domingo, 13 de mayo de 2007

El primer concierto

Lo vi desde la terraza de casa de un amigo. Unos días antes me había invitado a cenar. Se lo dije a mi madre, que llamó a la suya y se pusieron de acuerdo. Se conocían del colegio y mantenían una relación cordial. Además, nosotros dos éramos buenos amigos y alguna tarde había ido a su casa a jugar con sus videojuegos philips, igual que él a la mía con el spectrum. Me había dicho que eran muy buenos, que se lo había dicho su hermano. Yo los conocía de escucharlos por la radio. Me gustaban, pero es que su hermano –que tenía tres o cuatro años más- decía que eran buenos. Evidentemente eso tenía mucho más valor.

Imagino que sería viernes o sábado, porque mis padres no pusieron ninguna pega por la hora de acostarse. Después de cenar fuimos a la terraza, a asomarnos por la barandilla. Allí estaba su hermano con unos amigos, que yo conocía de vista, y unas chicas que no había visto hasta entonces. Desde ahí se podía ver sin problemas el interior del estadio de fútbol del Sant Andreu, el equipo del barrio. Pero esa noche no habría ningún partido. Esa noche había un concierto de The Police y el hermano mayor de mi amigo decía que eran muy buenos. Además, a mí me gustaban.

Recuerdo que lo pasé en grande, que tarareé las canciones que conocía y que bebí cerveza a escondidas de sus padres, que estaban dentro de casa intentando aislarse del “ruido infernal” en palabras de su padre. También recuerdo que el cantante –que por aquél entonces, para mí todavía no se llamaba Sting- se quedó afónico hacia el final de concierto. Que el público le cantó a coro el cumpleaños feliz y que cuando terminó, mi padre me vino a buscar con el coche.

No negaré que me hubiera gustado ir al concierto que The Police dará este año en Barcelona. Pero los precios me han disuadido. Me apetece, pero no tanto. Sin embargo me ha hecho recordar ese día. No es que lo tuviera encerrado en el olvido, es sólo que lo he recuperado con más intensidad.

Es casi seguro que no sonarán como en esos años, que no pasan en balde. El concierto de Barcelona fue en el 83, y fue un buen concierto, pero no tan bueno como el que se grabó un par de años antes, en Melbourne en el 81. Se tiene por el mejor concierto grabado de The Police y no seré yo quien lo discuta. No lo busquéis en las grandes superficies. Os dejo una muestra para que la disfrutéis. Merece la pena.

(sugerencia de consumo)
desde Melbourne The Police con Can't Stand Losing You

viernes, 11 de mayo de 2007

La sangre altera

En la esquina opuesta a la cafetería donde suelo desayunar hay una floristería. Junto a la puerta de entrada tienen algunos arreglos florales, expuestos sobre unas mesillas de hierro forjado. El suelo es un tapiz multicolor de pétalos de toda clase de flores. A menudo, un camino de pétalos sale de la floristería y recorre algunos metros hasta algún portal, o un restaurante, o quizás alguna tienda, delatando a quien ha recibido flores ese día.

Esta mañana, al pasar por delante, una repentina ráfaga de viento se ha arremolinado junto a la floristería, levantando pétalos de todos los colores, que han empezado a girar y bailar sobre mi cabeza. Instantes después, el viento se ha calmado y una suave lluvia multicolor a caído sobre la calle.

He bajado la mirada y frente a mí, rodeada de pétalos, había una chica aparecida como por arte de magia. Se me ha quedado mirando. Tenía los ojos enrojecidos de llorar y una lágrima corría por su mejilla.

–Qué bonito –he atinado a decir.
–¿Bonito? Y una mierda bonito –me ha censurado con voz chillona-. Estoy hasta los ovarios de la puta primavera, del jodido polen que no hace más que irritarme los ojos y de no saber qué ponerme.

Ha interrumpido su perorata para limpiarse los mocos con el reverso de la manga. Después se ha puesto a buscar en su enorme bolso bandolera, del que ha sacado un rollo de papel higiénico. Ha arrancado un pedazo y se ha sonado sonoramente las narices –valga la redundancia- ante mis narices.

–Qué bonito dice… el jodido jipi este… la madre que lo… –ha seguido refunfuñando mientras pasaba por delante de mí y se perdía en la primera esquina.

Incapaz de articular palabra, al perderla de vista, he cerrado la boca y he continuado hacia la cafetería.

jueves, 10 de mayo de 2007

Onírico

Unos pasos a los pies de la cama me arrancan de mi profundo sueño. No sería tan profundo –pienso- pues son apenas audibles. Pienso que hay alguien en mi casa y me quedo inmóvil, escuchando con atención y sin apenas respirar. No son los pasos regulares y templados de quien camina seguro de saber adonde va. Son más bien un repiqueteo irregular, un goteo intermitente en una cubeta de latón que cruza frenético rozando los faldones de las sábanas. Corre hacia un lado, regresa y se entrelaza corriendo en todas las direcciones. Pasitos de pies pequeños en nerviosa carrera.

Decido que son ratas y eso me tranquiliza. Parece estúpido y quizás lo sea, pero tras ese pensamiento percibo con nitidez cómo se destensan los músculos, se relaja la espalda. Veo en la palma de mi mano –o quizás sólo lo siento- las marcas de mis uñas hincadas en la carne. Ahora mi único temor es que no suban a mi cama. No me importa demasiado que correteen por debajo, pero que no salten sobre mí, por favor, que no salten sobre mí. Intento recordar si anoche cerré la puerta de la terraza. Pensar que sí lo hice me intranquiliza. Prefiero creer que la dejé abierta, pues saber que las ratas han entrado vete a saber tú por dónde es aterrador. Veo una viñeta en movimiento donde las ratas se agolpan en un hueco oscuro. Atraídas por una luz empiezan a saltar unas sobre otras y pasan a través de un pequeño agujero que no es más que una caja de conexiones mal cerrada. Van pasando docenas de ratas por ese agujero junto al techo, cayendo pesadamente al suelo de mi casa. Quiero borrar esa imagen de mi mente. Intento cambiarla por la puerta abierta de mi terraza, pero no lo consigo.

Algo cae sobre mi cama. Un golpe sordo y blando plof, al que sigue otro, y otro más plof. Son las ratas. No están cayendo al suelo. Desde ese agujero junto al techo se están precipitando sobre mi cama plof plof plof. Algo pasa por encima de mi cuerpo tumbado bajo las sábanas, algo pesado, algo…

Me incorporo de golpe, encogiendo las piernas hacia mi cuerpo y con un grito que asoma en mi garganta, aunque consigo tragarlo a tiempo. Estoy bañado en sudor. Mechones de pelo se me pegan a la nuca y a la cara. Siento la fría dureza de la pared en mi espalda, en cada una de las vértebras que la articulan. Jadeo sonoramente, aterrorizado. Está oscuro, muy oscuro. Voy a alargar el brazo hacia la mesilla de noche para encender la luz, pero dudo a medio camino. Temo encontrarla llena de ratas. La adrenalina corre desbordada por mis venas. La siento correr. Recuerdo alguna vez que me han anestesiado y la sensación inicial es la misma, es algo que se hace con el control de tu cuerpo a gran velocidad. Procuro serenarme. Ha sido una pesadilla, sólo eso, una mala pesadilla. Respiro hondo. Empiezo a creerme, pero pese a todo, antes de acercar la mano le doy una patada a la mesilla. Después enciendo la luz.

Igual que un disparo, un golpe de un matasellos en mi corteza cerebral me muestra Casa tomada de Cortázar. Pienso en la explicación freudiana que más tarde le dio a ese relato, que fue fruto de una pesadilla. Se limitó a relatar con maestría esa pesadilla, que no es poco. Recuerdo la relación que estableció entre algo que lo empujaba fuera de su casa y la situación política que estaba viviendo en la Argentina. Pienso en el posible paralelismo que pueda tener mi pesadilla con algo que me inquiete. ¿Tiene que ver con mi apartamento? Quedan todavía muchas cosas por hacer en mi casa. Está en permanente reforma, aunque va siendo habitable. Tampoco hace tanto que parecía vivir en permanente mudanza. Aunque quizás no tenga que ver con nada de esto. Quizás la relación causa efecto sea más compleja.

Salto de la cama directo hacia el ordenador. Me pongo a escribir con las imágenes todavía calientes, con el miedo mezclado en mi sangre. Debo auto psicoanalizarme –pienso.

¿Dónde guardé los hongos?


(sugerencia de consumo)
la onírica Otto e Mezzo de Fellini... y Nino Rota

lunes, 7 de mayo de 2007

Tiempos verbales

Se puede agrupar a la gente por tiempos verbales. Unos viven en presente de indicativo, algunos en futuro, otros en pretérito imperfecto. Lo mío es un permanente si condicional.


(sugerencia de consumo)
Canto, el mismo dolor de Búnbury, porque a veces duele.

Solo y observado

El domingo por la mañana –fue al mediodía, mentiroso- tuve un arrebato de saludable conciencia y decidí coger la bici. A la pereza habitual que representa cogerla, hay que añadir que vivo en un cuarto piso sin ascensor y que el penoso descenso por una escalera estrecha sólo es superado por el posterior ascenso, con el agravante del cansancio en las piernas.

Además, en mi barrio no existe el llano. O subes o bajas. La zona por la que me suelo mover es una colina salpicada de casitas con jardines, parques ahora floreados y, en la parte alta, un bosque de pinos trenzado de caminos de tierra. Me gusta subir, porque la bajada a tumba abierta –algún día tendré un susto- me descarga las piernas y desata la adrenalina.

El día era soleado, muy agradable. Empecé a subir hacia la pineda y me bastaron cinco minutos de pedaleo –plato medio, piñón grande- para darme cuenta que soy como Induráin en primavera. El maldito polen decidió sabotearme la ascensión y tuve que parar, sin poder respirar apenas, los ojos llorosos y moqueando como si tuviera una manguera enchufada en mis narices. Vaya, que tuve que regresar a casa y optar por un paseo a pie.

Viendo como estaban las pastelerías, llegué a creer que ayer regalaban los pasteles. Estaba a punto de ponerme al final de alguna de las larguísimas colas, pues una caña de trufa me la hubiese comido, cuando recordé que no, que era debido al día de la madre, que por suerte no hay más que una. Así que seguí mi paseo. Me paré un par de veces a tomar una caña y a preguntar el resultado del partido del día anterior, que ya conocía, para poder charlar de algo. La pregunta es infalible. Genera debate, aunque suele ocurrir que abandono el bar cuando la discusión entre la parroquia todavía no ha alcanzado el clímax.

El día invitaba a ocupar la calle y las terrazas de los bares. Así fue hasta las dos y media, más o menos, que la gente empezó a abandonar el espacio público para dirigirse a casa de sus madres respectivas. Yo anduve un buen rato más, hasta llegar a las vías del tren, un espacio abandonado entre descampados, obras y gatos. Me llamó la atención algo que me pareció extraño. Un patio en el que dos gatos se paseaban tranquilamente sin que las palomas que lo ocupaban parecieran sentirse amenazadas. Me acerqué y pude ver que cojeaban. Uno de una pata delantera; el otro arrastraba una pata trasera. Ambos esqueléticos. Las palomas se limitaban a moverse, evitando quedarse a menos de un metro de los felinos lisiados.

Después regresé a casa, caminando por calles desérticas. A esa hora, lo único que identificaba el día como familiar, era la cantidad de coches mal aparcados que me crucé por el camino.

Ya en casa me puse a escribir, pero no lo consideré publicable. Dudo si es peor estar rodeado de gente y sentirse solo que estar solo y sentirse observado.


(sugerencia de consumo)
El desierto de Lhasa de Sela, pese a que suena un poco mal...

viernes, 4 de mayo de 2007

El scat de Cortázar

Llevo bastantes días escribiendo, tirando a la papelera y reescribiendo sobre un tema que me apasiona, pero soy incapaz de darle un enfoque adecuado. Además, existe la desventaja –por decirlo de algún modo- de ser algo sobre lo que ya se han escrito miles de páginas. Así que poco puedo aportar al respecto. Pero, pese a todo esto, pese a distar mucho de considerarme un crítico literario, pese a (no) saber la ingente cantidad de jazz que ignoro, sigo empeñado.

Me refiero a la estrecha relación que existe entre la escritura de Cortázar y el jazz. Nada más que eso. Y nada menos que eso. Es por eso que seré breve y me centraré en un detalle, pues quien mucho abarca poco aprieta.

No me refiero a los relatos en los que habló de jazz, sino más bien a sus fraseos que sonaban a jazz, a su forma de escribir igual que si de una partitura de Charlie Parker se tratara. Su prosa que, en ocasiones, parece improvisada. Sus múltiples variaciones sobre un mismo tema. La deconstrucción de estructuras narrativas, igual que hicieran Miles Davis o John Coltrane cuando alumbraron el cool. Las improvisaciones, las idas y vueltas, sobre un eje narrativo/melódico. Pero sobretodo, su homenaje –qué si no- a su admirado Satchmo y a la extraordinaria voz de Ella Fitzgerald como los grandes maestros de eso que se llamó scat singing.

El scat fue una forma de cantar popularizada sobretodo por la Fitzgerald. Se trata de una improvisación vocal en la que se usan palabras sin sentido, sílabas encadenadas con total libertad y onomatopeyas, convirtiendo la voz en un instrumento más. Seguro que lo habéis visto y oído en más de una ocasión. De todos modos, para refrescaros la memoria, aquí os dejo un vídeo de Ella Fitzgerald en una extraordinaria sesión de scat singing.



Y a continuación os dejo el capítulo 68 de Rayuela, que vendría a ser la interpretación que Cortázar hizo del scat. O por lo menos eso me parece a mí.

"Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sústalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo poco a poco cómo las arnillas se espejunaban, se iban apoltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer una fírulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orefelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayustaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troe, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias".

Utopia

Sen dubi te la sensencajxo plu granda ol skribo.

(sugesti konsum)
sona La lutko estas perdita de Le Punk

jueves, 3 de mayo de 2007

Más rápido

Leo en la prensa que Madrid es una ciudad estresada. Según un estudio, es la tercera ciudad del mundo en la que más rápido se anda, sólo por detrás de Singapur y Copenhague. Me ha sorprendido no ver a Barcelona entre estas tres primeras, pero después he pensado que yo debo bajar la media.

Lo que no aclara el estudio es si estas personas que corren tanto, saben hacia dónde van.

(sugerencia de consumo)
suena Crosstown Traffic de Jimi Hendrix, qué grande.

miércoles, 2 de mayo de 2007

El Roto (II)

El Roto



Viñeta de El Roto.

martes, 1 de mayo de 2007

Dejarlo pasar

Cierra dando un portazo. Demasiado fuerte, piensa mientras se precipita
escaleras abajo, saltando los escalones de dos en dos y agarrándose a la
barandilla en cada giro para no darse de bruces contra la pared.
Mentalmente va repasando todas las actividades del día y las posibles
excusas que dar, maldita sea llego tarde otra vez. Sale a la calle. Un sol
deslumbrante le da la bienvenida al día. No lleva las gafas de sol, pero no
hay tiempo para subir a por ellas. Empieza a caminar pegado a las
paredes de los edificios, a la sombra de los balcones, con la cabeza
gacha y mirando al suelo mientras sus pupilas se adaptan a la luz.

El viejo ascensor tarda una eternidad para subir al último piso. Se empieza a
impacientar y de forma inconsciente un nervioso taconeo se apodera de su
pie derecho, mientras con sus largas uñas tamborilea un trote de caballería
contra el cristal de la puerta del ascensor. Mientras desciende lentamente,
aprovecha para pintarse los labios frente al espejo. Se detiene, maldita sea,
en el segundo piso. Se abren las puertas interiores. Se oyen voces al otro
lado pero nadie sube. Vuelven a cerrarse las puertas, menos mal, y sigue su
trayecto hasta la planta baja mientras se moldea las pestañas.

..........Camina con paso acelerado, adelantando a los paseantes y señoras
..........con carrito de la compra. Esquivando a los distraídos que vienen en
..........sentido contrario, que lo observan con desdén. Observa por el rabillo
..........del ojo la calzada por si asoma un taxi. En caso de no pasar ninguno,
..........tomará el metro aún sabiendo que llegará muy tarde. Pero no se
..........puede permitir esperar.

Su taconeo acelerado suena sobre las baldosas de la acera..........
tac tac tacatac tac tac tac, provocando que muchos cuellos..........
se giren a su paso. Miradas femeninas de envidia por su leve..........
vestido blanco que acentúa su hermosa figura se entrelazan..........
con miradas masculinas de deseo. Después esas miradas se..........
encuentran y se transforman en reproche y disculpa...........

Ve acercarse una atractiva figura vestida de blanco.

Ve enfrente suyo a un chico enfundado en vaqueros y camiseta.

Madre mía, piensa, qué preciosidad. Y un
hormigueo le indica un sensible
trasvase de sangre hacia la entrepierna.


Dios, qué tío más bueno, se exclama. Intenta
aguantar su mirada, pero a su paso baja
las pestañas y mira al suelo.


Deja que pase a su lado, repasándola de arriba abajo..........
con su mirada. Ralentiza el paso y fija sus ojos hacia el..........
final de su espalda, hacia esas nalgas que se dibujan bajo..........
la tela de su vestido blanco, hacia esas hermosas piernas..........
erguidas sobre unos zapatos de tacón alto. Aleja sus..........
pensamientos lúbricos con un profundo suspiro. Ve pasar..........
un taxi libre y maldice su distracción. Sigue a paso acelerado..........
hacia el metro...........

..........Disminuye el ritmo de sus pasos y acentúa el contoneo de sus
..........caderas. No se decide a mirar hacia atrás. Finalmente simula
..........detenerse ante un escaparate y ve al chico alejarse entre la gente.
..........Triángulo invertido de anchas espaldas y buen culo, piensa. Vuelve
..........a mirar al escaparate, recuerda su cita, masculla algún improperio
..........y sigue su camino a buen ritmo.

Bajando las escaleras hacia las taquillas del metro duda. Afloja el ritmo de
sus pasos, se detiene. Amaga dar media vuelta, se maldice por no
haberle dicho nada a esa chica y continúa bajando mientras se lamenta
por las prisas de siempre, por no permitirse ni un momento para conocer
a gente nueva. Se enfada consigo mismo por dejarla pasar.


Llega acalorada al lugar de su cita, pero todavía no ha llegado nadie. Es
la
primera en llegar, como siempre demasiado puntual. Lamenta haber
ido tan
deprisa. Lamenta no haber sonreído a ese chico. Quizás habría
sido suficiente
con eso. Pero no, ella tuvo que bajar la mirada con los
labios apretados.


(sugerencia de consumo)
Suena La niña morena de Elefantes, en directo en la sala Razzmatazz.

domingo, 29 de abril de 2007

Hoy toca deporte, poesía, jazz y cine

Se me ha pasado mi hora de la siesta navegando por internet, entre la desidia y la indolencia, pasando páginas con desgana y sin apenas fijarme en la pantalla. Igual que una cadena de pensamientos o una charla por que sí en un bar, navegando de esta forma sabes dónde empiezas pero nunca dónde acabas, ni qué te depara el trayecto.

He registrado en mi cabeza, en la categoría de azarosa coincidencia, un hecho. Hoy, 29 de abril de 2007, el gimnasta español Rafa Martínez ha ganado la medalla de oro en suelo, en los Campeonatos de Europa de gimnasia artística. También un 29 de abril, pero de 1959, un avión se estrellaba en la cordillera de Cuenca
sin dejar supervivientes. En ese avión viajaba Joaquín Blume.

He ido a curiosear otros hechos destacados de ese mismo día. Me ha llamado la atención que el poeta griego Konstantinos Kavafis naciera este día de 1863 y muriera exactamente setenta años después, también un 29 de abril.

Sin apartarnos de hoy, pero en 1899, nacía en Washington DC Duke Ellington, todo un prodigio del jazz, tanto por su talento como por el impresionante legado –más de 2000 composiciones- que dejó para la posteridad.

Su paso por el mítico Cotton Club de Harlem, en el que estuvo tocando con su banda -The Washingtonians- durante tres años, lo convirtieron en una celebridad en todo los EEUU debido sobretodo a la radiodifusión de algunas actuaciones. Eso le abrió las puertas a Broadway, donde interpretaba piezas de Gershwin, y a Hollywood, donde actuó en algunos musicales.

Anatomy of a MurderEn 1959, en plena efervescencia del bop y el cool –Miles Davis grabó ese año Kind of Blue-, fiel a su forma de entender la música y al formato de la big band, compuso la banda sonora de la película Anatomy of a murder (Anatomía de un asesinato) de Otto Preminger. Es esta una película completa en todos sus aspectos: la dirección y guión, la actuación de James Stewart, Lee Remick y Ben Gazzara, la banda sonora firmada por el Duke y el póster de la misma, obra de Saul Bass, que hace unos meses fue aclamado como el mejor de la historia del cine por la revista Premiere.

El vídeo que os dejo aquí es el corto Symphony in Black, de 1935, interpretado por Duke Ellington al frente de su banda, con una jovencísima –tenía 18 años- Billie Holiday que ni siquiera aparecía en los créditos de la película.



Y es que suele pasar que cuando uno no tiene nada que contar, cuenta muchas cosas en apariencia inconexas.

sábado, 28 de abril de 2007

en cuatro saltos


Se puede ir desde Arrebato

................................a Calamaro

........................................... en cuatro saltos,

............................................................. sin pasar por este blog.

jueves, 26 de abril de 2007

Pseudónimo

Iba en el metro, con las gafas oscuras y la cabeza gacha, mirando fijamente la punta de mis zapatos. El vagón estaba lleno de gente, muchos de ellos con un ejemplar del diario con mi foto. En un momento de distracción imperdonable, mi mirada se ha cruzado con la de una mujer que iba sentada, con el periódico abierto ante ella. Me ha mirado con fijeza hasta rozar la descortesía. Después ha bajado los ojos hacia el periódico y, retrocediendo algunas páginas, ha fijado su mirada en una que, sin yo verla, ya sabía qué contenía. Después me ha vuelto a mirar y se ha levantado esgrimiendo un bolígrafo y una extraña sonrisa que me ha producido un escalofrío.

He retrocedido unos pasos hacia atrás, pisando sin querer algún pie y provocando un leve altercado. Eso ha sido fatídico. En unos segundos, todas las miradas estaban fijas en mí. Al momento, todos retrocedían páginas en sus diarios y fijaban la mirada en un punto muy concreto. Algunos –casi todos los que no llevaban- miraban hacia esa foto impresa por encima del hombro de quien sujetaba el diario abierto. Poco después, igual que zombis a quien se les da una orden inapelable, han empuñado bolígrafos como quien empuña un puñal y han comenzado a andar hacia mí, acercándose desde todos lados, rodeándome sin apartar de mí esa mirada de loco en pleno delirio.

En menos de un minuto, pero que ha parecido una eternidad, he quedado acorralado entre la puerta cerrada del vagón y las miradas desquiciadas del resto de pasajeros. Me han dado un breve suspiro, parecía que dudaran, pero como un resorte todos se han abalanzado de golpe hacia mí, levantado sus bolígrafos con el puño cerrado sobre sus cabezas, para después descargarlo con violencia, empujándome contra la puerta cerrada, arañándome, clavándome bolígrafos en el cuerpo mientras murmuraban autógrafo, autógrafo, autógrafo en una insoportable y gutural letanía.

El tren seguía avanzando a gran velocidad a través del túnel, pero sin razón aparente se ha abierto de golpe la puerta contra la que me comprimían, cayendo hacia las vías justo cuando pasaba otro tren en sentido contrario. Un golpe brutal en la cabeza contra la mesilla de noche me ha hecho rebotar, cayendo de la cama y recibiendo un buen costalazo contra el duro suelo. Todavía confundido, lo primero que he pensado ha sido en usar un pseudónimo.

martes, 24 de abril de 2007

El premio (II)

En Sant Jordi siempre me tomo el día libre. Me gusta ir a pasear por el centro, mirar los puestos que las librerías montan en la calle, quedar con amigos y regalar rosas y libros. Sin embargo hoy ha sido bastante distinto. También he paseado y regalado rosas y libros, pero lo primero que he hecho al salir de casa ha sido ir a asegurarme. Ya os comenté ayer que todavía no me lo creía, y era cierto. He ido al stand donde se suponía que iban a entregarme el premio a preguntar si el ganador era yo.

Una vez allí, una chica muy amable de la organización me lo ha confirmado. Me ha citado para las seis y media y acto seguido –para mi sonrojo- han leído en público mi relato. A estas horas de la noche, todavía no he asimilado todas las sensaciones del día.

Al fin, la entrega de premios ha tenido lugar a las siete y media. Mi tensión iba en aumento. Me dolía la espalda y sentía varios nudos en el estómago. Sin embargo, y por extraño que parezca, aprovechando el follón de gente, he podido charlar con mi admirado Santiago Roncagliolo (ahí a la derecha tenéis una ventana a su blog) y eso ha sido lo que me ha tranquilizado el ánimo. Después ya ha venido todo rodado. Los apretones de mano, las felicitaciones, los flashes, las firmas de mi relato… Incluso he tenido que hablar en público y lo he hecho sin mearme en los pantalones.

Huelga que lo diga, pues imagino que os lo podéis imaginar, pero hoy ha sido el día de Sant Jordi más especial, intenso e inolvidable de cuantos he vivido.

Os dejo una foto de arrebatos junto a Santiago Roncagliolo posando para la prensa. Por cierto que mañana sale publicado mi relato en el diario ADN, junto con alguna foto imagino.

Roncagliolo y arrebatos


PD: Celia, cuando regreses tienes esas dos (o más) cervezas pagadas. Ud también, don Gregorio, aunque si prefiere un calvados, por mí no hay inconveniente. Guardo algunos ejemplares del relato que gustosamente les dedicaré.

domingo, 22 de abril de 2007

El premio

Estaba paseando por Madrid, con leves síntomas del síndrome Stendhal tras tanto museo, cuando he recibido una llamada. No conocía el número, así que he preguntado con quién hablaba. Una voz femenina ha querido saber si yo era yo, y tras unos segundos de duda he respondido que sí.

Enhorabuena, me ha dicho, has ganado el primer premio en el concurso de relatos cortos de TMB y el diario ADN, el premio que otorga el jurado. Mientras la voz seguía explicándome, el material de mis piernas se ha convertido en flan y he tenido que sentarme en las escaleras del Congreso de los Diputados. Nunca más, lo prometo, volveré a poner en duda la utilidad de esta institución.

Finalmente, la voz femenina me ha informado que como castigo a mi osadía, tendré que ir al stand que han montado con motivo del día de Sant Jordi, a recoger el premio y a firmar ejemplares de mi… ejem… bueno, no sé… de la hoja con mi relato. Y por si fuera poco, estaré rodeado de escritores de los de verdad, que también estarán ahí firmando sus ejemplares.

Todavía no me lo creo. Estoy esperando que en cualquier momento, alguien me llame y grite ¡pardillo, te lo has creído!

Edito. El relato en cuestión -en formato word- está aquí. Toda la información sobre horario y lugar la tenéis aquí.

lunes, 16 de abril de 2007

Encuadres

Me apasiona la fotografía. Hasta el punto de andar por la calle haciendo encuadres mentales. Me paso la vida fotografiando sin cámara, ya sean esos árboles ahora en flor, formando un tupido colchón colorista sobre el que se asientan las torres de la Sagrada Familia al fondo; o ese cruce de calles por el que, cada mañana, se cuela un rayo de luz que lo atraviesa en diagonal; quizás también ese niño que echa a correr tras las palomas, que vuelan despavoridas en todas direcciones. Mi cabeza es un enorme archivo de fotografías esperando el clic.

En el extremo opuesto, encontramos a esas personas que sólo saben ver la vida en las fotografías o a través del visor. Con este tipo de gente, uno tiene la certeza de que no viven el momento, no saben. El presente lo utilizan para fotografiar lo que, más tarde y en su casa, observarán en la fotografía. Viven una vida evocada. Esta gente es fácil de detectar, sobretodo estando de viaje. Son esos que se abrirán paso a codazos entre la multitud que rodea a un músico o un mimo ambulante, dispararán su cámara y volverán sobre sus pasos sin siquiera detenerse a observar la vida que tienen ante sus narices. Lo único que les interesa es lo que pueden almacenar en su cámara. Carecen de la capacidad para retener lo vivido y recordarlo siempre que lo deseen. Para ellos, visitar un lugar nuevo se reduce a almacenarlo en fotos. Son las fotos lo que justifica la visita y el viaje. Así, cuando les preguntes por su viaje a la India, te amenazarán con un ya verás, hemos hecho más de mil fotos.

Esta mañana he escuchado una canción que me ha recordado una anécdota de un viaje a Irlanda, de ahí mi reflexión, por llamarla de algún modo. Estaba en Dublín y fui a cenar a Temple Bar, decantándome por el Oliver St John Gogarty, que además de ser un notable irlandés amigo de Joyce y Yeats, es también un célebre pub y hostel que desde 1838 abre sus puertas en el corazón mismo de la ciudad. Mientras me comía mi cazuela de mejillones a la Guinness, fui gratamente sorprendido con un concierto de un grupo local que mezclaba el pop-rock con la música tradicional irlandesa. Lo recuerdo como uno de los momentos más intensos de mi viaje. Ahí encaramado a un taburete en el segundo piso de un viejo pub todo de madera, cenando rodeado de irlandeses –y turistas como yo-, con mi pinta de Smithwicks bien a mano y escuchando buena música. Es ese tipo de recuerdo que no puede quedar delimitado por cuatro esquinas, pues tiene que ver con las sensaciones y los sentimientos, pero que permanece indeleble en nuestra memoria. O eso creía yo, pues justo a mi lado, una pareja de españoles se lamentaban de no haber llevado la cámara para inmortalizar el momento. Ella le estaba reprochando su olvido mientras que él se defendía como podía, asegurando que juraría haberla puesto en la mochila. Estuvieron discutiendo un rato, ajenos a la música y a todo lo que les rodeaba. E importunándome a mí, pues los tenía al lado. Hasta que al final, ante mi mirada atónita, él se bajó del taburete y le dijo que se iba al hotel a buscarla, que no tardaría demasiado. Naturalmente, cuando terminó el concierto él todavía no había regresado, pero ya no me quedé a ver el final de la historia.

Os dejo con los Waterboys… with light in my head, and you in my arms.

domingo, 15 de abril de 2007

La excelencia

A menudo pienso que soy alérgico al término medio. Todo lo que me gusta lo conduzco al exceso. Por el contrario, cuando algo o alguien no es santo de mi devoción, procuro evitarlo y no hago ningún esfuerzo por disimularlo. Si en una conversación se habla de música, libros o vino, mi elocuencia formará una imagen distorsionada de mí en quien no me conozca, pues soy de natural reservado. Pero si se habla de algo que no encuentro interesante, permaneceré en silencio e incluso ausente. Me produce cierto rechazo la banalidad, me siento incómodo. Y reconozco que eso es un problema, pues ese es precisamente el material del que están hechas las relaciones sociales.

De pequeño aprendí que había que buscar la excelencia, y el no obtenerla me hacía sentir mal. No un fracasado, pero sí insatisfecho. Hay un montón, quizás demasiadas cosas, que no he hecho por saber que el resultado no sería satisfactorio para mí. Esa cita de Wilde, soy una persona de gustos sencillos, sencillamente me gusta lo mejor, a veces pesa como una losa.

El binomio esfuerzo satisfacción es muy acusado en mí. No puedo implicarme en algo que sé no me satisfará el resultado. Eso lo veo, por ejemplo, en el trabajo, con frecuencia demasiado tedioso. Escribir es distinto, pues aunque a menudo no me satisface el resultado, el mero hecho de hacerlo ya es una satisfacción. Y eso es un resultado en si mismo.

Los que me conocen personalmente y los que me leéis con cierta frecuencia sabéis de mi gusto por la música. No suelo mencionar la música clásica pues, aunque me gusta, ni siquiera llego a considerarme aficionado. Tengo algunos discos y ocasionalmente los escucho, igual que también voy a algún concierto. Pero para un desconocedor del género es difícil acercarse a ella, dada su vastedad y la poca difusión que tiene. Algo parecido pasa con el jazz, pero sin duda ahí me he mostrado más receptivo. De todos modos, siempre que escucho alguna melodía, o alguna referencia sobre cierta pieza, procuro acercarme a ella.

Me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Volvamos a la cita de Wilde. Mi desconocimiento de esta música me obliga a asesorarme en las tiendas. Estoy buscando cierta melodía, intento tararearla, o digo dónde lo he oído. Una vez localizada, pregunto por el mejor intérprete y, ante la duda, me decanto por Deutsche Grammophon. Así llegué a Rostropóvich al chelo, Narciso Yepes a la guitarra en el Concierto de Aranjuez –Paco de Lucía es el mejor en flamenco- o Glenn Gould al piano. Y ya tiene guasa lo que me he recreado, porque es precisamente sobre este pianista que quería yo escribir.

Sabía que Glenn Gould está considerado el más grande pianista de todos los tiempos. Sus grabaciones de sonatas de Mozart, Beethoven y sobretodo Bach son reconocidas de forma unánime como verdaderas joyas de la música. Es por eso que cuando quise tener las Variaciones Goldberg, de Bach, me recomendaron las que grabó este pianista canadiense en 1981. Lo que desconocía por completo era su leyenda de personaje excéntrico, algo que descubrí hace unos días a raíz de un reportaje publicado en la prensa.

Buena parte del mito se debe a la extraña postura que adoptaba frente al piano, sentado en una silla paticorta, encogido sobre si mismo, la nariz casi a nivel del teclado, como olfateándolo. Todo en él era gesticulación durante la ejecución de la obra. Además tarareaba las piezas. Si algún técnico de sonido hubiese tenido la feliz idea de acercarle un micrófono a la boca, hoy tendríamos las célebres piezas de Bach para piano y tarareo titutitu tiruti titutitu tiruru…

Pese a las airadas críticas, se retiró de los escenarios a los 34 años para centrarse en exclusiva a las grabaciones de estudio, aunque también desde su peculiar forma de concebir la música. Se propuso dejar un amplio legado musical, y para ello se dedicó a grabar cada pieza
una sola vez. Nunca repitió una grabación, con una sola excepción. De las Variaciones Goldberg hizo dos grabaciones, una a los 20 años y otra cerca de la cincuentena. Consideró que esta pieza, al ser en cierto modo de libre ejecución, el factor edad podía, en si mismo, aportar una variación a la obra.

Si estáis interesados en saber más sobre él, aquí tenéis el enlace al reportaje, y aquí sobre su ejecución de las Variaciones Goldberg. Los vídeos son de la segunda grabación de esta pieza, en 1981.

Variaciones Goldberg 8-14

Variaciones Goldberg 1-7

Ah, por cierto. Para mi propia tranquilidad, Glenn Gould murió en 1982. Y yo no tuve nada que ver.

jueves, 12 de abril de 2007

Palabras que matan

Esta mañana, hojeando la prensa en la cafetería donde suelo desayunar, he leído que el genial violonchelista y director de orquesta ruso Mstislav Rostropóvich ha sido hospitalizado en Moscú. Parece ser que sufre un cáncer.

De inmediato he relacionado la noticia con un post que escribía hace unos días, donde mencionaba una entrevista que le habían hecho años atrás. También me he sentido invadido por una extraña sensación, un síndrome de Casandra, que viene repitiéndose desde hace algún tiempo.

Hace unos meses, a finales de octubre o principios de noviembre del año pasado, fui al Mercat de Sant Antoni a buscar unos cuantos libros. Los domingos por la mañana, en este mercado barcelonés, se juntan vendedores en un mercadillo ambulante de libros, cómics, discos, pósteres, etc. usados. Estando allí, ya con las bolsas repletas de libros, me dediqué a chafardear en los DVD y encontré el de MASH, de Robert Altman. Pese a que finalmente el precio me pareció excesivo y no lo compré, recuerdo que hice un encendido elogio de esa película a mi paciente acompañante. Días después, los periódicos se llenaban de elogios póstumos hacia este director. Ya entonces pensé en ello, pues no era la primera vez que me sucedía.

Una tarde de domingo de junio de 2005 quedé con esta misma amiga para ir al teatro. Después de ver la representación –mediocre, pues ya está olvidada- estuvimos paseando y tomando unos vinos, alargando la noche, hasta terminar apurando unos cubatas a las tantas de la madrugada en una coctelería del paseo del Born. Durante esa agradable velada estuvimos hablando de esto y aquello, pero sobretodo hablamos de libros, intercambiando cuales nos había gustado más. Recuerdo haber hecho un apasionado elogio de Camí de sirga, de Jesús Moncada, pues es la novela en lengua catalana que más me ha gustado de cuantas he leído. Y no digo la mejor porque me estoy obligando a no creer que lo mejor es lo que a mí me gusta, pero si no fuera por esto… Bueno, la cuestión es que Moncada murió durante mis alabanzas, esa misma noche. Días después, cuando se publicó su fallecimiento en los periódicos, caí en la cuenta. Pensé que, quizás, la mía había sido la última de las excelentes críticas que había recibido a lo largo de su vida. O quizás no fue tan buena mi crítica, ahora que pienso, pues se conoce que mi interlocutora todavía no ha leído a Moncada.

En fin, a lo que iba. Que no es la primera vez que alguien muere poco después de haberle dedicado algún comentario elogioso. Y que esta certeza me ha hecho plantearme algunas cosas, como por ejemplo empezar a escribir elogios sobre políticos, banqueros y demás mangantes.

just listen...

lunes, 9 de abril de 2007

Bolaño y el arte de escribir cuentos

1. Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

2. Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.

3. Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.

4. Hay que leer a Quiroga, a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

5. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

6. Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

7. Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautíer, ni de Nerval!

8. Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

9. La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

10. Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.

11. Libros y autores altamente recomendables: De lo Sublime del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares de Vila Matas.

12. Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.

Roberto Bolaño


He recordado esta lista mientras mastico La colmena, de don Camilo, con temor a ser contagiado por su tediosa narrativa.

domingo, 8 de abril de 2007

Una tarde soleada

Ayer estuve despierto hasta muy tarde –o muy temprano, según se mire- y el día de hoy, para mí, ha empezado pasado el mediodía. Iba a desayunar, pero como la nevera tenía eco he bajado a comprar algunas cosas. Después de comer a punto he estado de echarme una siesta, pero me ha dado vergüenza, así que he decidido hacer algo de provecho.

Hacía un buen día. A esa hora algunas nubes deshilachadas cruzaban el cielo, que salvo esas interferencias era de un azul limpísimo. Tras cuatro días seguidos lloviendo sobre Barcelona, hoy el aire estaba limpio y transparente. Era un buen día para echar unas fotos, así que he cogido la chaqueta, la cámara y me he lanzado escaleras abajo hacia la calle.

Ya de camino al metro he decidido que era un buen día para visitar el cementerio.

He ido al Cementerio del Este, también llamado del Poblenou, en Barcelona. Salvo la mujer que vigilaba la entrada, una mexicana muy amable, no había ni un alma. Bueno, quizás almas sí había, y gatos, pero personas consumiendo oxígeno sólo estaba yo. Es curioso lo de los gatos y los cementerios. Está claro que se sienten más cómodos entre personas muertas. Los había por todas partes. Sobre las lápidas, encaramados a una cruz, en los nichos… eso sí, siempre en el lado que daba el sol, dormitando. A mi paso levantaban de forma cansina la cabeza, entreabrían los ojos y me seguían con la mirada con semblante indiferente. Después seguían dormitando. Mientras caminaba por las avenidas abigarradas de nichos, me he sorprendido leyendo con curiosidad morbosa los nombres de las lápidas, a ver si daba con alguien conocido. Me ha producido una sensación extraña, no sabría cómo explicarlo. La monotonía de lápidas no logra darte una idea concreta de la muerte. Piensas que sí, que es algo que a la gente le pasa. Encontrarte de bruces con unas coronas de flores frescas es muy distinto. Te recuerda que pasa contínuamente. Que ahí acaba de pasar.

Este cementerio –construido en el S.XVIII- es un museo escultórico al aire libre. Pese a que iba con una idea fija, no recordaba con precisión dónde se encontraba la escultura que quería fotografiar, así que he estado paseando entre tumbas durante una hora. La distribución del cementerio es un tanto laberíntica, con pasillos y avenidas de altas paredes y patios interiores de un único acceso a través de un pórtico. Ha sido una verdadera delicia. Incluso he localizado la tumba de un personaje conocido por estas tierras, un cómico que se hacía llamar Cassen.

Pero vaya, que tras unas cuantas vueltas de más, al final he dado con ella. Tras una escalinata coronada por una monumental cruz céltica, me ha sobrecogido la imagen de El beso de la muerte, obra del escultor Jaume Barba. De esta habré hecho unas veinte fotos y de camino hacia la salida otras tantas. En total unas sesenta o setenta alegres y dicharacheras fotos del cementerio.

El beso de la Muerte


Cuando he llegado a la puerta me la he encontrado cerrada a cal y canto. En ese momento se me han ocurrido un montón de lugares más acogedores que ese para pasar la noche. Por fortuna ni siquiera he llegado a desesperarme, pues al momento he escuchado la voz de la simpática mexicana que me estaba buscando entre las tumbas. Siempre hago una ronda antes de cerrar, me ha dicho mientras me acompañaba hacia una salida lateral. Menos mal, le he respondido yo.

Después he ido a la Barceloneta a quitarme el susto con una caña y una tapa de anchoas.

viernes, 6 de abril de 2007

Ceci n'est pas une pipe

Ceci n'est pas une pipe

miércoles, 4 de abril de 2007

Sombras

La luz de los semáforos va cambiando de color con precisa monotonía, dejando paso alternativo a los escasos coches que circulan por la calle a esa hora de la noche. Las farolas, tamizadas por la fina llovizna, derraman reflejos en círculos sobre la acera mojada. Un hombre con las manos hundidas en los bolsillos de su gabardina, mira las novedades editoriales a través del cristal del escaparate iluminado de una librería. Después se aleja con la cabeza hundida entre los hombros, el mentón pegado a su pecho para que el frío no se cuele por el cuello abierto de la camisa. Los mechones de pelo mojado se adhieren a su frente. El agua se acumula en sus cejas hasta que una gota se desprende, recorre su nariz helada hasta la punta y salta a un vacío que detiene su gabardina calada.

Camina apresurado. Para mojarme más deprisa, piensa. Con su cuerpo encogido va atravesando la bruma que se cierra a su paso, sin dejar ninguna estela tras de si. Siente el dolor de los pies fríos y mojados a cada paso, a cada movimiento que articula con un crujido. No piensa más que en llegar a casa y sumergirlos en agua caliente. Las farolas hacen surgir de sus pies múltiples sombras que van creciendo y encogiéndose, hinchándose sin volumen para soltar después el aire, respirando, adaptándose al terreno. Frente a él una sombra crece diluyéndose, deformándose desde el patrón de su perfil, mientras a su lado otra se empieza a formar en la pared, doblándose por las rodillas hacia el suelo hasta alcanzar sus pies, que empiezan a absorberla, a atraerla, arrastrándose por la pared hasta desaparecer para volver a crecer delante suyo hasta diluirse.

Sube la escalera de una calle empinada y las sombras se hinchan y encogen, saltando por los escalones, doblándose en acordeón. O en bandoneón. Sonríe su ocurrencia volver con la frente marchita, la frente empapada. Intenta silbar pero tiene los labios amoratados y sólo saltan gotitas de agua. Tararea mientras gira a la derecha por el callejón oscuro, al fondo otra vez las farolas. Ahora no tiene sombras. Todo es sombra y escucha el chapotear de sus pies en los charcos y el borboteo de los ríos sin nombre saltando hacia las alcantarillas.

Sale otra vez a la calle iluminada, un paso y después otro hacia la luz y se detiene. De sus pies no sale ninguna sombra. Mira hacia atrás a la calle oscura y hacia delante al portal de su casa. Vuelve a agachar la cabeza y de sus pies no sale ninguna sombra. Maldice volver, con la frente marchita, y hacia la calle oscura desanda sus pasos. No los desando, los vuelvo a andar, piensa mientras crujen las articulaciones entumecidas. Se sumerge de nuevo en la sombra, caminando despacio esta vez. Se detiene, mete la mano bajo la gabardina y tantea con dedos insensibles en el bolsillo del pantalón. Le duelen las uñas. Saca un mechero, lo enciende y lo acerca a sus pies, agachado. Unos segundos de incertidumbre dónde estará hasta que vuelve a aparecer su sombra, angustiada y lastimera, agarrándose con fuerza a las suelas de sus zapatos para no perderse de nuevo. Regresa despacio hacia la calle iluminada, se asegura de que sigue ahí, y continúa un paso y después otro con sus múltiples sombras que van creciendo y encogiéndose a sus pies, hinchándose sin volumen para soltar después el aire, respirando, adaptándose al terreno.

lunes, 2 de abril de 2007

Insomnio

(Del lat. insomnĭum).

1. m. Vigilia, falta de sueño a la hora de dormir.

'La persistencia de la memoria' de Dalí

domingo, 1 de abril de 2007

Las cabeceras

Todo bloguero que se precie tiene algo de narcisista. Para muestra este post que me he sacado de la manga, recopilando todas las cabeceras que han pasado por aquí.

octubre de 2006, el Panteón en Roma.

Panteón

octubre de 2006, el Cenáculo de Leonardo en Milán.

Cenáculo de Leonardo

julio de 2006, secando fruta.

secando fruta

julio de 2006, reloj de sol en la ermita de l'Erola, en el Montseny, Girona.

reloj de sol

abril de 2006, porta de la passió de Subirachs, en la Sagrada Família, Barcelona.

puerta de Subirachs

marzo de 2006, baldosas diseñadas por Gaudí en el Passeig de Gràcia, Barcelona.

baldosas de Gaudí

febrero de 2006, preparando calçots en Seva, Barcelona.

fuego

enero de 2006, bosque nevado en Sta Fe del Montseny, Barcelona.

bosque nevado

enero de 2006, valle nevado en Gorgues del Freser, cerca de Núria, Girona.

valle nevado

noviembre de 2005, bosque otoñal en Sta Fe del Montseny, Barcelona.

bosque otoñal

octubre de 2005, preparando la castañada.

castañas

septiembre de 2005, racimo de tempranillo.

racimo

agosto de 2005, lluvia sobre mi terraza.

lluvia

Observaréis que la frecuencia con la que he ido cambiando la cabecera, ha disminuído de forma notable con el tiempo. Me estoy convirtiendo en un bloguero acomodado.

sábado, 31 de marzo de 2007

La portada

Un 31 de marzo de hace ahora 40 años, cuatro iconos de la música pop -y de la cultura pop en general- se juntaron en un estudio con Peter Blake, un prestigioso artista del Londres de los 60. De esa genial fusión salió la portada más emblemática, parodiada e imitada de toda la historia de la música. El encargado de inmortalizar el resultado con una cámara fue Michael Cooper, un fotógrafo que había trabajado también para los Stones.

En efecto, me estoy refiriendo a Sgt Pepper's Lonely Hearts Club Band de los Beatles. Y por si fuera poco, el vinilo que parieron fue -y es- una obra maestra.

Tradición oral

En África, cuando muere un anciano, se quema una biblioteca.

Amadou Hampâté Bâ fue poeta, escritor y el mayor recopilador de historias de la tradición oral africana.

lunes, 26 de marzo de 2007

Una noche cayeron las estrellas

El valle era una profunda herida que el agua había hollado en la montaña tras millones de años de crecidas y heladas. Una estrecha franja de prados junto al río, entre altivos espolones de piedra caliza coronados por majestuosos picos, cubiertos de nieve incluso ahora en verano. Tendidos sobre una fuerte pendiente, el verde oscuro casi negro de los pinos formaba una franja divisoria de bosque entre el verde brillante de los prados y la piedra desnuda salpicada de grises y teja. En lo más caluroso del día, el aire se saturaba del aroma perfumado de la resina, llegando hasta lo más profundo del valle, junto a las piedras del río donde se sentaba hasta que se le secara el bañador. Acostumbrado como estaba a las brumas de la costa, el azul intenso y cristalino del cielo le parecía una inmensa cúpula de porcelana.

Estaba impaciente por que anocheciera, pero ¡uf! recién había terminado de desayunar y se había precipitado corriendo al río. Si se bañaba así, muy rápido después de desayunar, no tenía que hacer la digestión. Eso le había dicho su padre. Y él se lo creía, porque su padre lo sabía todo. Sabía, por ejemplo, lanzar piedras y que rebotaran en el lago. También sabía encender la barbacoa y atar cuerdas a los árboles para lanzarse al río como Tarzán. Él gritaba como Tarzán cuando se lanzaba al agua, pero su padre lo hacía mejor. Y le había prometido que después de cenar y antes de acostarse, saldrían del pueblo hacia el bosque para ver las estrellas. Sí, irían al bosque de noche. Pero no tenía miedo porque los dos llevarían una linterna. Él también tenía una linterna. Se la habían regalado para su cumpleaños. Ya no le cabían todos los años en una mano. Además su padre sabía ir por los bosques de día y de noche.

Siempre dormían la siesta después de comer, pero ese día fue incapaz. Su padre le había dicho que aquí, en la montaña, hay más estrellas que en la ciudad. Tantas que no se pueden contar, pero él sabía contar hasta mil. Y cuando se sabe contar hasta mil lo demás es fácil, porque después de eso todo es volver a empezar. Primero dos mil, después tres mil y así hasta llegar otra vez a mil. Sabía contar hasta mil mil veces. Pero su padre decía que hay más estrellas que mil mil veces.

Se puso a contar pero al llegar a cien ya se había cansado. No se pueden contar –pensó- porque uno se cansa antes. O porque antes de terminar ya se ha hecho de día otra vez. Un día estuvo contando en voz alta. Cuando llegó a mil continuó como le habían enseñado en la escuela mil uno, mil dos, mil tres pero su padre le dijo niño cállate que vas a volvernos locos. Por eso no se pueden contar las estrellas, porque te vuelves loco.

Cansado de estar en la cama sin poder dormir, salió de su habitación, cruzó el pasillo con sigilo hasta la puerta y la abrió con cuidado. Salió al calor de la tarde y la cerró tras de sí, también sin hacer ruido. Bajó corriendo la calle hasta el lago para tirar piedras. Su padre le había enseñado cómo lanzarlas para que rebotaran por el agua, pero él las lanzaba y se hundían con un blup. En verano hace calor porque los días son más largos. Hace sol más rato y lo calienta todo. El sol es una estrella, pero se ve de día. Es la única estrella que se ve de día. El resto de estrellas son más pequeñas y se ven de noche. Dice su padre que no son más pequeñas, que se ven así porque están más lejos. Su padre también tira las piedras más lejos, por eso rebotan sin hacer blup.

El sol reverbera en la superficie del lago haciéndole achinar los ojos para ver la trayectoria de sus piedras. En la orilla opuesta está el cañizar adonde iban a coger ranas. Resbalan como una pastilla de jabón, pero no tanto como las truchas. Además, las ranas no se comen. Esta noche cenarán truchas. Su padre y él irán a pescarlas, pero su madre dice que por si acaso ella hará una tortilla(1). ¡Eh, ha rebotado! Hay que coger las piedras más planas y lisas para que reboten sobre el agua. Pero a su padre le rebotan cinco, seis y hasta diez veces. Es muy difícil contarlo, aunque él sabe contar hasta mil mil veces. Pero al final rebotan muy deprisa y es muy difícil contarlo. Nunca se sabe si ha rebotado ocho, nueve o diez veces. Hay que imaginárselo un poco.

Las noches son frías y húmedas incluso en verano. Vestidos con anorak, guantes, gorro de lana y calzados con botas de montaña, dos desiguales figuras avanzan sobre la espesa alfombra de pinaza y musgo del bosque. Las ramitas crujen bajo sus pies y la noche está poblada de sonidos desconocidos para él. Algunos sí los conoce. Ese uh, uh es un búho o una lechuza, pero hay otros sonidos de fondo. Dos haces de luz perforan la noche ante ellos. A los lados la oscuridad es total, densa, casi se puede palpar. Busca la mano de su padre, aunque no tiene miedo. El corazón late desbocado. Es una situación excepcional para él. Acostumbrado como está a acostarse recién cenado, salir al bosque por la noche, con su padre, es algo novedoso e intenso. Hay que andar por el bosque, ascendiendo entre raíces y piedras, durante media hora más o menos. Al final se terminan los árboles y se abre un gran prado alejado de las luces del pueblo. Dice su padre que desde allí se ven todas las estrellas. También dice que esta noche no saldrá la luna. Cuando la luna crece tiene forma de D, y cuando disminuye de C, al revés que las palabras. El sol no crece ni disminuye, sólo sale y se esconde.

En el tramo final la pendiente se acentúa. Hay que trepar entre rocas y raíces retorcidas que se hunden entre las grietas, quebrando la piedra. Él pasa primero y su padre le empuja desde abajo hasta que consigue trepar la última roca. Todavía agachado, se gira para ayudarle, pero el padre ya ha trepado junto a él. Se incorpora y mira hacia el prado que se extiende a sus pies, apaga la linterna y se hace el silencio. Sólo se oye la respiración acompasada y los latidos de su corazón. Y empieza a ver las lucecitas. Pequeñas lucecitas de color verde claro que parpadean en el suelo. Primero unas pocas, más tarde cientos y hasta mil mil veces. Miles y miles de lucecitas parpadeando alegremente. Pero no están en el cielo. ¿Las estrellas se han caído? Mira a su padre sorprendido, con gesto interrogante. Y su padre sonríe y le dice son luciérnagas. Por eso, porque su padre lo sabe todo, ahora él sabe que las estrellas, cuando caen al suelo, se llaman luciérnagas. Y no se pueden contar de tantas que hay. Ahora también él sonríe.



(1) Juego de palabras intraducible. En catalán, tortilla y trucha se dicen igual: truita.
Mi madre nos hacía esta broma siempre que mi padre y yo íbamos a pescar. Y menos mal, porque de lo contrario la mayoría de veces nos habríamos quedado sin cenar.

viernes, 23 de marzo de 2007

he visto cosas que vosotros no creeríais

Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais.
Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

Es hora de morir.


jueves, 22 de marzo de 2007

Juicio escaso

Hoy he perdido la mitad de mi escaso juicio en el dentista. Extraña paradoja esta en que las más juiciosas de todas deben ser sacrificadas en beneficio de la comunidad. Pero es que no son maneras. Pretendían imponer su juicio, y para ello no tuvieron ningún reparo en desplazar a empellones a las que estaban ahí tan plácidamente años ha.

Justo en estos días en que la recién estrenada primavera nos ha traído vientos gélidos, el médico me ha aconsejado no tomar bebidas calientes. Así que he llenado de agua un cazo y lo he puesto al fuego. Cuando ha empezado a hervir he descolgado una bolsita de té hasta sumergirla en el agua y he esperado unos minutos. Entre tres y cinco indica la etiqueta. Después he llenado hasta el borde una taza y la he cogido con ambas manos, acercando la nariz al borde humeante. Y así estoy desde hace un buen rato, agarrando, casi abrazando la taza para entrar en calor. Tenía las manos heladas.

Ahora, mientras escucho a Derek and the Dominos tocando un blues, me ha apetecido tomar una copa de calvados. Por desgracia el médico también me lo ha prohibido.

martes, 20 de marzo de 2007

Sobre la propaganda

No suelo escribir sobre política aquí en el blog, pero me voy a permitir una excepción.

En el actual panorama político patrio –desolador si me lo permiten- tenemos por una parte a la derecha, arengando a las masas en una estrategia de confrontación que apela a los instintos más bajos del ser humano. Esto es la bandera, la patria, la religión, el territorio, etc. mientras que por otra parte los socialistas observan con perplejidad, con una desalentadora incapacidad para responder y resolver.

El último espectáculo propagandístico de la derecha ha sido la –en palabras de don Gregorio- manifestación preventiva por la supuesta anexión de Navarra al País Vasco y posterior creación de una gran Euskalerría. Y todo ello, claro está, auspiciado por la banda terrorista ETA en connivencia con los socialistas.

No vayan a creer que esta estrategia es nueva, en absoluto.


En 1941, en una Alemania en guerra con todo el mundo, apareció este cartel propagandístico con un curioso mapa de Europa en el que los países aliados se habían repartido el territorio alemán. El título “Deutschland muss sterben” (Alemania debe morir) está escrito con una tipografía que recuerda a la escritura hebrea, con todo lo que eso implica. Los culpables de este reparto, los enemigos de la patria, eran los americanos, los ingleses, los rusos y los judíos encarnados en Roosevelt, Churchill, Stalin y Nathan Kaufman respectivamente. ¿Que quién es este tal Kaufman? Ahí entra la estrategia según la cual, si tienes una buena conclusión, debes inventarte las premisas que te lleven a ella para conseguir un silogismo redondo.

Theodore N. Kaufman era un joven propietario de una pequeña agencia de venta de entradas para teatro, en Nueva Jersey. En marzo de 1941 escribió y se autoeditó un librito de cien páginas titulado “Germany Must Perish!”. En él abogaba, entre otras cosas, por la esterilización del pueblo alemán y el desmembramiento de Alemania, repartiendo los territorios entre los estados vecinos. Este libro no tuvo ninguna repercusión en EEUU, pero en julio de ese mismo año los nazis lo descubrieron. Ahí empezó a fraguarse todo. El aparato de propaganda nazi elevó a Kaufman a la categoría de mano derecha de Roosvelt, miembro de su Consejo y a cuyo dictado el propio presidente escribía sus discursos. Goebbels –quién si no- ordenó la publicación de 5 millones de panfletos para repartirlos por todo el país, arengando de esta forma al pueblo alemán a defender la integridad de la patria.

Quizás esté exagerando mis temores, pero he visto demasiadas coincidencias con lo que ocurre en este país.

domingo, 18 de marzo de 2007

A fondo

Hubo un tiempo en el que aparecer por televisión era, más que un fin en si mismo, un medio para exponer algo. A través de la pantalla, nos llegaban a casa rostros de personajes porque eran famosos y respetados por su trabajo y no al revés, como ocurre ahora.

Guardo en mi memoria imágenes fugaces en blanco y negro, vagos recuerdos de señores desconocidos hablando de cosas incomprensibles para mí, pero –niño cállate o vete a jugar- muy interesantes para mis padres. Recuerdos de sintonías asociadas a permisos paternos, a horarios –hora de irse a la cama- y a uno –mirada de reojo- o dos –sentencia- rombos.

En ese tiempo en que la mañana y la tarde quedaban unidas por una carta de ajuste y la noche sólo ofrecía nieve, la pequeña pantalla se abrió de par en par a la cultura en un espacio de entrevistas. Conducido de manera magistral por Joaquín Soler Serrano –a menudo más protagonista que el entrevistado, pues no siempre los grandes de la cultura son grandes en su elocuencia-, por el austero plató de A fondo, ajeno a los artificios, los gritos y la mala educación que hoy nos ofrecen, pasaron primeras espadas de la literatura como Borges, Rulfo, Cortázar, Pla, Cela, Alberti o Vázquez Montalbán; músicos de la talla de Joaquín Rodrigo, Narciso Yepes o Andrés Segovia, científicos como Severo Ochoa e inclasificables como Dalí.

Este espacio estuvo abierto desde 1976 hasta 1981. Desde entonces no ha habido ningún digno heredero capaz de tomar el testigo. Siendo generoso, Mercedes Milá o Hermida se acercaron. O simplemente no ha interesado que el gran público piense o reflexione.

Por fortuna se conservan esas grabaciones y cualquiera que lo desee puede hacerse con ellas. Han sido editadas y puestas a la venta en DVD, lo que significa que también están en la red. Os dejo unos fragmentos de la entrevista a Cortázar, del año 1977.

Sobre sus recuerdos de la infancia en Barcelona.

Sobre la soledad.

Sobre lo real y lo fantástico.

Sobre las ideas.

sábado, 17 de marzo de 2007

Lecturas

Hace poco leí el Retrato de artista adolescente de James Joyce, y ya desde las primeras páginas tuve esa grata sensación que produce un libro cuando sabes que te gustará. No es sólo por su admirable –envidiable- forma de escribir, ese estilo suyo que mezcla el relato del narrador con los pensamientos del protagonista, o la sucesión de anécdotas tal como la explicaría el protagonista a un amigo. No es sólo eso.

Cuando leo una novela que me gusta, o sobretodo cuando leo una que me marca, no se trata ya de recordar la trama o lo que en ella sucede. Sobretodo creo un vínculo especial con los personajes. En muchos casos siento una identificación, una empatía con ellos; o admiración. A partir de ese momento siempre que sucede algo, que hago algo que guarda cierta similitud con ese personaje, lo recuerdo. O pienso, él o ella habría hecho esto o aquello. Se convierten en amigos y si algo me sabe mal cuando termino de leerlo, es haber perdido un amigo. Por lo menos a mí me sucede algo parecido a eso. Es una especie de abatimiento. Suele pasarme que, tras leer un libro que me cause una sensación intensa, tardo un tiempo en empezar la lectura de otro. Es parecido a una ruptura, un trance de inactividad reflexiva que no deseo que nada ni nadie interrumpa hasta que siento que ha llegado el momento de seguir.

Me gustó mucho –y me costó mucho, quizás por eso- leer Ulisses de Joyce –sí, fui yo ¿qué pasa? Lo siento como una de esas cumbres, ya no de la literatura, sino personales. El poder afirmar y afirmarme que he leído Ulisses. La intensidad psicológica de los personajes de esa novela es insuperable. Toda la novela transcurre en un solo día en la vida de Stephen Dedalus y Leopold y Molly Bloom. Qué hacen, adonde van… Qué dicen entre ellos, pero como lo diríamos entre amigos, en el sentido en que yo puedo hablar de un amigo sin mencionar su nombre. O él referirse a mí por mi nombre de pila, por mi apellido según sea el caso, por mi mote o por algún apelativo cariñoso. En la novela sobre nuestra vida leeremos palabras y códigos que sólo unos pocos comprenderán, mientras que otros necesitarán una explicación. Palabras que sabremos quien las dijo porque son características de una sola persona. A eso me refiero. Pero sobretodo, y ahí radica la genialidad de Joyce, qué piensan tal y como lo piensan. Retazos inconexos que uno mismo deberá hilvanar. Es un relato sin masticar, sin la explicación narrativa del ser que suele situarse por encima de los personajes para dar las conexiones hechas. No sé si me explico…

Cuando terminé la novela me pasé una buena temporada sin la capacidad para leer nada más. La huella que dejaron en mí los personajes fue brutal, y perderlos me dejó totalmente abatido. Quizás también exhausto por la frecuencia con que consultaba el diccionario…

Y volviendo a las primeras páginas del Retrato de artista adolescente, empecé leyendo la historia de un niño que se llama Stephen. Se suceden personajes a velocidad de vértigo, mencionándolos sin describirlos, pues eso ya lo dará el relato. Todo desde la perspectiva de un niño, al estilo del Señor Sömmer de Süskind. Hasta que el niño se presenta a un alumno mayor que él, muy bruto, con el nombre de Stephen Dedalus. Fue entonces cuando supe –si bien antes sospechaba sin siquiera pensarlo- que me gustaría. Había reencontrado al protagonista de Ulisses, pero esta vez lo iba a conocer cuando era adolescente.

Me encantan estas cosas.

Póster de la película Blow Up (1966)He recordado esto leyendo Las armas secretas de Cortázar. Hace unos quince años vi Blow Up de Antonioni casi por casualidad. De inmediato se convirtió en una de mis películas favoritas y más revisitadas. Años después supe que esa película estaba basada en un relato de Cortázar, aunque no me preocupé demasiado por averiguar qué relato. De hecho, este dato había quedado enterrado bajo unos cuantos repliegues de mi cerebro. Hasta hace unos días, cuando empiezo a leer Las babas del diablo, relato incluido en Las armas secretas, y voy percibiendo cierta familiaridad, algo de déjà vu, pero siendo consciente que no, que nunca he leído este relato. Pero sí, me doy cuenta que es el relato en el que se basó Antonioni. No es la misma historia, no tiene nada que ver la una con la otra. No son los mismos personajes, ni el mismo lugar, pero es un reflejo fugaz del original pasando ante el cristal de un escaparate. Una huella en la arena que las olas han desdibujado.

A mí estas tonterías me emocionan.

Y como colofón, el siguiente relato –El perseguidor- es un homenaje al gran, inconmensurable Charly Parker, Bird para los amigos.

Ahí el bueno de Cortázar me ha desarmado. Con él os dejo, en compañía de Bird.

miércoles, 7 de marzo de 2007

Jealous Guy

A los ojos de este Otelo, soy un Casio escondiendo el pañuelo de su Desdémona. Y a este Otelo no le hace falta ningún Yago.




Porque es lo mismo no saber pedir perdón que pedirlo demasiadas veces.

jueves, 1 de marzo de 2007

Desolación

Creo que fue un sueño lo que me llevó allí. O quizás estuve allí, no lo sé. Voy paseando por el barrio gótico, justo por la calle que forma un arco tras el ábside de la catedral. Es un paseo habitual, por eso sigo sin saber si fue un sueño. Es un limpio atardecer de invierno. Todo el día ha estado nublado, pero justo al salir de casa el espeso manto ha ido apartándose como si alguien tirara de él desde un extremo. Y como si la ciudad se descubriera dejando la manta a sus pies, un viento helado ha empezado a soplar desde el norte. Sólo han quedado unos jirones de algodón flotando en tonos violeta y rosa pálido. Durante apenas una hora un sol que se apagaba ha pintado desde abajo luz y color en ese manto de nubes.

Dejaba atrás la catedral cuando he oído una música distante pero nítida. Sonaba una triste melodía arrancada con maestría de lo que parecía ser un chelo. He recordado una lectura, creo que una entrevista a Rostropovich, donde decía que el chelo es el instrumento que más se acerca en su sonido a la voz humana. Y esa música que llegaba a mis oídos era un lamento desolador, una tristeza que encogía el corazón.

Un hilo invisible ha empezado a tirar de mí, a guiarme hacia el origen de esa música. Me he sentido atraído por ella, por saber quién era capaz de envolverme de tanta melancolía y a la par hacerme tan feliz, sólo con una melodía. Antes de meterme por ese estrecho callejón en penumbra ya sabía hacia dónde me dirigía. Los faroles todavía estaban apagados y una estrecha franja dorada por el sol coronaba la parte alta de los viejos edificios de piedra. He entrado en la plazoleta y junto a la fuente he visto a un grupo de personas formando un irregular corro. Justo en medio hay un chelo, pero nadie lo toca. Sólo se escucha el débil borboteo del agua. Todos me están mirando y mirando al chelo. Me están esperando porque soy yo quien debe tocarlo. Me acerco con paso indeciso hacia el grupo, que va abriéndose para dejarme el camino libre hacia el centro del corro. Los miro, más por ganar tiempo que por no saber qué esperan de mí. Finalmente cojo el chelo, pero no sé cómo hacerlo. No es que no sepa tocarlo, es que ni siquiera sé cómo debo cogerlo. Pero el chelo sabe y se adapta a mí, me guía. Cojo el arco para acercarlo a las cuerdas y empiezo a tocar. Primero suena extraño, nervioso y poco fluido, pero poco a poco empieza a sonar bien, mágica y maravillosamente bien.

La gente a mi alrededor se ha quedado ensimismada, ausente. Mientras toco, giro mi cabeza hacia el callejón por el que he venido y ahí, enmarcada en el arco de entrada a la plaza, ya con la luz de los faroles detrás, hay una chica vestida con una gabardina de la que sólo veo el perfil a contraluz. Está ahí quieta, escuchando. Ha llegado, igual que yo, atraída por la música. Pero se ha quedado bajo el arco de piedra.

Poco a poco, se ha ido acercando sin hacer ruido, temerosa de romper alguna nota que todavía vibrara en la quietud de la plaza. Mientras va avanzando, la luz de los faroles me permite verle la cara y veo que está llorando. Nada espasmódico, sino un bello y sereno rostro y lágrimas que le cruzan las mejillas y se pierden en sus labios.

Dejo de tocar –el chelo ha dejado de sonar- porque la pieza ha terminado y la chica se acerca a mí, me da un beso húmedo de lágrimas en la mejilla y se va deprisa por el otro callejón, justo a mi espalda.

Abandono el chelo en el suelo para seguirla, pero la gente que me rodea no me deja salir del corro que todavía forman a mi alrededor. Me empujan, me agarran y tiran de mí y cuando por fin, a empellones, logro romper el círculo ya ha desaparecido entre los callejones. Ya ha anochecido.

Y no sé si vuelve a sonar la música del chelo o soy yo que me siento desolado.

Sant Felip Neri, Barcelona


martes, 27 de febrero de 2007

Quien tiene un tesoro

Un hombre necio espera sentado tomando un café mientras fuma un cigarrillo tras otro. Ha llegado con demasiada antelación y para colmo su amigo se retrasa, como siempre. Su mirada es un metrónomo que salta desde las agujas del reloj que preside la cafetería hasta la calle, a través de la ventana, para regresar de nuevo al reloj, fruncir el ceño, y de nuevo a la calle para resoplar de forma notoria. Además ha dejado el coche mal aparcado, maldita sea piensa.

Entra un hombre de aspecto lerdo, de maneras toscas; un buen ejemplar de mostrenco. El hombre necio lo ha visto, levanta la mano y la agita para hacerse ver. Con un andar tambaleante, arrastrando los pies y tropezando con las mesas, demasiado juntas para el escaso dominio de su cuerpo, que molestas hacen vibrar los platillos y las tacitas, se acerca a la mesa de su amigo. Se saludan con fría efusividad, con rutinaria cortesía. Cuánto tiempo sin vernos, ya tenía ganas. ¿Cuánto hace, un año quizá? ¿Tanto? Qué bárbaro, cómo pasa el tiempo. Han pasado tantas cosas, etc. Se sienta y pide un café con leche. Otro café para mí.

Sobre la mesa dos tazas vacías, manchas de café y ceniza y un cenicero rebosante. Tomas mucho café, dice el amigo mostrenco. Siete u ocho cada día –que serán diez o doce, pues los excesos siempre se suelen atenuar-, me espabila y agudiza mi inteligencia –añade. Bueno, pues eso… ¿qué te cuentas? Suena un teléfono móvil. Disculpa dice mientras se levanta y se dirige hacia la puerta. Traen los cafés y mientras espera se toma el suyo con leche. Se queda mirando la calle, el trajín de camiones y furgones de transporte, hombres con carretillas cargadas yendo hacia los comercios o vacías volviendo de ellos. Se forman momentáneos atascos de circulación. Tengo el coche mal aparcado, piensa.

Regresa su amigo murmurando algo entre dientes. Se sienta malhumorado y toma un sorbo de café. Está frío exclama indignado, levantándose y gesticulando con profusión hacia el camarero, al que increpa por servirle un café frío. Vuelve a la mesa con paso arrogante. Se oyen frenéticos bocinazos desde la calle. Antes de sentarse, mira a través del cristal de la ventana y ve a un impaciente conductor al que un coche mal aparcado impide la marcha. Es su coche. Es mi coche –informa a su amigo- ¿ves? Ese de ahí, el azul. Es mi coche. Estorba. Lo tengo mal aparcado. Ahora vuelvo. Y sale de la cafetería. Cuando regresa encuentra a su amigo hablando por teléfono. Se sienta sin poder ocultar su impaciencia. Remueve ostensiblemente el azúcar de su café, haciendo ruido innecesario y salpicando la mesa. Se pone a jugar con su teléfono móvil, que comienza a emitir ruiditos impertinentes. Su amigo el mostrenco finalmente cuelga, pero él todavía tarda un rato en darse por enterado. Me tengo que ir –dice. Yo también, ya es tarde –responde.

Se levantan. Ha sido un placer volver a charlar contigo. Ya volveremos a vernos otro día ¿te parece bien? Sí, nos llamamos. Sí, está bien, ya nos llamaremos. Se estrechan la mano efusivamente, agitando de manera notoria, como si quisieran demostrar al mundo, o por lo menos a la gente que les rodea cuan buenos amigos son. Adiós. Adiós, nos vemos. Y con esta aséptica sutura en su conciencia se separan, cada un por su lado, con el orgullo que otorga el esfuerzo por haber dedicado una sensible porción de su valioso tiempo a un desconocido al que, por costumbre e irreflexión, todavía consideran amigo.