y la nariz colorada... En tal ocasión echa unas lagrimitas, pronuncia una homilía y muere. El hijo mayor se convierte en virtuoso Vater y.. vuelta a las andadas. De este modo, al cabo de cincuenta o sesenta años, el nieto del primer Vater junta, efectivamente, un capital considerable que lega a su hijo, éste al suyo, este otro al suyo, y al cabo de cinco o seis generaciones sale un barón Rothschild o una Hoppe y Compañía, o algo por el estilo. Bueno, señores, no dirán que no es un espectáculo majestuoso: trabajo continuo durante uno o dos siglos, paciencia, inteligencia, honradez, fuerza de voluntad, constancia, cálculo, ¡y una cigüeña en el tejado! ¿Qué más se puede pedir? No hay nada que supere a esto, y con ese criterio los alemanes empiezan a juzgar a todos los que son un poco diferentes de ellos, y a castigarlos sin más. Bueno, señores, así es la cosa. Yo, por mi parte, prefiero armar una juerga a la rusa o hacerme rico con la ruleta. No me interesa llegar a ser Hoppe y Compañía al cabo de cinco generaciones. Necesito el dinero para mí mismo y no me considero indispensable para nada ni subordinado al capital. Sé que he dicho un montón de tonterías, pero, en fin, ¿qué se le va a hacer? Ésas son mis convicciones.
(...)
El jugador (1867)
Fedor Dostoiewski
Y aquí, el abajo firmante, que lo suscribe a pies juntillas. Tengo más fe a la fortuna en los juegos de azar que a mi prosperidad con el trabajo. En fin...
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