miércoles, 8 de agosto de 2007

Tormenta en la playa

Se agradecen los días de lluvia, en especial las tormentas de verano; la tregua en la canícula. Me gusta sentarme en la terraza, al resguardo del tejadillo, y ver cómo las ráfagas van barriendo el aire, las calles, limpiando hasta dejar todo reluciente, como nuevo. En esas tardes sin sombras y noches de múltiples reflejos el aire vuelve a sus orígenes; despojado de contaminación y polvo sólo nos ofrece el agradable olor a tierra mojada y a cetaria. Es habitual que llueva en Barcelona a finales de agosto y en septiembre. Sin embargo no es tan extraño que lo haga por estas fechas, por mucho que les pese a los adictos a torrefactarse en superpobladas playas.

Estas tormentas veraniegas me traen de vuelta escenas de mis veranos pasados junto al mar, entre arenas y pinos y olor a resina. Las noches sentados en la terraza del bar, al pie del paseo marítimo, charlando, fumando y viendo llover sobre la playa. Exclamando nuestra sorpresa y asombro con los truenos que silenciaban el repique de lluvia; cuando los rayos rasgaban las nubes en varios zarpazos que se hundían en un mar opaco y oscuro, violento y en esos días poblado de terribles monstruos y aterradoras criaturas mitológicas que escupen la espuma que se estrella violentamente contra las rocas. Las ráfagas de viento saturado de mar que nos dejaban un poso de sal en los labios.

Todavía antes, en esa época en la que eran los mayores los que fumaban, nos acercábamos hasta la playa, a buscar cobijo bajo alguna de las muchas barcas que descansaban vueltas del revés sobre la arena mojada y extrañamente fría. Nos tumbábamos ahí debajo, en esas pequeñas islas de arena seca y escarbando un hueco nos quedábamos mirando la tormenta. A la mañana siguiente regresábamos con la alegría de una playa entera de arena compacta para jugar al fútbol. Eso si la tormenta no era vespertina, porque entonces íbamos corriendo a jugar bajo la lluvia, junto al embarcadero. Como esa tarde que cayó un rayo terrible como un crujir de huesos sobre el mástil que hacía las veces de poste de la portería, partiéndolo por la mitad en toda su longitud y lanzando al aire una miríada de astillas. Nos quedamos unos segundos –o quizás fuera menos- plantados bajo la tormenta, mirándonos y palpándonos, hasta que un resorte nos hizo correr entre risas al resguardo de la terraza del bar. La pelota quedó olvidada sobre la arena, junto al susto.


(sugerencia de consumo)
Si vens a la platja amb Ja t'ho diré

5 comentarios:

Cel.lia dijo...

.. ..·...·... ...·:·.·...... . .. .

arrebatos dijo...

Celia, no me lo digas... mmmmmm ¡el juego del ahorcado! ¿A que sí?

Cel.lia dijo...

no, Sr. Arrebatos

se trata de una Composición Musical para Gotas de Lluvia repicando sobre la mesa de la terraza.

Glo dijo...

Delicadas imágenes y bellos recuerdos. La melancolía suele alargar las frases, dándoles ritmo. Como me gusta mucho el arte conceptual, probaré a escribir una receta de cocina con esas mismas reglas... Estoy seguro de que me saldrá un plato francés.

arrebatos dijo...

Glo, una receta con esas reglas me lleva a las ancas ..··..··..··.. de rana.