martes, 18 de septiembre de 2007

Con todos los sentidos

“Todas estas son buenas razones para explicar por qué se sigue sirviendo hoy en día la sopa en un cuenco de laca, pues un recipiente de cerámica está muy lejos de dar satisfacciones comparables. Y sobre todo porque, en cuanto levantas la tapa el líquido encerrado en cerámica te revela inmediatamente su cuerpo y su color. En cambio, desde que destapas un cuenco de laca hasta que te lo llevas a la boca, experimentas el placer de contemplar en sus profundidades oscuras un líquido cuyo color apenas se distingue del color del continente y que se estanca, silencioso, en el fondo. Imposible discernir la naturaleza de lo que hay en las tinieblas del cuenco, pero tu mano percibe una lenta oscilación fluida, una ligera exudación que cubre los bordes del cuenco y que dice que hay un vapor y el perfume que exhala dicho vapor ofrece un sutil anticipo del sabor del líquido antes de que te llene la boca. ¡Qué placer ese instante, qué diferente del que experimentas ante una sopa presentada en un plato plano y blancuzco de estilo occidental! No resulta muy exagerado afirmar que es un placer de naturaleza mística, con un ligero saborcillo zen.”

El elogio de la sombra
Junichiro Tanizaki


El sol se había ocultado tras las montañas cuando decidimos acampar. Hacia levante, todavía en los picos más altos las escasas nieves de verano se teñían de un color anaranjado. Pero abajo, en el valle, nuestras sombras habían desaparecido y la hierba rala se confundía en tonos azulados sobre un suelo pedregoso, duro y hostil. Las minúsculas flores que suavizan de día el camino dormían ensimismadas desde hacía un buen rato.

Plantamos la tienda a más de dos mil metros de altura. Los únicos testigos eran los picos que nos rodeaban, que se erguían arrogantes arañando los tres mil, empequeñeciéndonos. Si había algún rebeco no se dejó ver. Hacía frío, mucho frío, y la respiración del viento y el murmullo del arroyo destacaba el silencio y la sensación de soledad. Ningún lugar como la montaña –salvo quizás el mar- para tomar conciencia de lo insignificante que es uno.

Juntamos unas cuantas piedras en círculo y encendimos un fuego con la leña que habíamos ido juntando en haces antes de abandonar los bosques. Después apartamos unas piedras que teníamos calentando y los tres nos sentamos junto a la lumbre, todo lo cerca que nos permitían las llamas que se levantaban lamiendo el aire helado y las pavesas que saltaban incandescentes, girando sobre si mismas hasta desvanecerse en cenizas. Las espaldas seguían heladas, pero nos concentrábamos en la parte de delante, buscando el calor, concentrando nuestro pensamiento en lo confortable hasta que el frío se enquistaba en los huesos y nos obligaba a dar la vuelta. Era entonces cuando podía ver nuestro dibujo en la noche. Ese círculo apenas iluminado que hacía retroceder las tinieblas; nuestras sombras alargadas que se perdían, se desvanecían justo allí donde la oscuridad se apoderaba de ellas. No era una oscuridad densa y aceitosa, pese a no haber luna. El aire puro, afilado y frío daba a la noche una textura transparente y limpia coronada por una miríada de estrellas como jamás habíamos visto. Las más brillantes destacaban rodeadas de miles de otras estrellas, que a su vez se rodeaban de millones dando una textura casi lechosa al cielo nocturno. Apenas hablamos.

Tras la cena sacamos una pequeña cafetera oroley –concesión sin importancia al sobrepeso en la mochila, pero de gran calibre cuando se trata de evitar el soluble- y preparamos el café. Tomar café en esas condiciones y con tazas de latón requiere todo un ritual. Hay que dejar la taza junto a la lumbre, sobre alguna piedra caliente, para que cuando vertamos el café no se enfríe de inmediato. Aunque eso obliga a cierta prudencia al acercarse la taza a los labios, pues nos podemos quemar. Sin embargo, el calor reconforta las manos y desentumece los dedos lo suficiente como para liarnos un cigarrillo. A la montaña hay que llevarse tabaco de liar, pues invita al sosiego, a la conversación distendida o a pensar sin prisas.

Terminado el café saqué del bolsillo de mi forro polar una petaca de brandy. Un Torres Fontenac para más señas. Tenerlo junto a mi pecho había impedido que se enfriara fatalmente y al verterlo en las tazas todavía calientes, inmediatamente desprendió un aroma dulzón y confortable que todavía hoy recuerdo y que en aquel momento inolvidable nos devolvió la alegría y la charla. Había que acercar la taza a la nariz, pues el ambiente frío disipaba enseguida todos sus matices, pero qué placer, qué distancia infinita separaba a ese líquido del que apenas se distinguía el color de otros tomados en la comodidad de nuestras casas y en copas de fino cristal. Nunca, jamás he vuelto a sentir las mismas sensaciones, el mismo reconfortante calor, similar gratitud y alegría de estar vivo y de estar ahí y no en otro lugar compartiendo una copa con mis amigos que esa ocasión. A dos mil metros de altura, apenas cinco grados de temperatura, a la intemperie pero al calor de un buen fuego, un buen brandy y unos amigos con quien recordarlo. Después de eso he probado otros brandies que se suponen mejores, otros grandes y carísimos cognacs, pero como ese tomado en taza de latón, ninguno.

7 comentarios:

Cel.lia dijo...

dios mío!
he creado un monstruo!!!

arrebatos dijo...

Ya verás ya, al final conseguiré que adores a Miles Davis, a Charlie Paker, a Bill Evans, a Coltrane...

Petrusdom dijo...

Leí el libro de Tanizaki hace un tiempo y me dejó ese efecto de clima pacífico que encontramos en la conversación con algunas persona: el tesoro de la sencillez sensual.
Un saludo

arrebatos dijo...

El elogio de la sombra invita a tomarse las cosas con calma, en la penumbra iluminada por algunas velas o junto a un fuego en la chimenea. Nos recuerda algunos pequeños detalles que el progreso ha convertido en pequeños placeres.

Gregorio Luri dijo...

Tanizaki, tu, ella... me parece un triángulo de perversos. I ja se sap que per-versos, els poetes.

Cel.lia dijo...

Luri, cuando arrebatos empiece a darle al fetichismo raro raro, le pondré a leer cosas más suaves (Kant)

arrebatos dijo...

¿Kant? Uf, qué pereza más grande. Con este habrá que pensar ¿no?