martes, 21 de agosto de 2007

La buena estrella (y III)

A menudo envidio a Hans Castorp. El joven burgués que fue a un sanatorio en el corazón de los Alpes para visitar a su primo convaleciente, y que las tres semanas de cortesía se convirtieron en siete años de vida contemplativa. Yo no aspiro a tanto, pero sí que de vez en cuando el cuerpo me pide estar rodeado de montañas y bosques y ríos todavía jóvenes, cuando descienden limpios y encabritados. En mi caso he ido para tres días, y no me hubiera importado quedarme siete semanas. Bien es cierto que el lujoso sanatorio de amplias estancias de la novela de Mann en nada se parece a la mísera y concisa pensión que hemos ocupado, y que las cimas nevadas de los Alpes apuntan al cielo más altivas y arrogantes que las de mi modesto Pirineo catalán. Ni siquiera la chaise longue en la que Castorp se tendía enrollado en una manta cabría en mi habitación. De hecho cuando he visto que, además de dos camas de distintas alturas, hay un plegatín en un rincón (el único donde podía estar), me ha parecido no ya exagerado, sino optimista. De todos modos yo parto con una notable ventaja en mi estancia, y es que mi Madame Chauchat particular viene conmigo. Pero en esta ocasión no es rusa, y sus ojos oblicuos los he cambiado por unos redondos, grandes y oscuros.

La primera vez que visité este pueblo, hace casi tres décadas, había un bar tras un enorme portón de madera, que se abría cuando el dueño regresaba del huerto. También estaba la fonda, seguramente centenaria. En un primer vistazo, hoy he contado tres bares y dos restaurantes. En aquellos años, la enjuta anciana sepultada bajo varias capas de tela negra que atendía la tienda de comestibles apenas entendía algo de español y sólo hablaba catalán. Igual que la chica que nos ha dado las llaves de la pensión, que tampoco entiende el español y sólo habla ruso. Las que sí hablan español –pero ni un ápice de catalán- son las tres chicas sudamericanas tras las que se parapeta el dueño de un bar de desubicada decoración parisina bohemia. Sin duda es por eso que la primera noche hemos soportado estoicamente una acaramelada sesión de Maná, hasta que hemos huido cuando ya nos sentíamos sumergidos en un baño de dulce de leche. Pero antes, en aras de la corrección política y la obligada cuota catalana, he improvisado una breve pero intensa traducción simultánea que ha mutado en crema catalana con doble de azúcar quemado, provocando algún ataque de risa histérica.

De los dos restaurantes, uno es correcto y el otro, el de la pensión, excelente. Al primero fuimos por estar el segundo –naturalmente- todo reservado. Los platos que pidió ella –una vichisoise y un carpaccio con virutas de parmesano- no revisten mayor dificultad ni secreto. Son platos comunes y su correcta ejecución es lo mínimo exigible a todo restaurante que los tenga en su carta. Pero a mi sopa de ceps con butifarra negra le faltaba algo; un buen cocinero seguramente. Con semejantes ingredientes resultaba desconcertante llevarse a la boca un caldo algo insípido, como así fue. En cuanto a los carrillos de cerdo a la brasa no puedo opinar, pues me resultó difícil encontrar alguna parte que no estuviera carbonizada. Sin duda el restaurante de la pensión está muy por encima. No entraré en detalles, pues todo, desde los canelones caseros hasta el variado de setas con foie es excelente. Hasta el vino de la casa, servido en botellas si etiquetar, resultó sorprendente. A uno le doy un aprobado justito por el entorno y el servicio, mientras que el otro es notable rozando la excelencia. Y los precios son similares, rondando los 30 euros por persona.

Observando...


Vuelvo a Hans Castorp. Porque pese a las consabidas diferencias, estos tres días han sido lo más parecido a la vida contemplativa que he vivido en todo este año. Nos hemos levantado cada día antes de las diez, para ir a desayunar. Pan tostado, mantequilla, mermelada y jamón. Tras lo cual hemos vuelto también cada día a la habitación a dormir la siesta del desayuno. Después paseo de cuarenta y cinco minutos por la montaña hasta el río, cargando a mis espaldas una mochila con tres libros
–por si acaso- que no han sido abiertos ningún día. Baño y reposo y vuelta a comer. Otra siesta y de nuevo a la calle a tomar una cervecita antes de cenar, o a dar un nuevo paseo hasta el río. Y tras la cena, copa y charla agazapados tras el humo de los cigarrillos, hasta que Maná de nuevo nos mande a la cama. La lluvia de estrellas, ni la vimos ni falta que hizo. Creo que podría acostumbrarme a esto.

El tren de regreso también lo perdimos y también tuvimos que esperar durante tres horas, pero ya nos lo tomamos con más calma.

4 comentarios:

martina dijo...

Es que es muy diferente esperar a alguien que esperar con alguien. El tiempo transcurre de distinta forma.

arrebatos dijo...

Sin duda. Pienso que cuando Einstein hablaba de lo relativo del tiempo, se refería a esto. Que a veces corre cuesta arriba y otras cuesta abajo.

Pitima dijo...

Siento romper con la trascendentalidad.. pero, caray, arrebatos, ¡sí que eres peludo!.. jajaja. Sales muy guapo en la foto y das envidia por la cascada esa que se ve.

arrebatos dijo...

Uy Pitima, pues tendrías que verme en las noches de luna llena. El hocico me favorece tanto...